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Crítica de Matar a Dios

Más debuts de por aquí. Ahora es el tándem formado por los guionistas y directores Caye Casas y Albert Pintó, el que se pasa del mundo de los cortometrajes a los largos con otra de esas propuestas que arriesgan, y ésta vaya si lo hace, empezando por el título: Matar a Dios, y olé sus pares de narices. Efectivamente, esto no es muy religious friendly que digamos, puesto que va de una reunión familiar que se ve truncada cuando hace acto de presencia Dios, el mismísimo, alertando de que se va a cargar a la humanidad y sólo dejará como supervivientes a las dos personas que decida dicha familia. Familia de cuatro miembros, primera putada, y a cual peor: el que no es un porreta con tendencias suicidas, es un borracho putero o un adúltero con sobrepeso. Maravilloso todo. Así arranca (previo prólogo todo lo políticamente incorrecto que sea posible) una comedia negrísima que arrasa con la unidad familiar, con el cristianismo, y con todo lo que se le pone por delante, en definitiva. Pero ojo, que lo hace sólo un rato. Después se toma la molestia de hacer crecer a sus personajes. Decepción para quienes buscaran la broma de brocha gruesa, pero alivio para quienes al cine van, ante todo, a ver una película, con todas sus letras.

Y es que a Matar a Dios demuestra, por encima de otras indudables virtudes, inteligencia. La suficiente como para alejarse de salvajadas sin ton ni son: uno podría pensar que está ante un nuevo Ellos robaron la picha de Hitler o similar, y sin embargo, esto resulta que se ubica junto a comedias como Torremolinos 73, Pagafantas o cualquier otro ejemplo de humor, personajes, e incluso drama. Demonios, que tiene chicha. Y la tiene porque cuida a sus protagonistas más de lo que muchos otros guionistas, más curtidos, quisieran. Pese a lo burdo de sus trazos iniciales, conforme avanza el film y se rebaja la adrenalina, se descubre a cuatro personalidades complejas, totalmente humanas y reconocibles, y con un arco bien definido que trazar antes de llegar a la conclusión. No se pierde el humor, que en no pocas ocasiones es negrísimamente brillante, pero este va dejando poco a poco paso a cuestiones más sesudas (cómo afrontar la muerte de un ser querido, una separación traumática, la falta de ganas de vivir…) con las que hasta se nos invita a reflexionar en igualdad de condiciones. ¡Quién lo iba a decir, habida cuenta de un reparto que parecería salido de La hora chanante y Los Venga Monjas!

A fin de cuentas, Casas y Pintó han sido los listos de la clase. Con una producción de presupuesto bajo mínimos, la estrategia para perdurar parece de cajón: sorprendes con el título, disparas sensaciones con un primer puñado de chistes sin freno, pero luego trabajas desde las únicas herramientas que te salen gratis: el guión y el ojo. La teoría es fácil de explicar, pero para aplicarla hay que saber de esto de hacer películas. Matar a Dios rebosa mala leche por un lado, sentimientos y mensajes por el otro, y suple carencias económicas con una puesta a punto coqueta hasta el deleite: delirantes primeros planos de miradas alocadas, otros que resaltan el carácter granguiñolesco de todo ello, montaje picado y homenajes al género de terror. Adecéntese todo ello de cinco actores de lujo (está excelente todo el reparto), y ya tenemos fiesta: una propuesta por la que nadie daba un duro, que da el do de pecho convirtiéndose en una pequeña gran película, divertidísima y entrañable, alocada y produnda a partes iguales. Comedias así dan gusto.

 

 

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
3.5

En pocas palabras

Un debut sorprendente que da en la diana por un guión inteligente y humano: deja la irreverencia del título en poco más que eso, apostando después por una película de personajes bien elaborados y humor para todos los gustos.

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