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Crítica de Minari. Historia de mi familia

Creo que así empiezan todas las críticas que hablan de Minari, pero es que tienen razón: el espectador necesitaba un respiro. Estamos de acuerdo en que las cosas no van bien: tensiones sociales, posturas e ideales que se extreman… sin ir más lejos, mientras escribo este texto crece el odio hacia los inmigrantes chinos en los Estados Unidos. Y el cine no deja de dar buena cuenta de ello, con cada vez más dramas que resaltan las vergüenzas de la sociedad. Bien que hace, pero a veces una válvula de escape se agradece, y más en un año afectado por la pandemia. Bien, pues en estas que llega Minari. Historia de mi familia. Lee Isaac Chung, coreano afincado en los EEUU, escribe y dirige esta producción de Plan B (la de Brad Pitt) que habla de una familia de los años 80 en busca de lo que se les ha prometido: América es la tierra de las oportunidades, ve ahí y labra, literalmente, tus sueños. Pues dicho y hecho, adquieren una casucha en medio de la nada con el objetivo de vivir de los productos que pretenden cultivar. Pero no, no será coser y cantar: cuesta horrores dar pasitos hacia delante; pero si la película se vende como la «feel good movie del año»…

La respuesta a esa ambigüedad, ese contraste entre lo que se dice de ella y lo que narra, se empieza a dibujar desde sus comienzos: Minari es, ante todo, una película que respeta al espectador. Que no cubre de inverosímil buenismo las penurias de la vida. Al contrario, les otorga todo el protagonismo que se merecen. Así, la película abre con una melancólica secuencia en la que una mudanza no acaba de ser del agrado de todos sus protagonistas. Y luego nos habla de un padre obcecado con cumplir sus sueños, aunque para ello ignore los sentimientos del resto de la familia. De una mujer que capea un temporal que se hace cada vez más complicado. De un hijo que no está sano. De lo que cuesta adaptarse a un mundo aún no hostil, pero sí radicalmente distinto. Dice Lee Isaac Chung que ha aportado experiencias personales a esta ficción, lo que se traduce en un relato realista, con el que se puede sentir identificado todo el mundo con independencia de los acontecimientos que suceden en pantalla. Y es que se aplica a la perfección eso de «per aspera ad astra». O sea, que algo, cuanto más cuesta, mejor sabe. Y es que dan ganas de aplaudir cada progreso de sus personajes, por pequeño que sea.

De manera que sí, Minari es una «feel good movie», pero que no sigue la senda habitual ni mastica su mensaje. Más bien al contrario, se queda bien lejos de una felicidad inmaculada. La película se desarrolla con calma y va narrando esta historia pequeñita, mínima, que dibuja un retrato social casi de refilón. Con la verosimilitud por bandera, real como la vida misma (sic), se centra en dar forma de manera correcta a las emociones, que van desarrollándose con calma pero a ritmo creciente y ganando en matices a cada paso: tristeza y alegría alternando golpes para no condicionar en exceso al espectador. «Feel good» sí, pero cuando se cae en la cuenta.

Donde sí pretende calentar el corazoncito del norteamericano con menor pudor es en la visión de unos Estados Unidos aún lejos de los exabruptos racistas de su presidente anaranjado. Decía que el retrato social queda en un segundo plano, un protagonista pasivo si se quiere, pero que cuando se deja ver no da pie a equívoco: una vez, ese país fue mejor. Y es en esta la dirección en que el «make America great again» debería ir. Es el respiro que se necesitaba.

Todo ello en un tono contenido, que remite de inmediato a los dramas asiáticos de antaño (Ozu) o a sus deudores más directos (de Kitano a Koreeda)… al menos durante buena parte. Lamentablemente, Minari. Historia de mi familia no puede evitar ciertas concesiones al drama peliculero más del agrado de Occidente, con algunos pasajes dignos de melodrama de baratija que aunque no constituyan el principal recurso dramático, estropean en buena medida el resultado final. Quizá, ser una producción estadounidense haya requerido rebajar su rigor a la hora de adoptar el tono y los tempos de geografías occidentales. Lo cierto es que la mezcla entre su ritmo contemplativo y esas salidas de tiesto peliculeras chirrían y hace que entremos y salgamos una y otra vez del seno de la familia protagonista. No es grave, Minari ganará el Oscar a la mejor película extranjera y merecido lo tendrá. Pero no estamos ante un nuevo Parásitos, un Burning o un De tal padre, tal hijo, sino ante un producto claramente destinado al consumo del espectador occidental medio que lo hace todo bien, pero cuando le toca apostar el todo por el todo, se arruga. Todo sea por hacernos sentir bien a todos.

Trailer de Minari. Historia de mi familia

Crítica de Minari. Historia de mi familia
  • Carlos Giacomelli
3.5

Recomendamos Minari porque...

Notable película a caballo entre la cinematografía oriental y la occidental, que se hace con la etiqueta de feel good movie of the year sin por ello dejar de lado el drama. Consigue reconfortar al espectador (en especial al americano) si bien se quede a un paso de la excelencia por ceder a ciertas concesiones de un cine más simplón.

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