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Crítica de Más allá de los dos minutos infinitos

Ante los excesos de metraje cada vez más inexplicables en los blockbusters, muestras de un cine mucho más pequeñito confirman eso de que la buena confitura está en el pote más pequeño. Películas de presupuesto ínfimo y que sin embargo se atreven con géneros más dados a grandes recursos, como la ciencia ficción, desde una perspectiva que llega a ser infinitamente más satisfactoria que la del boom y el wing de turno. En apenas 72 minutos, Céline Sciamma nos mete con su Petite Maman en una rocambolesca paradoja temporal que confluye en una entrañable, inolvidable historia humana sobre las relaciones familiares, las despedidas, y el hacerse mayor. Y de uno menos, 71 minutos de nada, hace uso el debutante Junta Yamaguchi para presentar la ida de olla definita. Más allá de los dos minutos infinitos es la película de alteraciones temporales definitiva. La película de ciencia ficción del año. Nada hay que se le parezca, y nada habrá. Y eso que veníamos de una racha finísima con, además de la de Sciamma, ejemplos como El increíble finde menguante y Los cronocrímenes, o los algo más grandes Palm Springs y Looper; todos ellos coquetones con los saltos en el tiempo, pasados, futuros y bucles. Bueno, pues Yamaguchi se pasa el juego.

La cosa va de explorar al máximo una idea: la de una pantalla que permite verte a ti mismo con una diferencia (en función de a qué lado estés de la pantalla, claro) de dos minutos en el tiempo. O te asomas a un monitor y ves el futuro, o al otro en el que ves el pasado. Eso es lo que descubre, al menos, un grupo de conocidos. Y diréis: dos minutos, valiente gilipollez. Correcto. Algo de lo que su responsable es plenamente consciente y, justamente por ello, empieza a darle vueltas, a buscar toda implicación y ramificación que ello pueda tener. De manera que, a modo de comedia surrealista, Más allá de los dos minutos infinitos empieza a enroscar y desenroscar su propia línea temporal añadiendo salseo: hay quien busca enriquecerse, quien quiere hacer pruebas para ver cómo exprimir al máximo la situación, y quien en el fondo sólo quiere una cita con su vecina. Personajes que tardan menos que cero en tornarse de lo más entrañables por ser de lo más vulgares y corrientes, y plantearse escenarios como cualquiera haríamos. En este sentido, el guion es una joya. Pero es que hay más.

Es que para hacer las cosas más complejas aún, Junta Yamaguchi decide hacerlo todo en un plano secuencia. Sube y baja constantemente de un piso (donde está una pantalla) a otro (donde está la otra) y sin cambiar de plano consigue no perder de vista ni a sus protagonistas… ni a sus protagonistas. Vamos, que es un plano secuencia en que la gente interactúa consigo misma a dos minutos de diferencia. Por menos, Iñárritu ganó un Oscar. Ahí lo dejo.

El resultado es una fiesta. No busca cotas humorísticas a la altura de Kung Fu Sión, ni las implicaciones dramáticas del cine de Nolan. Tan sólo quiere volarnos la cabeza y lo consigue desde las primeras de cambio, con una película que cuando crees que ya no puede rizar más el rizo, lo riza. Y que sí, cuenta con algunos saltos de fe en su guion (en especial ciertos cables de unas dimensiones impensables), pero la frikada es de cuidado, y ha sido estudiada al milímetro para no dejar cabos sueltos (atención a las imágenes detrás de las cámaras que se muestran junto a los títulos de crédito), y además asemejarse a una película con sus tres actos, sus arcos, y un clímax final que alcanza cotas de adicción elevadísimas por nuestra parte.

La próxima vez que os pregunten qué película recomendáis, dejaros de grandes nombres, grandes clásicos, o grandes gusanos del desierto. El cine de ciencia ficción definitivo se encuentra en Más allá de los dos minutos infinitos. Imprescindible.

Trailer de Más allá de los dos minutos infinitos

Más allá de los dos minutos infinitos: la marmota trabajando a velocidad absurda
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué ver Más allá de los dos minutos infinitos

La locura definitiva, la frikada de ciencia ficción del año. Y además una película sorprendente tanto por su argumento como por su factura técnica, además de contar con una idea original que explota a las mil maravillas. Y todo ello, con dos duros. Candidata a película del año.

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