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Crítica de La nube

Las arañas, abramos este melón, son de por sí jodidas. Octópodos asquerosos con aún más cantidad de ojos que de patas. Vamos, hombre. Son venenosas, repelentes, algunas de ellas incluso peludas. Carne de monster movie post-radioactiva cincuentera (ahí está la maravillosa Tarántula) y material perfecto para una buena pesadilla suburbial aracnofóbica (véase algo menos maravillosa pero sí entrañable película de Frank Marshall). Por otro lado están las hormigas. Seres molestos pero de naturaleza mayormente pacífica. Y aun así susceptibles de pesadillas atómicas (en La humanidad en peligro eran tocapelotas pero claro, tenían el tamaño de un percherón) y de catastróficos viajes por la jungla de Cuando ruge la marabunta, porque cuando actúan en masa, que le pregunten al personaje de Cate Blanchett en la última Indiana Jones, son gente peligrosa. ¿Pero los saltamontes? ¿Quién podría meterse con esos simpáticos brincadores campestres? A nadie le desagrada un saltamontes, porque los saltamontes son graciosos e inofensivos.

Bueno, pues no. Para el francés Just Philippot los saltamontes también pueden ser psicópatas con antenas. Su primer largometraje da cuenta de ello partiendo de unos ingredientes con coordenadas más o menos identificables: género terrorífico, toques de drama familiar y trazas de thriller psicológico (¿etológico? lo que sea) en un entorno rural: en La nube una madre, Virginie, vive sola con sus dos hijos en una granja. Aparentemente se le han agotado los medios de subsistencia más o menos sensatos, de modo que se dedica a cultivar saltamontes para su uso culinario. Una apicultora de las langostas comestibles, o una chef de insectos imbuidos de exóticos sabores, lo que se prefiera. La cosa le va regular, especialmente con sus hijos, de los que se está distanciando y quienes desean poner tierra de por medio cuanto antes y marcharse a un entorno más normal y urbanita para dejar de ser los bichos raros del lugar (pun intended).

El acierto de Philippot, en realidad, está en situar el centro de atención no tanto en una trama propia de la serie B como en lo naturalista de las escenas cotidianas y en el viaje a la chifladura que experimenta Virginie (muy comprometida Suliane Brahim). Sí, es terror animal, hay de eso y está muy bien gestionado y expuesto gracias a unos discretos pero resultones efectos especiales y a una planificación en la que hay algún destello de Los pájaros y donde abundan los planos detalle malrollantes. Pero el corazón de la historia no es ortóptero sino humano. Un drama maternofilial y un proceso de degradación psicológica que discurre en paralelo a la pesadilla zoológica y que es puntuada por momentos aislados de terror puro verdaderamente memorables, por destellos de body horror y por buenos recursos de postproducción, como el uso de un zumbido animal que termina resultando agobiante.

Tiene poco más La nube y ese es uno de sus grandes valores. Su carácter de drama de terror autoral de aliento indie, compacto y contenido. Es como si Philippot hubiera decidido deshacerse de pretensiones maximalistas para afianzar con fuerza sus ajustados planteamientos argumentales y expositivos, sólidos, elegantes y efectivos, sólo emborronados por una resolución un pelín insatisfactoria a nivel argumental tras un clímax, eso sí, potente. Por lo demás, es esta una película sugerente, emocionante, llena de buenas ideas. Que vuelve a poner Francia -Julia Ducournau también puede decir esta boca es mía- en una localización privilegiada en el actual mapa del horror de autor y que coloca a los saltamontes en el lugar en el que, a partir de ahora, se merecen: el de los bichos infames a odiar.

Trailer de La nube

La nube: malditos saltamontes
  • Xavi Roldan
3.5

Por qué ver La nube

Sólido, personal drama de terror con bicho que resulta efectivo cuando se inscribe en los códigos del género e interesante cuando lanza puentes entre sus planteamientos más fantásticos y sus elementos más realistas.

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