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Crítica de Moffie

La fuerza narrativa del cine, lo que de verdad diferencia a esta vía de expresión artística del resto, hoy en día debe buscarse en las propuestas experimentales y transgresoras. Pero si no se quiere ir tan lejos, Moffie es un ejemplo perfecto, y no por nada, en los carteles de la película se recuerda que los productores son los mismos de Ida (otra clase de cine reciente). Como en la de Pawlikowski, la propuesta de Oliver Hermanus que ahora nos ocupa basa la práctica totalidad de su éxito en la abrumadora expresividad de lo que no se dice.

Y eso que lo que sí se dice no es moco de pavo: basándose en la novela autobiográfica de André-Carl van der Merwe, Moffie se sitúa en los convulsos inicios de los 80 en SurÁfrica, tiempos del Apartheid, del servicio militar obligatorio y de la caza a la homosexualidad. Tiempos en los que el protagonista acaba teniendo que hacer una mili durísima en la que prácticamente es anulado como ser humano.

Propuesta de temática de aquellas necesarias, pues invita a plantearse cuánto ha evolucionado la sociedad desde entonces. Aunque no menos cierto es que, tristemente, no se trata de una denuncia que no nos suene de otras películas. Es más, casi podría decirse que Hermanus quiera jugar a ser Kubrick con más de un pasaje de obvias reminiscencias a La chaqueta metálica.

Lo que realmente rompe moldes, lo que la hace merecedora de la etiqueta de obra maestra que ya se le está otorgando aquí y allá, es que además de tirar de cine-denuncia, Moffie da con una fórmula audiovisual exquisita y casi más protagonista que cualquiera de los actores que pululen por pantalla. Con una épica banda sonora (de Braam du Toit), la fotografía de Jamie Ramsay se va acercando al esplendoroso cine de Terrence Malick, mientras la cámara de Hermanus hace que vivamos pasajes de terror (la descripción de la dureza del servicio militar, pero peor aún, la de la sociedad en general) pero también otros de genuina belleza, con planos aéreos, ralentís, y preciosos retratos de los soldados a torso desnudo. Todo con justificación, claro: lo bueno de Moffie es que logra hacernos sentir en todo momento, y con intenso detalle, las emociones de su personaje principal.

Discurso sobre represiones estúpidas, animalización social y encontrarse a uno mismo, pues (casi nada), presentado de manera espléndida por vía de toda una lección de cine. Puede que Moffie no sea la mejor película de la historia, ni la más revolucionaria del momento. Pero constituye un sólido, precioso muestrario de lo que el cine puede ofrecer aún a día de hoy, si se tiene la voluntad de hacer las cosas bien. Muy, muy recomendable.

Trailer de Moffie

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

Preciosa clase de cine a medio camino entre Kubrick y Malick que muestra los horrores de SurÁfrica en los 80, así como todo lo que se puede decir con una cámara sin necesidad de más. Exquisita.

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