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Crítica de Los locos del gekiga (Satori)

Por qué seguía inédita en nuestro país una obra de la envergadura de Los locos del gekiga es algo que se me escapa. Publicado originalmente en Japón en forma de serie entre 1979 y 1984 el manga de Mashakio Matsumoto no es sólo una obra extraordinaria per se sino también un documento didáctico imprescindible en forma de certero slice of life. Un retrato de la vida de los mangakas que vivían a la sombra comercial de la estrella Oasmu Tezuka, caldo de cultivo creativo de la necesaria renovación que viviría el medio a partir de mediados de los años 50 del siglo pasado. Si nosotros tenemos Los profesionales (Carlos Giménez), en fin, el manga tiene Los locos del gekiga.

Y como digo, ya iban siendo horas de tenerla por aquí bien editada y recopilada. Masahiko Matsumoto es un autor de culto de quien, si no se me escapa algo, sólo conocíamos La chica de los cigarrillos. Él es su propio protagonista, una de las tres patas del taburete que completarían Takao Saito y Yoshihiro Tatsumi quien, por cierto, también retrataría el mismo tema en su no menos imprescindible Una vida errante. Estos tres autores irreductibles -por el empeño y por su resiliencia a la miseria- serían el núcleo duro de una renovación del manga desde la más intempestiva Osaka -cara B de una industria que principalmente se cimentaba en Tokio-, donde fundarían la revista Kage, en el seno de la editorial Hinomaru Bunko. Su pretensión, abandonar las librerías de alquiler para saltar a la venta tradicional en un momento, el final de la post-guerra, que trajo un aumento del consumo. Su objetivo creativo, desplazar el manga de su tradicional público infantil hacia un sector más adulto apostando por historias más oscuras, un estilo gráfico más realista, un sentido más cinematográfico de la planificación y un uso más expresivo de las tintas negras prescindiendo, casi un suicidio comercial, del color. El resultado sería una nueva concepción del medio, la conocida como gekiga, un término, por cierto, acuñado por el propio Tatsumi.

Los locos del gekiga no resultará ajeno a cualquiera que conozca mínimamente la obra de sus protagonistas. Pero hay que apuntar que es, por estilo y tono, una obra ajena a la concepción popular y más comercial del manga. Su vocación realista y su tono humanista lo convierten en una propuesta cotidiana, casi costumbrista que combina humor, ternura y miseria con fluidez. Su dibujo es expresivo, pero de trazo tosco, alejado de la estilización tradicional del mainstream, más cercano a la personalidad visual de los propios Saito y Tatsumi, pero también de Shigeru Mizuki, Oji Suzuki o Yoshiharu Tsuge, puntas de lanza de un manga, por así llamarlo, alternativo.

Los locos del gekiga es, en fin y como comentaba al inicio de este texto, una obra de doble valor. Por un lado como objeto didáctico, en su condición casi de libro de historia del manga en forma de cómic en el que abundan las reproducciones de planchas y portadas de la época. Por otro como tebeo de indiscutible calidad y relevancia artística e histórica. Un manga que debería ser leído por cualquier aficionado al cómic y que debería fomentar un interés genuino por la obra aún semioculta del propio Matsumoto, pero también de Saito y Tatsumi. A atesorar.

Los locos del genika: un manga de referencia
  • Xavi Roldan
4.5

Por qué leer Los locos del gekiga

En Los locos del gekiga Masahiko Matsumoto documentaba los duros años de lucha creativa que terminaron llevándolo, en compañía de Takao Saito y Yoshihiro Tatsumi, al advenimiento del manga adulto. De referencia.

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