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Crítica de Mistress America

Cinco películas en cinco años. Así de activo se muestra últimamente Noah Baumbach, empeñado él en convertirse en uno de los mejores cronistas del paso a la edad adulta en la vida urbana hoy. Greenberg, Frances Ha, Mientras seamos jóvenes y ahora Mistress America (precedida del documental De Palma) marcan una nueva era brillante en la carrera de un tipo que debutaba hace dos décadas con Kicking and Screaming, nos encandilaba hace dos lustros con Una historia de Brooklyn y nos robaba el corazón definitivamente con la deliciosa Margot y la boda, allá por 2007. Estupendas películas que encaminaban ese salto hacia la madurez, en un 2010 en que Greenberg coincidía con la entrada en la cuarentena del realizador: desde entonces todos sus títulos han estado condicionados por el miedo a perder el pie ante las nuevas generaciones; por eso de estar, como decía James Murphy, losing my edge. Por quedarse atrás y darse cuenta de que ya no somos nosotros la generación que se comerá el mundo. Que lo intentamos en su momento y nos quedamos con hambre, o nos llenamos demasiado pronto y ahora tenemos el estómago vacío, o lo que sea. Y como en la anterior, algo irregular -pero igualmente maravillosa- Mientras seamos jóvenes, Baumbach se aventura en explorar lo que sucede en el encuentro de ambas generaciones: si bien esta Brooke es unos diez años más joven que aquellos Cornelia y Josh, su problema sigue siendo un poco parecido. Darse de bruces con la realidad después de los sueños de juventud.

La diferencia está en que esta vez el personaje se resiste un poco más a abandonar su juventud. Brooke (Greta Gerwig) sigue peterpaneando por ahí con cierta inconsciencia, y no duda en acoger a su nueva hermanastra, la aún estudiante Tracy (Lola Kirke), como su protegida, pupila y nueva BFF. En cierto modo esto es una historia de mentora/alumna en un contexto de pura modernidad. La de ese Nueva York que ahora dice pertenecer a los millennials y que se mueve entre el pijismo social (no necesariamente económico), la inquietud cultural, la candidez, el esnobismo, la inconsciencia y la estupidez superficial. Un poco así es Brooke, perdida entre sus anhelos artísticos, sus expectativas vitales y frustraciones, incrustada en esa maraña de neuras varias propias de los jóvenes urbanitas del siglo XXI. Pero también es enérgica, descerebrada, optimista, inconsciente, inconstante y un pelín insoportable. En ella ve Tracy su fuente de inspiración (está intentando escribir un ensayo) y la puerta a un nuevo mundo menos pendiente de trivialidades y más atento a, bueno, a otras trivialidades. Ambas navegan juntas por la vida de la primera -entregada a ella la segunda- y se reencuentran con miedos, recuerdos que acechan y amenazan con volver, desengaños amorosos y una especie de nuevo sentimiento de amistad un tanto volátil.

Poca novedad hay en Mistress America, en un guión que, sin embargo, guarda enormes dosis de lucidez y verdad. Escrita a cuatro manos por Baumbach y Gerwig -compenetradísimos como pareja creativa- la película se presenta como una comedia indie ligera enmarcada en su propio universo autoral (ese que frecuentan Roman Coppola, Jason Schwartzman y compañía) y deudora, a ratos, del inevitable Woody Allen, a otros de la comedia clásica hollywoodiense y en ocasiones de la post nouvelle vague. Pero encierra un estudio de personajes afiladísimo -dos mujeres complejas, ricas, humanas- que radiografía ese microcosmos en el que están insertados. Un libreto divertido, inteligente y muy bien dialogado interpretado con frescura y mucho oficio por sus protagonistas: Kirke ya se mueve como pez en el agua en los ambientes del cine independiente norteamericano -servidor la descubría en la juguetona serie Mozart in the Jungle– y Gerwig ha pasado definitivamente de icono indie a algo más, mejor, superior. Una realización sutil, elegante y sabia más una banda sonora con un agradable aire ochentero (en cierto modo la película tiene un buscado toque demodé, parecido al que caracterizaba Damiselas en apuros) echan el resto en esta película enérgica y punzante. Trufada de una euforia que encuentra en ocasionales momentos su reflejo en forma de bajona-hostia, pero que siempre termina encontrando la luz que, supuestamente, nos guíe como generación, allá donde se suponga que vayamos.

 

Conversaciones sobre Mistress America

 

 

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
  • Carlos Giacomelli
3.8

En pocas palabras

Baumbach y Gerwig unen fuerzas para traer una de esas películas pequeñitas, comedias indies si se quiere, brillantes desde donde deben serlo: un guión fresco e inteligente.

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