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Crítica de Malditos Bastardos

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[av_tab title=’Por Xavi Roldan’ icon_select=’no’ icon=’ue800′ font=’entypo-fontello’ av_uid=’av-43oxds’]
Going, going, gone. Ya está. Se fueron las vacaciones tan deprisa como llegaron, y sin apenas habernos dado tiempo para descansar, aunque sí para dejarnos caer unos días por Nueva York, endeudarnos hasta las cejas y adquirir suculento material videográfico, discográfico, comicgráfico y merchandising variado de ese tan chulo pero que al final no nos llega por aquí ni por casualidad. Ah sí, y de paso hemos visitado la Gran Manzana, eso también.

Y en eso estábamos, después de pasar todo el tercer día con nuestra más lograda expresión de hillbillies en la Gran Ciudad (uséase, ojos abiertos como platos, expresión idiota y giros cervicales de 360º, que no se nos escape ver nada) que nos metemos en un cine con la intención de descansar los pies y sobre todo la otra, largo tiempo planeada (sí, varios días llevaba con la idea en la cabeza), de ejercer de corresponsal de La Casa de los Horrores y ver que nos cuenta en esta ocasión el bueno de Quentin. Y va y resulta que el cine es otro espectáculo en sí mismo, con sus palmeras, sus ruinas de cartón piedra y su atrezzo de Port Aventura, de modo que el espíritu guiri no pudo descansar ni allí. Vamos, que aquello no era la filmoteca más intimista de la ciudad, aunque qué puedes a esperar de una sala ubicada en la misma Broadway…

Vale, las vacaciones no me han otorgado el don de la concisión, pido disculpas. Y voy a la película, que es lo que importa.

El caso es que justo cuando me había elaborado una teoría personal sobre cuándo, cómo y por qué me gusta Tarantino, el muy basterdo va y me rompe los esquemas con un golpe de volante que en el fondo tampoco lo es tanto. Yo ya había decidido que el supuesto genio revolucionario del director era un poco exagerado como tal y su jesucristización como salvador del cine moderno era excesiva, así que me había posicionado en la opinión de que sus películas, cuanto más intrascendentes y divertidas, mejor son.

En cambio va a resultar que nos ha salido con una película mucho más lenta y dilatada de lo esperado (de lo esperado para ser «la película bélica de Tarantino», ojo, que gran parte del metraje de Death Proof no es que fuera precisamente trepidante). Y ahí está lo que en mi opinión es el primer y principal fallo de la película: quiere ser una obra «seria», pero sin traicionar los fundamentos «tarantinianos» (cinefilia culta/cinefilia trash/gamberrismo general).

Se podría decir que Tarantino ha sublimado su discurso, lo ha pulido y ha ganado en madurez. Sí, pero también ha perdido urgencia y descaro y el resultado es menos juguetón. Vamos, que se queda a medio camino de dos vías expresivas opuestas sin llegar a mojarse del todo en ninguna de ellas.

Bien. Pero ahora es cuando hay que admitir que Tarantino es un Gran Cineasta. Asumiendo lo que he explicado en el párrafo anterior, hay que reconocer que el director tiene una voz propia (vale, construida en su 90% a base de reciclaje) e insobornable, y que lo que nos quiere contar nos lo cuenta pero que muy bien. Y Malditos bastardos es su más complejo movimiento hasta la fecha al respecto.

Porque si bien la película muestra esas dos caras de las que hablaba que no terminan de llegar hasta el fondo, cada una de ellas está repleta de momentos de genio, diseñados para el goce y disfrute del propio director y, sobre todo, del público, cosa difícil en un tipo de cine, el de «amiguetes», en el que a menudo uno tiene la sensación de estarse aburriendo soberanamente viendo como una gente se lo pasó teta rodando una película que sólo les hizo gracia a ellos.

En su parte, digamos, más «seria», Tarantino construye un drama cinéfilo homenaje a lo más relevante del cine europeo de la primera mitad de siglo (especialmente al alemán: cita a Pabst, a Leni Riefenstahl o a la UFA; aparece, interpretado, Emil Jannings… y utiliza algún que otro recurso visual bastante expresionista). Y suma y sigue referenciando cine de la segunda mitad del XX (obviamente el spaghetti western y las producciones de género italianas -caso del bélico de Enzo G. Castellari que remakea– e incluso supura en varios momentos una decadencia muy fassbinderiana). Todo a través de una intensa historia de amor y venganza, y un plan maquiavélico y descabellado. No llega a la gravedad (quien lo crea conveniente que cambie «gravedad» por «pedantez») de las radiografías pesimistas de la Europa radical que suele tejer Haneke, pero tampoco lo pretende. Quizá aspira más a ser una especie de culebrón pasado de vueltas, con sus personajes límite y sus estridentes golpes de efecto incluídos, en cuyo caso conseguiría su objetivo.

La otra cara de Malditos bastardos, la más «postmoderna», es la que hace referencia a los bastardos del título, y en la que están presentes los -ejem, algo escasos- momentos de acción y humor chungo.

Aquí Tarantino se despacha a gusto con los nazis, pateando merecidamente sus krautculos sin ahorrar momentos de orgullo anti-antisemita y euforia aliada y su mirada salvaje no deja títere con cabeza, ni falta que hace, entre las filas hitlerianas… con una excepción: el personaje del coronel nazi Hans Landa, tratado con sabiduría desde el cariño y la elegancia, lo que le da un carácter absolutamente terrorífico (de verdad que se me hizo complicado dormir esa noche) y lo convierte, mediante la sublime (perdón por el término, pero es que es realmente sublime) interpretación de Christoph Waltz, en el mejor personaje de Tarantino en años.

El caso de los bastardos, en cambio, es otra historia. La verdad es que su presencia en la película es bastante limitada, y da la sensación que se les podría haber sacado mucho más jugo. Brad Pitt pone en «on» el modo «macarra tipo Snatch» con los divertidos resultados habituales, pero poco más. Es una pena, porque esa especie de remasterización bélica de la banda de Reservoir Dogs daba mucho más de sí en cuanto a gore, acción y comentarios chascarrillescos.

Los largos diálogos marca-de-la-casa-pero-menos y un final delirante, espléndido e incontestable engarzan las dos vertientes de la película que, eso sí, al final acaban encajando de forma argumentalmente perfecta.

Eso y auténticos puntazos como el del prólogo en casa del granjero, la conversación antes del tiroteo (no digo dónde para no destripar nada), la intachable selección musical, el último plano subjetivo o esa alucinante y alucinada secuencia aderezada con un tema de Bowie y un montaje ochentero (megaSIC) elevan la película hasta el…

…y la convierten en mi opinión en uno de los títulos americanos a tener en cuenta de todos los vistos en 2009 junto con Up, Enemigos públicos o Paranoid Park. No os la perdáis, aunque sea para ponerla a parir.

Y ahora si me disculpáis… tengo un Síndrome Post Vacacional que sufrir.
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[av_tab title=’Por el Carlos Giacomelli’ icon_select=’no’ icon=’ue800′ font=’entypo-fontello’ av_uid=’av-2020ow’]
En vista de que últimamente estamos que tiramos La Casa por la ventana, en un alarde de profesionalidad llevamos a nuestro enviado especial favorito a cubrir el estreno estadounidense (o casi) de Malditos bastardos, la película más esperada de Tarantino al ser la primera vez que el tito Quentin se nos pone medio-serio.

El problema es que el bueno de Blutarsky analizó la obra con sumo detalle y acierto, y dejó más bien poco que añadir sobre ella, por lo que ahora que ¡por fin! aparece en nuestras pantallas, realizar un segundo juicio sin caer en la repetición resulta bastante complicado. Pero vamos a intentarlo, qué demonios.

Como ya sabemos, Inglorious Basterds recibe su nombre en honor a The Inglorious Bastards, la cinta bélica favorita del director de Kill Bill, quien a la hora de acercarse al género decidió inspirarse (que no remakear, por mucho que sí guarden cierto parecido ambas cintas) en la historia filmada por Enzo G. Castellari allá por el año 1978.

Lo más curioso de tan noble propósito es que justamente su título supone uno de los principales fallos de los nuevos basterdos malditos, pues sumado a la consabida personalidad macarrilla de Tarantino y a la engañosa publicidad que ha recibido la película, induce al engaño al esperar una buena ración de cine de acción y violencia desenfrenada, protagonizada por las andaduras de dicho grupo de soldados sin gloria, a priori tan similar a los Reservoir Dogs de Buscemi y compañía.

Y sin embargo, a las primeras de cambio ya se nos da gato por liebre: Tarantino presenta una película separada por capítulos de los que Brad Pitt, B. J. Novak y compañía son tan secundarios como cualquiera de los demás personajes que pululan por ellos, siendo su conjunto una serie de aparentemente inconexos relatos que buscan retratar tan determinante conflicto desde diversos focos. Así, la recolección de cien cabelleras nazis, que el marido de Angelina exige a su tropa, apenas deja verse, siendo sustituida por otras tramas de igual relevancia que requieren infinidad de diálogos (o por lo menos, secuencias de lo más pausadas) en una película de acción sin apenas atisbo de ella.

De este modo, lo que iba a ser una nueva obra con marca de la casa, manteniendo el estilo propio de un director cuya cultura cinematográfica parece basarse en un increíble catálogo de la serie B, C y Z, parece saltarse a la torera tal condición, casi renegando de la anterior filmografía del mismo.

Nada más lejos de la realidad. Malditos Bastardos contiene infinidad de elementos con denominación de origen, que van desde su propia concepción (160 minutos distribuidos en episodios autosuficientes evocan a una sesión grindhouse) a determinados recursos de diverso calibre presentes por todo el metraje, con los que se toca desde el cine europeo clásico al colorismo argumental y audiovisual setentero y ochentero, entramados de lo más pulp o el spaghetti western, pasando pos sus manías de siempre: pies y planos subjetivos. Y no nos olvidemos de su deliciosa violencia explícita y hemoglobínica, presente en las escasísimas escenas de acción de que dispone la película.

Nos encontramos, por tanto, al Tarantino de siempre escondido bajo la sombra de una producción ajena, en teoría, a su estilo. Y de ahí se deriva, a mi entender, el siguiente problema. Y es que l’enfant terrible de Hollywood peca quizás en un excesivo respeto hacia su obra, su respectivo marco histórico, o quizás a él mismo. Consciente de que ésta debía ser su obra maestra, realizar un esfuerzo palpable, para bien, en el sumo cuidado de cada uno de sus planos, cortes y juegos de cámara (acompañados de una fotografía impecable), y en una banda sonora literalmente perfecta; pero ese empeño se traduce también, de manera negativa, en cierta descompensación entre sus capítulos, resultando algunos más interesantes que otros -y siendo menos acertados, por norma, los momentos protagonizados por (no menos desatinado) Daniel Brühl.

Pese a ello, que acerca puntuales pasajes de Malditos Bastardos al abismo del tedio y la indiferencia, lo cierto es que las dos horas y cuarenta y cinco minutos se degustan de maravilla a sabiendas del colofón final que aguarda a la vuelta de la esquina. Y es que sin prisa pero sin pausa, de manera más sutil de lo esperado, todos sus capítulos van descubriendo su objetivo común de preparar los condimentos para un festín conclusivo (el quinto capítulo) inscrito por derecho propio en la categoría de obra maestra absoluta, y del que es una auténtica lástima no poder desvelar nada en absoluto.

Lo que sí puede decirse de este último capítulo es que tiene tanto sentido, enlaza tan bien todos y cada uno de los subapartados argumentales -propuestos en los anteriores episodios-, y es tan jodidamente excepcional (y perdón por mi francés), que no sólo obliga al espectador a más de un visionado, sino que encima se toma la libertad de dar sentido al título en homenaje a Catsellari, quien por cierto, y junto a su maldito bastardo Bo Svenson, aparece en forma de cameo.

Ciertamente, no todo es perfecto. Inglorious Basterds no es la obra maestra buscada, ni debería pretender serlo, y peca de bajones rítmicos vertiginosos debido a, lo diré, diálogos y situaciones menos tarantinianas de lo esperado. Pero concuerdo totalmente con Blutarsky, que la define como una de las películas del año, y es que la propuesta de Tarantino sorprende a propios y extraños (a los que tengan algo de tiempo, paciencia y ganas) al convertirse en una de las grandes cintas bélicas recientes. Excelentemente orquestada e interpretada (ojo a Pitt, Waltz, y a los basterdos italianos; lástima de un Brühl perdido en la horchata de sus venas), sus excesos no son en absoluto definitivos para empañar su conjunto si no sobresaliente, por lo menos notable alto.

Eso sí, puede resultar insoportable si no se ve en condiciones, esto es: pantalla grande, versión original, y a ser posible con tiempo suficiente como para disfrutar de sus títulos de crédito.
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Trailer de Malditos bastardos

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Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

La primera de las ocasiones en que Tarantino se pone, ejem, serio. Y nos regala un épico repaso, si bien excesivo, a su manera de la Segunda Guerra Mundial.

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24 comentarios en “Crítica de Malditos Bastardos”

  1. Fantastica. Genial. Excepcional. Despues de la decepción que supuso para mi la segunda parte de Kill Bill y Grindhouse, este Tarantino me ha vuelto a enamorar. Tengo ganas de repetir.

  2. ah, pues a mí las dos que dices también me gustaron. Es más, Kill Bill 2 me parece mejor que la primera. Con todo, es igual, Malditos Basterdos es una gran película merecedora de más de un visionado, dí que sí!

  3. ja ja ja ja, parece que no nos pondremos nunca de acuerdo en cuestiones cinematograficas, ja ja ja. las que a ti te gustan, a mi me matan, ja ja ja y no lo digo por los basterdos…

  4. Arte es algo opuesto a la naturaleza y a la ciencia, en orden a los procedimientos de ataque de la realidad. Tarantino despedaza la Historia para dar forma al monstruo imaginativo, más coherente y compacto que de costumbre. Muy divertida.

  5. Me gusto muchom, Tarantino se las trae y con estos dialogos q bueno… lo malo es q se pudo sacar mas de la historia y fue algo lenta, con muchos detalles ritmicos, la banda sonora me agrado full…

  6. bueno, pero si la ves una segunda vez seguro que no se te hace tan pesada. La historia podía dar más de sí, eso lo pensamos todos, pero también porque esperábamos que Tarantino se volviera (más) loco y pusiera sus tarantiniadadas de turno: sangre, peleas y tal. Ahora bien, de nuevo, si la vuelves a ver con las expectativas rebajadas, te parecerá mucho más redonda, seguro!!

    Saludos crac, gracias por visitarnos tan a menudo, se agradece!

  7. Eso de mirarla la segunda ves lo pense y lo hare, es q no se la pelicula me agrada le daria un 8 pero sigo viendola muy lenta en el inicio y muy rapida al final, y no me cuadro mucho eso de como Aldo engaño al aleman, y por otro lado Brad Pitt, LO SENTI como flojo no me combencio para nada; en cambio el Aleman q no recuerdo el nombre ahora, estuvo de puta madre para mi deberia estar entre los 5 nominados a mejor actor,.

  8. de hecho, al alemán (Waltz, si no me equivoco, aunque no me hagas mucho caso) sí le han nominado al globo, en el apartado de mejor secundario. Y yo creo que seguramente aparecerá por los Oscar también… es que es genial!

  9. El problema es que tiene muchos secundarios que gustan más… no sé, Matt Damon es mucho Matt Damon, y encima su película va del apartheid y eso…. pero vamos, que gane, sí señor!

  10. Bueno a mi criterio deberia ganar Waltz, los otros secundarios son bueno no podre negarlo pero las actuaciones son mas de lo mismo personajes tan x…… En cabio Waltz nos trae algo distinto, loco q solo tarantino puede diriguir jeje….

  11. ya, pero no deja de ser un malo, que se enfrenta actores de "pelis serias", "comprometidas"…. eso siempre pesa (al menos, en los Oscar)

  12. Si pero en los ultimos dos años eso no fue asi javier barden 2007 y heat en el 2008 ambos fueron los villanos y se enfretaron a actores serios tambien…escribelo este año va para watt,,,,

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