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Crítica de La vida por delante

Con las candidatas a llevarse la etiqueta de mejor película extranjera del año 2020, se da un caso no poco habitual precisamente: un título parte como claro favorito (Minari) dejando al resto de aspirantes en una nube de la que no queda muy claro qué conclusiones sacar. ¿Se merece X estar entre Y y Z? ¿Estaría entre ellas en el caso de requerir, dicha etiqueta, un escrutinio más sesudo? Sea como sea, en años así tales aspirantes acaban llevándose un inesperado ruido extra, y el caso de La vida por delante es un claro ejemplo de ello.

La película de Edoardo Ponti no está mal. En absoluto. Adaptando otra vez el libro de Romain Gary (como la oscarizada Madame Rosa) cuenta la historia de un niño senegalés que vive por las calles de una zona costera del sur de Italia, sobreviviendo a base de trapicheos por aquí y robos por allá. Un bala perdida (grata sorpresa la del actor revelación Ibrahima Gueye) hasta que alguien intenta encauzar su vida, llevándolo a vivir una temporada a una suerte de centro de día que regenta una anciana y peculiar mujer. Presentada con elegancia, cargada de sutileza y permitiendo que matices y emociones vayan surgiendo con naturalidad, La vida por delante va dando forma a la relación entre tan opuestos personajes, así como a las sinergias que de la misma se derivan. Ya digo, todo muy bien. Pero lejos de la excelencia, pues en el fondo es una historia muy manida, y contada con acierto y ligereza, pero sin demasiada originalidad ni brillantez en realidad, como atestigua el par de derrapes lacrimógenos (canción final incluida) chirriantes e innecesarios. De no haber sido nominada para los Globos de Oro, probablemente hubiese pasado totalmente desapercibida.

Pero he ahí la magia: extra de interés gracias a la candidatura, y un estreno destinado a llenar el fondo de catálogo de Netflix acapara, de repente, mayores atenciones. Se beneficia la película, claro. Pero también el espectador, a quien no se le escapa, así, el éxito rotundo de La vida por delante: la presencia de Sophia Loren. A sus 86 años, la actriz regala una última actuación cargada de vigor y sentimiento. Hace suyo el papel y logra hacer que cuaje a la perfección, tanto en los momentos más distendidos como en los de mayor dramatismo, que incluyen tanto un pasado marcado por los campos de concentración, como los achaques de la edad. Los Globos de oro no lo hicieron, pero si de verdad se quisiera hacer justicia, cuando se lea la lista oficial de nominaciones en unos días, los Oscars deberían nominala a ella directamente en lugar de a la película. Pues ella es la película; ella le da un extra de vitalidad cuando el ritmo se tambalea. Prueba de ello es la bajada de interés, casi automática, que la cinta sufre siempre que Sophia Loren desaparece de escena.

Insisto pues: La vida por delante no está nada mal. Es un drama social relativamente sobrio y ágil, sin demasiado exabrupto melodramático y que consigue evitar el tufillo a película de sobremesa que asoma aquí y allá. Pero lo que la hace destacar por encima de la media es la presencia de una leyenda como Sophia Loren, capaz de tornar la mediocridad en un excelencia. Vaya regalo le ha dado la actriz a Ponti. Y al espectador.

Trailer de La vida por delante

Crítica de La vida por delante
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver La vida por delante

Drama digno sobre la inmigración y las desigualdades sociales, pero que hubiera sido de todo menos memorable de no contar con la todopoderosa presencia de una Sophia Loren exquisita.

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