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Crítica de Lo que el pulpo me enseñó

Movido por el hype que la rodea, vi Lo que el pulpo me enseñó. Película que, según sus fans (!), cuando la ves se te pasan las ganas de comer pulpo. Documental que se ha colado entre los cinco nominados al Oscar, nada más y nada menos. Al acabar el visionado, la verdad es que no sé si declararme fan absoluto de lo que entiendo como una trolleada máxima a la altura de cuando España llevó a Chiquilicuatre a Eurovisión por los loles; o si por el contrario pensar que todo esto va en serio, en cuyo caso acabaré perdiendo la fe en la humanidad y su capacidad para el raciocinio, y en la plataforma de la gran N roja.

Si es verdad que se trata de una gran broma, sus responsables Pippa Ehrlich y James Reed han dado en la diana: disfrazando su película de documental animalista, en verdad todo es un descomunal roasting a un hombre rico blanco hetero en plena crisis de los 40. Un tipo que por un burnout deja su trabajo y, tras un año sin saber hacia dónde tirar, decide irse a su segunda residencia, que resulta ser un casoplón de cuidado delante del mar, a pegarse un año de puta madre haciendo scuba diving. Y va y entabla una relación, bastante perturbadora si se piensa en frío, con un pulpo salvaje. Que es unA pulpo, ojo. A partir de aquí, y aunque diga que lo último que quiere es afectar el libre albedrío de la naturaleza, se presentará cada santo día del año en la misma zona paradisíaca y salvaje bajo el mar, para ver cómo reacciona el animal. Condicionándolo todo le guste o no, entre otras cosas (que no desvelaré) por el mero hecho de que la magia del cine se traduce aquí en una gran mentira: dice que va él solo y en muchas ocasiones las escenas están efectivamente grabadas desde su GoPro o similar… pero en muchas otras no, por lo que ya hay al menos dos seres humanos campando a sus anchas por ahí. Qué más da, si aquí a lo que se viene es a dejar retratado al ser humano en general y al de esta clase social en particular. Es más, lo que aquí se cuenta es en verdad una relación tóxica de libro, en la que el hombre no deja de atosigar a la mujer (la pulpo, repito) por mucho que ella pretenda escaparse, hasta acabar embaucándola a tal punto que se aferre a él cual ventosa. Como terrorífico drama cargado de crítica al patriarcado, pues, chapeau.

La otra alternativa es la complicada: si Lo que el pulpo me enseñó va en serio, tanto peli como hype, entonces tenemos un problema. Primero, porque el documental no ahonda en absolutamente nada de lo que plantea y, si acaso, descubre pistas para que la humanidad sea aún más hija de puta con el pobre bicho: si no lo hacemos ya (no me sorprendería), nos da las claves para una crear una granja de tortura infinita de pulpos, animales que, total, se regeneran y sólo duran un año. Obsesionada con tocar la patata del espectador, la propuesta sacrifica profundidad en pos de giros de guión, de dramáticos primeros planos del hombre mirando al infinito, mientras su voz en off explica su (bastante jodido) abanico de sentimientos hacia el pulpo… Todo porque, en el fondo, Ehrlich y Reed deben de saber que la historia que tienen entre manos no da para más. Pero lo peor es que compramos a ciegas. Si algo confirma el éxito de esta película, es que nos gusta más un panfleto llamativo que a un tonto un lápiz. Y si esta es la intención de sus responsables, chapeau también. Pero me da que no.

Me da que Lo que el pulpo me enseñó está nominada al Oscar porque en la Academia cree genuinamente que se trata de un excelente documental sobre la naturaleza. Me da que tiene tanto éxito de crítica y público porque la única lectura que se extrae de ella es que el ser humano aún puede ser bueno si deja de comer pulpo, animal que de golpe asciende a la liga de los que cuidar y respetar por descubrir que es más inteligente que otros. Y por tanto, que se parece más a nosotros que otros animales. Qué más da que, en la misma película, otros seres vivos sufran una muerte salvaje a manos del mismo hombre que tanto defiende a su amado pulpo, si esos seres son inferiores. Viva el hombre blanco, su superioridad y potestad para decidir quién es digno de vivir y quién no. Jodido, ¿eh? Pues ahí estamos, aplaudiendo este documental, interiorizando su discurso como si no hubiera un mañana. Ahora dejamos de comer pulpo a la gallega, vale. Pero que traigan esos mejillones en salsa marinera, por favor. Y cuando se estrene Lo que el mejillón me enseñó, ya pasaremos a la siguiente especie inferior.

Hemos perdido la capacidad de reflexión, nos tragamos lo que Netflix nos eche sin pararnos a reflexionar siquiera. Y ojo, a lo mejor ese es el objetivo final de Lo que el pulpo me enseñó: ni rescatar pulpos, ni reírse de un pobre botarate al que colocan frente a una cámara en vez de enviarlo directo al manicomio; trolleadita al canto, en forma de reírse del espectador, y para enseñanza la que se llevan sus directores: la confirmación de que los espectadores somos idiotas. Si es así, chapeau también. Pero me da que no, que esto va muy, terroríficamente, en serio.

Trailer de Lo que el pulpo me enseñó

Lo que el pulpo me enseñó: somos idiotas
  • Carlos Giacomelli
2

En resumen...

Si la cosa es una gran broma cargada de crítica social, se trata de la mejor película de la historia del cine. Pero como no creo que sea así, entonces estamos ante un documental oportunista y banal que abre la puerta a una segunda lectura muy peligrosa sobre la infinita estupidez borreguil del ser humano.

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2 comentarios en “Crítica de Lo que el pulpo me enseñó”

  1. Pues se puede tener sentido crítico y además disfrutar la película, los sarcasmos y el cinismo no son imprescindibles yo diría que incluso, visto lo escrito, impiden el disfrute. El sentimentalismo también sobra, se puede apreciar la maravillosa diversidad de la naturaleza, conectar con ella de una manera profunda y seguir comiendo pulpo, cangrejo, tiburón e incluso zanahorias. Hay que ser muy ingenuo o cerril materialista antropocéntrico para creer que los vegetales no sienten, sobre todo después de conocer los avances de los botánicos de los últimos años.

  2. Carlos Giacomelli

    Yo es que creo que para disfrutar de la naturaleza etc, esta película es muy deficiente. No tiene escenas especialmente memorables ni nada por el estilo, y siempre, siempre mete al hombre en su epicentro. Y sí, moralmente me parece la mierda justamente por despreciar otras clases de vida igualmente válidas que la de un pulpo.

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