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Crítica de La llorona (2019)

Pues el año 2019 ha sido en el que más a gusto se ha quedado Jayro Bustamante. Al margen de retrasos en sus estrenos debidos a la pandemia, en ese año el director llevó a cabo un díptico cinematográfico compuesto por la que ahora nos ocupa, La llorona, y Temblores; y que junto a la anterior Ixcanul conforman la Trilogía del desprecio. Entre las dos de 2019, sendos éxitos de crítica (con la culminación, en el caso de la primera, de nominaciones a Globos de Oro y Goyas), se ha cascado un retrato sobre Guatemala de todo menos halagüeño. Y no se ha cortado ni un pelo.

Primero llegó Temblores, en la que hablaba de la homofobia y los prejuicios por los que se rige la sociedad guatemalteca bienestante, por lo general devota del cristianismo. Era un drama puro, pero coqueteaba con el terror primero de manera subconsciente, sumiendo al espectador en una verdadera pesadilla, conforme se desarrolla la trama de un hombre que ve cómo lo va perdiendo todo por el hecho de ser gay. Y ya de manera algo más directa, cuando unos puntuales y muy metafóricos temblores hacían acto de presencia. En el caso de La llorona, cuyo título hace referencia a un fantasma, el terror parece adueñarse de la función desde las primeras de cambio: un prólogo con un grupo rezando en un velatorio, que casi parece estar realizando un exorcismo, y poco después un hombre que despierta en medio de la noche al oír un llanto femenino en casa.

¿Una de casas encantadas, pues? Sí y no. Al final, la intención de Bustamante pasa por destapar una de las mayores vergüenzas de la historia de Guatemala como es el genocidio maya ocurrido a principios de los 80; y criticar el hecho de que culpables del mismo se vayan de rositas. Por lo que después de esa extraña introducción de puro género, cortamos a un juicio: resulta que el hombre es un ex-general, responsable de la matanza, y que es absuelto con independencia del terrible testigo de una víctima. El paso de una escena de terror puro, a otra que acaba generando mucho, mucho más miedo, es una brillante declaración de intenciones sobre la que se monta después el resto de la película. Que sí, va de La llorona apareciéndose en la casa del ex-general. Pero el espectador tiene metida entre ceja y ceja la escena de la absolución. Y pesa más que cualquier fantasma que pulule por pantalla, por las implicaciones que conlleva: la familia que apoya al general pese a todo, las revueltas sociales de las que el tipo llega a mofarse, la cantidad de lloronas que puede haber en el mundo. Cuando el ex-general aparece en escena fumando como una chimenea, cuando parece que su avanzada edad está haciendo estragos, casi que estamos deseando que le pase algo que se lo lleve por delante. Si no puede ser fantasmagórica, que la justicia divina al menos.

Estimulantísima película que obliga al espectador a posicionarse de un lado que le es inusual, en definitiva. Y que se presenta con otra clase magistral de gestión de tempos, de gusto y de lenguaje cinematográfico. Jayro Bustamante hace que La llorona progrese de manera escalonada y consecuente, sin grandes sobresaltos en ningún sentido (aunque haya fantasmas, no hay «jumpscares» ni nada remotamente parecido), salvo por alguna escena climática que hiela la sangre. Porque lo que interesa es darnos espacio para que reflexionemos. La titánica empresa del director se salda con dos películas (a falta de ver Ixcanul) en un año lo consagran como un artista espectacular a quien seguir muy de cerca.

Trailer de La llorona

Crítica de La llorona
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué ver La llorona

Jayro Bustamante culmina su Trilogía del desprecio con La llorona, drama social con tintes de terror que sitúa al espectador en un lugar incómodo mientras invita a la reflexión. Todo, en un producto cinematográfico exquisito.

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