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Crítica de Mandy

Por el Carlos Giacomelli
Mucho ruido viene haciendo Mandy, conforme va recorriendo su ruta de festivales. Y sorprende, de entrada, ya que hablamos de lo último de Nicolas Cage. A cargo de un director que suena a griego. Luego, eso sí, empiezan los matices: Cage no es el que fue (si fue alguna vez) pero la sigue clavando a veces, véase Joe. Panos Cosmatos ha tatdado ocho años en llevar a buen puerto este, su segundo largo, que dirige y escribe. Esto es: no es ni mucho menos un encargo, sino una obra personalísima (y oigan, que griego es también Lantimos y bien que aplaudimos – además de estar afincado en Canadá).

Más matices, ahora nada más arrancar la película: aparece de los primeros nombres en sus títulos de entrada, el malogrado Jóhann Jóhannsson como responsable de la BSO. Y Elijah Wood como productor, un tipo que está intentando hacerse un hueco como tal en un cine de género (sea lo que sea lo que esto signifique a día de hoy) tirando al riesgo.

Salivación que culmina con el aspecto extraño, enfermo, de los primeros compases: música distorsionada, como proveniente de una casete expuesta demasiado tiempo al sol; grano en pantalla, cual recuperación chunga en DVD de película setentera; imagen quemada, colores dignos de pesadilla New Age atiborrada de LSD.

Vale: esto pinta a alucinación alucinada, a locura meta-retro-lisérgica, que puede caer del lado de la gloria tanto como de la más pretenciosa de las masturbaciones del artistillo de turno. Y a decir verdad, sigo sin tenerlo del todo claro.

Lo que no se puede negar es su condición de rara avis allá donde menos cabía esperar. En un mundo trufado de homenajes a todo lo que huela a antiguo, idénticos entre sí y blanditos como ellos solos (cuánto daño acabó haciendo ese Grindhouse de Tarantino+Rodríguez), llega Cosmatos y se enfrasca en un suicidio comercial de aspecto parecido a Planet Terror o sucedáneo, sí, pero que luego tiene que ver más con Von Trier (el de Anticristo), Lynch, Malick o Tarkovsky. Propone un tour de force en el que cada plano está más elaborado y resulta más exigente que el anterior. Desafía a los más críticos con Nicolas Cage demandando al de Con Air una de sus interpretaciones más pasadas de rosca desde que se pusiera al volante de una ambulancia para Scorsese. Y la encaja en una película más expresionista que realista, más alegórica que narrativa (su entramado se empieza a intuir en su segundo acto). Una lección filosófica más que un gore al uso.

Durante minutos y más minutos, se sucede una serie de imágenes casi detenidas en el tiempo, a lo que ayuda un movimiento de cámara lento secundado por el ya mentado trabajo de Johannsson y su esforzado trabajo cromático. Un sueño húmedo del Gaspar Noé de los neones y el Nicolas Winding Refn de las valhallas, en el que a ritmo meloso tienen lugar conversaciones en apariencia intrascendentes, presentaciones de personajes que se dirían anecdóticas. Trazos, en definitiva, que sólo encuentran justificación si se toman en conjunto. Siendo este conjunto, un trabajo que va mucho más allá de los 120 minutos que nos ocupan. Toca partirse el cerebro, rebuscar por Internet teorías e interpretaciones, pues cada flash, cada plano podría estar sujeto a metáfora. Quizá con la excepción de un tercer acto algo más festivo y ligero.

Si se realiza ese trabajo, si se va más allá del mero entramado y de su mensaje crítico más evidente (digamos que la religión no acaba del todo bien parada), uno descubre que hasta la caracterización de esos hellraisers que lían la del hombre de mimbre podría tener justificación. ¡Y en Jung, nada menos! Por no hablar de sus escenas finales, incluyendo un en apariencia intrascendente plano después de los títulos de crédito. Claro que, si no se quiere, se puede disfrutar igualmente de una película extraña pero absorbente, con evidentes referencias que sin embargo tampoco pueden afirmarse al 100%. Un Mandy que incluye momentos pensados para el público de Sitges, otros para el cachondeo… Y que en definitiva, vale la pena ni que sea por ser de las pocas veces en que se consiguen justificar a la perfección los histrionismos de un Nicolas Cage delicioso. Sólo por eso, ya debería salir con matrícula. ¿Que no? Atención a la escena en gallumbos…

Por Mario Parra
Que Nicolas Cage es una de estrellas de cine estadounidense más extrañas a día de hoy no sorprende a nadie: desde hace años unido a proyectos rodados en Canadá de dudoso gusto, seleccionados posiblemente solo para pagar el alquiler del cráneo de dinosaurio que guarda en su mansión; otros filmes donde está simplemente correcto pero que se olvidan fácilmente, y otras películas que parecen haber sido diseñadas para que las interprete el sobrinísimo de Francis Ford Coppola, creadas para su lucimiento, como la muy reivindicable y divertida Objetivo: Bin Laden, obra para ver con amigos con el fin de partirse la caja con la asombrosa interpretación de Cage, y la ida de olla que supone la historia original en la que se basa.

Mandy pertenece a esta última hornada de títulos, aunque es una historia muy sombría y con una realización que nada tiene que ver con los últimos años de cintas del actor. Cage interpreta a Red, un hombre serio y tranquilo que trabaja talando árboles en el bosque (supongo que para fabricar el papel para los millones de guiones que elige luego Cage para rodar), que siente una absoluta fascinación y amor por Mandy, su pareja, con la que vive en una apartada casa junto a un lago, curiosamente llamado Crystal Lake. Todo se tuerce cuando un grupo de motoristas del infierno y una secta de frikis de Jesucristo, tras la obsesión de su líder con Mandy, entran en la casa de la pareja para obligar a esta a marcharse con la banda. Será entonces cuando Cage decida tomarse la justicia por su mano, o más bien por su hacha metalera y una motosierra, así que la secta tiene todas las de perder. Cenobitas, heavy metal, una banda sonora asombrosa y embriagante, una secta pasadísima de rosa (ríete tú de los Legionarios de Cristo) y un Nicolas Cage en estado de gracia componen una obra extraña, aunque más sencilla no puede ser en la concepción de su guión.

Sin embargo, los ingredientes se entremezclan perfectamente y el sangriento risotto está listo para consumir. La fotografía, aunque demasiado centrada en los filtros de colores, construye un ambiente onírico y de pesadilla que le sienta como un guante a la obra. El director decide, en su primera mitad, presentarnos con escuetas pinceladas a todos los personajes y sus relaciones, para después entrar en vereda en la segunda mitad, centrada básicamente en la locura y venganza del Cage más desatado, ese que tanto nos gusta y que en los festivales se aprecia mejor.

El gore no escatima y atención a algunas peleas entre Cage y los malosos, que abarcan desde luchas entre motosierras hasta el maravilloso enfrentamiento entre los motoristas locos y el protagonista, que recuerda en determinados momentos a la maravillosa cinta ochentera Cobra, el brazo fuerte de la ley, dirigida por el padre de Panos Cosmatos, director y guionista del largo que ahora nos ocupa. Sin olvidar el reseñable cameo de Bill Duke, secundario mítico del actioner ochentero, con una filmografía en su haber que incluye clásicos como Predator, Commando o Acción Jackson.

Un filme no para todos los públicos, de ahí que su estreno sea bastante limitado a algunas afortunadas salas en España, pero muy disfrutable y diferente. Si te gusta ver la sangre correr, la última de Cage debes ir a ver.


Trailer de Mandy

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
  • Mario Parra
4.3

En pocas palabras

Una película que crece cuanto más se piensa en ella. Excesiva en todos los sentidos, siendo sus alegorías el más evidente de ellos. Quizá no sea perfecta, pero podríamos estar ante el efecto Drive de 2018… Imprescindible.

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