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Crítica de La ley del menor, de Ian McEwan (Anagrama)

Una vez más, y tras Operación Dulce, Ian McEwan se infiltra en la psique femenina para construir un profundo estudio de personajes, tan complejo y apasionante como de costumbre. Solo que esta vez casi más moralmente afilado que nunca.

En esta ocasión el británico se centra en Fiona, una jueza especializada en casos de familia relacionados con menores cuya vida conyugal empieza a desmoronarse absurda e irremediablemente. Su trabajo ha parecido capitalizar su vida privada y, al mismo tiempo, le recuerda que ahora vive en una paradoja, la de gestionar familias ajenas sin en cambio poder salvar la suya. En este plan vital Fiona se topa con un caso de una dificultad abrumadora: debe decidir si un joven brillante a punto de asumir la mayoría de edad puede morir sin recibir ayuda médica, obstaculizada esta por las creencias de sus padres.

Y es que si los personajes habituales de McEwan no son ajenos a entornos de profunda duda moral, aquí el autor se sumerge de lleno en un dilema ético tan poderoso como tristemente reconocible. El de los testigos de Jehová que se niegan a administrarle sangre a un hijo enfermo de leucemia que, de no recibir una transfusión urgente, probablemente terminará muriendo. No cunda el pánico. Como era de esperar la mirada del escritor es sabia, ponderada y las ramificaciones morales que deriva de semejante caso son múltiples. Porque las posibilidades son tantas como, casi, las opiniones que pueda suscitar semejante situación.

McEwan parte de esa polifonía ética para hablar de las convicciones personales, de cómo condicionan la vida y de cómo se puede llegar a morir en virtud de ellas. De la coacción de las instituciones religiosas y la fina línea que separa el adoctrinamiento del «apoyo espiritual». De cómo fe ciega no es necesariamente sinónimo de analfabetismo. Y, en fin, de cómo el punto de vista siempre es relativo. Todo ello está descrito en La ley del menor con la habitual soltura, con el rigor literario y documental y con la precisión narrativa de McEwan que deja, por el camino, la descripción de dos personajes apasionantes, humanos y tridimensionales. Lectura absorbente, ágil y fluida pero muy reveladora.

Crítica de La ley del menor, de Ian McEwan (Anagrama)
  • Xavi Roldan
3.5

Por qué leer La ley del menor

Un nuevo estudio de personajes casi perfecto, esta vez alrededor de un tema peliagudo como es el confrontamiento entre ciencia y fe. Otra muestra más de la exquisitez de McEwan, bien cargada de cuestiones sobre las que reflexionar largo y tendido.

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