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Crítica de Mandy

Mucho ruido viene haciendo Mandy, conforme va recorriendo su ruta de festivales. Y sorprende, de entrada, ya que hablamos de lo último de Nicolas Cage. A cargo de un director que suena a griego. Luego, eso sí, empiezan los matices: Cage no es el que fue (si fue alguna vez) pero la sigue clavando a veces, véase Joe. Panos Cosmatos ha tatdado ocho años en llevar a buen puerto este, su segundo largo, que dirige y escribe. Esto es: no es ni mucho menos un encargo, sino una obra personalísima (y oigan, que griego es también Lantimos y bien que aplaudimos – además de estar afincado en Canadá).

Más matices, ahora nada más arrancar la película: aparece de los primeros nombres en sus títulos de entrada, el malogrado Jóhann Jóhannsson como responsable de la BSO. Y Elijah Wood como productor, un tipo que está intentando hacerse un hueco como tal en un cine de género (sea lo que sea lo que esto signifique a día de hoy) tirando al riesgo.

Salivación que culmina con el aspecto extraño, enfermo, de los primeros compases: música distorsionada, como proveniente de una casete expuesta demasiado tiempo al sol; grano en pantalla, cual recuperación chunga en DVD de película setentera; imagen quemada, colores dignos de pesadilla New Age atiborrada de LSD.

Vale: esto pinta a alucinación alucinada, a locura meta-retro-lisérgica, que puede caer del lado de la gloria tanto como de la más pretenciosa de las masturbaciones del artistillo de turno. Y a decir verdad, sigo sin tenerlo del todo claro.

Lo que no se puede negar es su condición de rara avis allá donde menos cabía esperar. En un mundo trufado de homenajes a todo lo que huela a antiguo, idénticos entre sí y blanditos como ellos solos (cuánto daño acabó haciendo ese Grindhouse de Tarantino+Rodríguez), llega Cosmatos y se enfrasca en un suicidio comercial de aspecto parecido a Planet Terror o sucedáneo, sí, pero que luego tiene que ver más con Von Trier (el de Anticristo), Lynch, Malick o Tarkovsky. Propone un tour de force en el que cada plano está más elaborado y resulta más exigente que el anterior. Desafía a los más críticos con Nicolas Cage demandando al de Con Air una de sus interpretaciones más pasadas de rosca desde que se pusiera al volante de una ambulancia para Scorsese. Y la encaja en una película más expresionista que realista, más alegórica que narrativa (su entramado se empieza a intuir en su segundo acto). Una lección filosófica más que un gore al uso.

Durante minutos y más minutos, se sucede una serie de imágenes casi detenidas en el tiempo, a lo que ayuda un movimiento de cámara lento secundado por el ya mentado trabajo de Johannsson y su esforzado trabajo cromático. Un sueño húmedo del Gaspar Noé de los neones y el Nicolas Winding Refn de las valhallas, en el que a ritmo meloso tienen lugar conversaciones en apariencia intrascendentes, presentaciones de personajes que se dirían anecdóticas. Trazos, en definitiva, que sólo encuentran justificación si se toman en conjunto. Siendo este conjunto, un trabajo que va mucho más allá de los 120 minutos que nos ocupan. Toca partirse el cerebro, rebuscar por Internet teorías e interpretaciones, pues cada flash, cada plano podría estar sujeto a metáfora. Quizá con la excepción de un tercer acto algo más festivo y ligero.

Si se realiza ese trabajo, si se va más allá del mero entramado y de su mensaje crítico más evidente (digamos que la religión no acaba del todo bien parada), uno descubre que hasta la caracterización de esos hellraisers que lían la del hombre de mimbre podría tener justificación. ¡Y en Jung, nada menos! Por no hablar de sus escenas finales, incluyendo un en apariencia intrascendente plano después de los títulos de crédito. Claro que, si no se quiere, se puede disfrutar igualmente de una película extraña pero absorbente, con evidentes referencias que sin embargo tampoco pueden afirmarse al 100%. Un Mandy que incluye momentos pensados para el público de Sitges, otros para el cachondeo… Y que en defintiva, vale la pena ni que sea por ser de las pocas veces en que se consiguen justificar a la perfección los histrionismos de un Nicolas Cage delicioso. Sólo por eso, ya debería salir con matrícula. ¿Que no? Atención a la escena en gallumbos…

Trailer de Mandy

Valoración de La Casa
  • Capi Spaulding
  • Mario Parra
4.3

En pocas palabras

Una película que crece cuanto más se piensa en ella. Excesiva en todos los sentidos, siendo sus alegorías el más evidente de ellos. Quizá no sea perfecta, pero podríamos estar ante el efecto Drive de 2018… Imprescindible.

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