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Crítica de La visita (The Visit)

De nuevo nos encontramos con el found footage (o el falso documental, que para el caso viene a ser lo mismo). De nuevo toca hacer de tripas corazón y prepararse para una nueva dosis de mareo y griterío indistinto. Sólo que en esta ocasión no se trata de un debut ni de un encargo, sino del nuevo proyecto escrito y dirigido por aquel a quien una vez se tildó de próximo gran contador de historias… en su mayoría para no dormir. M. Night Shyamalan había tocado hondo, ya no le aguantaba nadie y el crédito se le había acabado. Tras el hundimiento de la serie Wayward Pines, ya sólo parecía quedarle esta, La visita, como última carta; para mayor inri, una película de presupuesto ínfimo tras una vida acostumbrada a los aspavientos digitales y las grandes producciones. Pues como si de uno de sus guiones se tratara, giro final al canto: es su trabajo más inspirado de los últimos años. Vuelve el cineasta del pulso narrativo, el gran administrador de la tensión en pantalla. Desde luego que la que nos ocupa no es una obra maestra, pero al menos, su visionado no es la enervante pérdida de tiempo de anteriores ocasiones.

Y no lo es por, en primer lugar, ser capaz de encontrar justificación para el estilo de falso amateur. ¡A estas alturas! El de El sexto sentido propone un viaje de dos niños a casa de unos abuelos a quienes no han visto nunca por un monumental enfado entre éstos y su madre. Para motivarse, se proponen hacer un documental del viaje con la esperanza de que cambien las tornas a nivel familiar. Escusa argumental hallada de manera casi inmediata, toca buscar ahora la formal: resulta que el estilo no sólo se debe a la carencia de medios, sino también a la voluntad de jugar con el espectador: lo coloca a la misma altura de los protagonistas, le permite atender a conversaciones privadas (con las que descubre los problemas motivados por el divorcio de sus progenitores y la ausencia de abuelos), y pone a trabajar a todo motor a su capacidad de sugestión, vital para que La visita tenga éxito. Y claro, de paso le despista del misterio principal, al potenciar emociones variadas a lo largo del metraje (humor -entre infantil y negro- durante la primera mitad; terror después) que le impiden centrarse en el intento de avanzarse al giro final.

Porque sí, este estilo difiere con prácticamente toda la filmografía de Shyamalan (recuerden: el vídeo amateur por el que se ve por primera vez un alien en Señales… de los instantes más terroríficos de su filmografía), el tono es mucho más oscuro a la fábula de costumbre, y las miras no son tan elevadas. Pero aun así, es una película inconfundiblemente suya, para bien y para mal. Para bien, porque se recupera su mejor versión artística: partiendo de anécdotas ridículas, el director es capaz de elevar las cotas de tensión hasta límites parejos a su época dorada. Del mismo modo, asoma su habilidad con el lenguaje puramente visual y la economía de planos. Pese a que el film se vea obligado a pasar por los habituales primeros veinte minutos-basura propios del falso documental, el indio afincado en los USA logra hacer de la espera un proceso ágil y hasta cierto punto engrescador; todo, para llevar al espectador a un tercio final desasosegante. Quizá no asuste demasiado, pero esta cinta es capaz de generar un estado de tensión propio del mejor Hitchcock.

Para mal, porque aunque más camuflada que de costumbre, la habitual moraleja conservadora, presente en toda su filmografía, sigue ahí. Y un epílogo de lo más desatinado lo confirma. Cuando La visita podía acabar por todo lo alto, quedando en un final emocionalmente ambiguo, Shyamalan se siente con la obligación de pasarse de exposición, alarga cinco minutos más el metraje para aclarar su mensaje (básico y perfectamente deducible a lo largo del visionado), y de paso resolver un misterio que no necesitaba ser explicado, y que de este modo tan sólo consigue rebajar su fuerza.

Por lo menos queda un conjunto potente y entretenido, con una trama juguetona y narrada con pulso firme, y con una honestidad tal como para que el espectador, caiga o no con la resolución antes de que ésta tenga lugar, no pueda sino sentir una complicidad total. Shyamalan siempre ha jugado con nosotros, pero nunca nos ha enredado. Ahora, además, ha vuelto por sus fueros. A ver cómo sigue.
6,5/10

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