los inquilinos the lodgers

Crítica de Los inquilinos (The Lodgers)

De un tiempo a esta parte, parece que película de clausura del festival de Sitges es sinónimo de tonto el último. Es una sección del certamen que, pese a la relevancia de su nombre, lleva años de capa caída, y ahora Los inquilinos (The Lodgers) quizá sea el peor título que apuntar a una lista negra cada vez más larga. No por mala, ni por insultante. Quizá esa hubiera sido incluso una buena noticia, puesto que al menos hubiese conseguido despertar alguna emoción entre el público. No, el problema del nuevo film de Brian S. O’Malley (Let Us Prey) es su vertiginosa mediocridad. Es el último abanderado de un cine ya caduco, la reiteración de una fórmula exprimida al máximo (Guillermo del Toro lo hizo patente con La cumbre escarlata) y agotada tiempo ha. ¿Seleccionada para la clausura del Sitges 50 a modo de metáfora –involuntaria- sobre la situación del mismo? Es eso, o que se le ha querido gastar una última broma al público, puesto que Los inquilinos no debería valer ni el esfuerzo de ser editada en DVD.

Vuelta a las mansiones abandonadas, grisáceas y acosadas por una maldición. Vuelta a los niños que viven solos (dos hermanos capitaneados por el único haz de luz del film: una convincente Charlotte Vega que carga con el peso de todo el cotarro), a las apariciones fugaces de presencias sobrenaturales, y a los twists poco antes de la conclusión. O’Malley parece haberse quedado estancado en algún punto propio de principios de siglo, cuando Amenábar aún nos la colaba atormentando a Nicole Kidman. Su exploit de ese género de terror gótico demuestra haberse aprendido de memoria el recorrido tipo: fotografía parduzca, planos lentos, música de violines en tensión y, en general, capturas de actores con el ceño fruncido, que todo es muy grave y tiene que quedar claro. La fórmula funcionó en su día, cierto, enhorabuena a él por haberse empollado la lección. Lástima que lo haya hecho estudiándola de libros en desuso.

Lo único que consigue The Lodgers es adormitar al respetable, en el mejor de los casos. En el peor, enervarle y hacer que afile su atención para detectar todas y cada una de las innumerables incongruencias del guión, para lamentar la previsibilidad de su conjunto, o empeorar sensaciones ante el risible personaje del hermano huérfano, interpretado por un Bill Milner con cara de estar más aburrido que nosotros. Todo por la obcecación de cumplir al dedillo las normas: nada de pasarse de sustos, que aquí hay que crear atmósfera; nada de simplificar o naturalizar el entramado, que aquí lo que importa es el twist final; oh, y ojo con los cronómetros, vaya a ser que pasemos por alto el minuto en el que es matemáticamente correcto que aparezca una escena sobrenatural (aunque sólo tengamos una y debamos por tanto repetirla una y otra vez).

Que sí, que es cierto que como desfasado ejercicio de gótico y casas encantadas, Los inquilinos se saca un cum laude. Pero para los espectadores que hayan seguido progresando en el tiempo, aquellos que no se hayan encerrado en un zulo los últimos 20 años de sus vidas, se trata de la mayor pérdida de tiempo que pueda pasarse en una sala de cine. Si al menos se hubiese apostado por insistir en ciertos conatos de perversa sexualidad latente que pueden atisbarse aquí y allá, aún nos hubiéramos llevado algo a la boca en forma de refrescante discurso sobre el descubrimiento del deseo entre hermanos de sexos opuestos. Pero eso hubiera sido salirse de los raíles, y ni O’Malley, ni el guionista David Turpin tenían la menor intención de hacerlo. Una pena.

 

Valoración de La Casa
  • Capi Spaulding
1

En pocas palabras

Serie Z es quedarse cortos. The Lodgers es un auténtico desastre de proporciones bíblicas que sólo sirve para ahondar en la herida del cine de género, maltratado por tanto subproducto como el que nos ocupa.

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