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Crítica de Lamb

Curiosamente, en el año en que Titane se ha alzado con la Palma de Oro en Cannes, Un Certain Regard ha otorgado una mención especial, por su originalidad, a Lamb, que aunque a priori se parezcan tanto como un huevo a una castaña, no deja de tener más de un lugar común con la primera. Ahora bien, de esa mención especial a ganar el galardón a mejor película del año en Sitges 2021 hay un trecho gigante… pero teniendo en cuenta que el jurado del festival catalán lo componían, entre otros, Joaquín Reyes y Alaska, no hay más preguntas. Y es que si propuesta islandesa, debut en largos de Valdimar Jóhannsson, entra por donde no es, lo mismo puede confundirse con un hilo argumental de los chungos de La bola de cristal… o con un sketch de Muchachada Nui. Pero decía que tiene que ver también con la todopoderosa y multipremiada película de Julia Ducourmau porque Lamb toca varios temas en común (a su manera); pero sobre todo porque, como aquella, tiene la capacidad de sacar de su zona de confort, de sus trece y de quicio al espectador. Sólo que aquí el coqueteo con lo cómico, lo absurdo, cuando no directamente con lo ridículo, es mucho mayor.

Ya deberíamos estar acostumbrados a lo que se viene cuando los haces de luz del logo de la distribuidora A24 hacen acto de presencia en pantalla: por delante, una propuesta con algo que decir, de una manera u otra; con unos mínimos de calidad muy por encima de la media; y si el título se acompaña de las etiquetas del género fantástico y/o de terror, serias posibilidades de acabar con el culo torcido. Lamb continua dicha línea creativa con una excelencia formal palpable desde sus primeros minutos silenciosos, gélidos, desasosegantes. Tras un recorrido por nevados parajes de Islandia, nos mete en una granja, donde un rebaño de ovejas está intranquilo y mira fijamente a la puerta. Nosotros no vemos nada, pero sí oímos, sentimos la presencia de alguien más. A la mañana siguiente conocemos a los dueños humanos, con una no menos excelente Noomi Rapace a la cabeza del reparto. Ayudan a dar a luz a su rebaño, y de un cordero en concreto, se encaprichan tanto como para meterlo en casa y tratarlo, se diría, como su propio hijo. A partir de aquí, quien os quiera contar algo más del argumento debería ser tachado de vuestra lista de amistades ya que muy probablemente estropee la gracia de una película que, a carta que descubre, salto de fe al que nos obliga.

Lejos de ser nosotros esos potenciales ex-amigos, tan sólo diré que se establece un conflicto que no acepta medias tintas: de tan descabellado y delirante puede caer en el mejor gag de humor surrealista de los últimos años; tanto como generar rechazo inmediato si se es, o está, poco abierto de mente. O, como parece pretender Jóhannsson, se opta por aceptar el reto, dar el salto de fe y conectar empáticamente con una trama que más allá de su rocambolesca partida, cuenta con una buena miríada de lecturas mucho más cercanas a nuestra realidad, y matices para invitar a la reflexión. Vamos, que Lamb puede ser tildada de una gilipollez como un pino y a otra cosa (Boyero nos acaba de dar un like), pero es también una de esas películas que se salen de lo habitual, que establecen su propio universo con sus propias reglas que, si se aceptan, dan pie a un drama con carga social y dilemas morales para parar un tren (el like de Boyero, perdido). Cuestiones como la pareja que al fin ve realizado el sueño de ampliar su familia pese a todo; las madres dispuestas a todo; los silencios que optan por no romper, por mucho que estén pidiendo a gritos que se aclaren; el hombre que se cree más poderoso que la mujer; el humano que se cree más poderoso que la naturaleza…

Hay chicha, hay mucha chicha en un Lamb que he comparado antes con Titane pero que, obviamente, juega en la liga opuesta. Aquí no hay burradas no aptas para estómagos delicados, sino una apuesta por una realidad igualmente torcida, enferma (o no) y esperpéntica, pero sustentada en unas bases más sugeridas que verbalizadas. Siendo totalmente consecuente con ello, la película busca luego su propia naturaleza, que por estrafalaria que sea, pretende normalizarla tanto a ojos de sus protagonistas (éxito rotundo) como de sus espectadores (éxito por confirmar). La pretensión del film por que nos traguemos sin rechistar lo que nos cuenta puede parecer excesiva, pero ya sea durante su visionado, o inmediatamente después del mismo, lo consigue. La primera pista: que consiga enternecernos en su tramo final. La segunda, que tal y como saltan los títulos de crédito, empezamos a reflexionar sobre lo que hemos visto, que en el fondo no ha sido sino una dramática fábula tan alejada de nuestra cotidianidad de buenas a primeras, como perfectamente comprensible y de fácil empatía a la que la masticamos un poquito. Un mensaje agridulce sobre el ser humano, sus luces y, sobre todo, sus sombras. Claro que, para obtener el premio, hace falta abrirse de miras.

Trailer de Lamb

Lamb: la familia todo lo vale
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué ver Lamb

Peculiar película que te obliga a dar saltos de fe a diestro y siniestro para dar con una recompensa extraña pero satisfactoria. Partiendo de una situación descabellada, acaba lanzando un mensaje sobre el ser humano tan profundo como agridulce.

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