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Crítica de Los exiliados románticos

– Entonces, ¿cómo sería? ¿Reve?
– Reve, ¿el qué?
– Soñar, reve.
– Sueño sería «rêve»
– Rêve, rê-ve…

 

Los exiliados románticos narra la historia de un viaje: un viaje entre amigos que surge sin motivo aparente y que, en ningún momento, parece tener rumbo ni destino. Todo empieza con una furgoneta que hace años compró la madre de uno de los protagonistas para viajar por Europa en una especie de sueño de juventud. Y es esta idea de sueño, la que recorre toda la película.

Vito, Francesco y Luís emprenden una aventura hacia Francia en busca del amor. Un amor, o una idea del amor, tan idílico y fugaz como verdadero, que los lleva a diferentes ciudades francesas para reencontrarse con una mujer del pasado. De hecho, la película trata sobre tres historias de amor que, más que una realidad, retratan una fantasía, un fracaso, un anhelo. De este modo, pronto nos damos cuenta de que para los tres protagonistas, el viaje no es más que una excusa para lanzarse al vacío y abrir paso a la incertidumbre, que aviva la imaginación y nos devuelve esa preciosa sensación de sentirnos jóvenes todavía.

Como en las mejores road movies, Los exiliados románticos se va construyendo a medida que la vemos. El espectador viaja con los personajes y observa desde la carretera cómo se enfrentan a sus miedos y fracasos en un último intento de retener una juventud que se les escapa. Éste es para mí el mayor acierto del film: conseguir situar al espectador al mismo nivel que los personajes y forzarle a construir la historia de la película junto a ellos. Una historia que bien podría ser la suya propia; la misma por la que, de alguna manera, todos hemos pasado o pasaremos. A dónde van los personajes, qué buscan y con qué fin es un misterio que se va descubriendo sobre la marcha y que, en el fondo, carece de importancia. En este sentido, la película consigue reflejar perfectamente la intención del director Jonás Trueba: hacer una película que se sienta tal y como se va haciendo, por el puro placer de seguir haciendo cine, entre amigos, sin miedo al fracaso, en busca de la felicidad.

Como es habitual en este joven director, Los exiliados románticos también posee numerosas referencias artísticas y literarias, pero a diferencia de las anteriores películas que en ocasiones rozaban el artificio, esta vez se incorporan de manera más natural y con un claro sentido. Es el caso, por ejemplo, de las recurrentes alusiones a Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg, donde la autora nos aconseja enseñar a nuestros hijos las grandes virtudes en vez de las pequeñas. Y es que son las grandes virtudes, motivadas por un instinto mudo que la razón no puede comprender (tal vez el mismo que mueve a los personajes a iniciar el viaje), las que hacen que la vida merezca la pena. Esto sumado a las delicadas canciones de Tulsa, convierten a esta pequeña película en una obra única y especialmente cercana; en la que no importa si al final no queda nada resuelto, pues la intención de Los exiliados románticos es justamente explorar y detenerse en aquellas cosas que todavía no tienen una forma definitiva y, a partir de las cuales, nacen como animales fabulosos y sin rostro todas las posibilidades.

La película se presenta, así, como una oda al optimismo y al amor. Un canto a la vida que nos invita a liberarnos de todas las ataduras para arrojarnos sin miedo al momento presente: la única manera posible de sentirnos vivos. En definitiva, Vito, Francesco y Luís no son más que el fiel reflejo de una generación que comienza a dejar de ser joven y se niega a aceptar el fin de los sueños. ¿Cómo era? Rev, rêve… rêver.

 

Trailer de Los exiliados románticos

 

 

Valoración de La Casa
  • Bàrbara Balcells
4

En pocas palabras

Una oda a la vida y a disfrutar del presente sin miedo, que contagia las intenciones de su director: rodar por el puro placer de hacer cine.

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