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Crítica de Los dos papas

Hay cosas que no se entienden: que aún haya quien haga la tortilla de patatas sin cebolla; que haya quien crea que la Tierra es plana. O que se le haya dado tanto bombo, y (una parte de) la crítica se haya deshecho en halagos, a Los dos papas, la nueva película de Fernando Meirelles centrada en la relación entre los papas Benedicto y Francisco, que se hizo más fuerte cuando el primero estaba a punto de renunciar a su cargo, ahogando por un mar de denuncias y escándalos. Que dicho así, podría hasta sonar interesante: «desnudar» a dos de las personas más (sic) influyentes de los últimos años, enfrascarles en conversaciones fascinantes sobre la fe y el papel de la Iglesia en la sociedad, y acaso hurgar un poquito en la herida. Ya, bueno, pues no.

A la hora de la verdad Los dos papas es un vehículo para el lucimiento de la figura del argentino. Desde los primeros compases de la película, ya se pone en evidencia que él es bondad en estado puro, frente a la rígida frialdad del alemán. Todo se limita al proceso por el cual Francisco pasa, de estar a punto de renunciar como cardinal, a aceptar su rol como nuevo papa. Para lo que acude a la Ciudad del Vaticano a pasar unos días con un hombre a quien, pobre mártir, se le ha borrado la poca sonrisa que ponía conservar. Y sí, hay una pizca de reconsideración de fe, así como un sinfín de conversaciones entre ambos personajes. Pero nada especialmente grave en el primer caso, y todo muy maniqueísta y simplón en el segundo. Además de condenadamente apático y carente de chicha.

Jonathan Pryce y Anthony Hopkins hacen, en especial el primero, un trabajo correcto como «humanizadores» de sus santidades, pero sus respectivos personajes están condenados al olvido: nada hay ni remotamente parecido a, qué sé yo, El desafío: Frost contra Nixon (por poner un ejemplo reciente de un careo famoso). Sus discursos, sus personalidades de hecho, se limitan a un par de trazos de los que no se evoluciona prácticamente nada. Acaso una serie de flashbacks (eternos, y terriblemente horteras) consiguen sacar de la encrucijada a la soporífera película, cuando esta ya está encarando sus minutos finales. Normal, cuando no se quiere remover lo más mínimo en asuntos turbios, y no hay más que una anécdota para justificar el argumento de dos horas de rollo.

Oh, claro, tras la cámara está Meirelles, alumno aventajado de Boyle y director videoclipero donde los haya, y por tanto con tendencia a la irritabilidad, si no atina con el tono del producto que tiene entre manos. En Los dos papas, el trabajo del de Ciudad de Dios no podría andar más alejado de lo que necesitaba. Planos breves con enfoques imposibles, pasajes casi documentalistas mezclados con secuencias relamidas hasta la náusea, y esos flashbacks a los que se aludía antes, en especial los que se presentan en un grotesco blanco y negro (como metáfora que no podría ser más banal: la película se colorea de nuevo cuando cierto personaje siente cierta llamada y es internado en el centro religioso de turno; cuestionable en el mejor de los casos), no tienen nada que ver con el estado emocional en el que se nos pretende sumir. De hecho, una de las situaciones más potencialmente dramáticas, el momento más delicado para el protagonista principal, pretende ser a su vez una suerte de ejercicio de estilo tirando de expresionismo clásico (o algo), y la mezcla sólo consigue llevar la atención del espectador adonde menos toca: todo menos las emociones.

Al final, Los dos papas queda en una película argumental y emocionalmente plana. Un par de buenas interpretaciones y poco más, a las que encima se les impide brillar por un exceso de piruetas visuales que nadie necesitaba. Sólo consigue escapar de la total apatía emocional en los instantes finales, en los que por fin se aprecia una relajación por parte de todos: desaparece la propaganda pro-papa, Meirelles se tranquiliza, y simplemente se permite que, por unos segundos, todo se limite a la interpretación. Pero al tratarse de las escenas metidas entre los títulos de crédito, el bagaje se antoja insuficiente. Y sin embargo, hete aquí nominaciones a mejor película y guion… Lo dicho, no se entiende. Será que los caminos de la crítica son inescrutables, o más bien que el poder de la Iglesia no conoce límites… 

Trailer de Los dos papas

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
2

En pocas palabras

Pesadísima oda al actual papa, sin nada que contar ni nada que remover, lo que se traduce en una película insulsa y de emociones bajo mínimos.

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