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Crítica de Mr. Holmes

Cuando se trata de una saga de puro entretenimiento, lectores y espectadores nos hemos acostumbrado al carácter imperecedero de sus protagonistas: colecciones de libros y más libros en los que el paso del tiempo ni siquiera es tratado, y sustitución de actores (o milagrosos rejuvenecimientos: lo de Tom Cruise es inexplicable) o remakes, solventan el problema de la vejez y regeneran héroes, franquicias y espectadores. En el caso de Sherlock Holmes se han visto de todos los colores, incluyendo a un partenaire con el sexo cambiado entre sus tres sagas televisivo-cinematográficas actualmente en curso (Elementary contempla a una Joan Watson interpretada por Lucy Liu). La más valorada de ellas, la serie Sherlock, se emite a través de la BBC, y es precisamente el estudio para la gran pantalla de dicha cadena británica, quien produce este Mr. Holmes que ahora nos llega y que pretende invertir la situación: adaptando la novela A Slight Trick of the Mind de Mitch Cullin, plantea los últimos días de un nonagenario cuyo superpoder le traiciona a marchas forzadas. En el ocaso, retirado y conviviendo con una ama de casa y el hijo de la misma, escribe a modo de respuesta a la ficción con que Watson novelizaba los casos, los hechos que realmente acaecieron durante su última investigación, forzándolo a abandonar. Antes, claro, de que lo que le abandone a él sea su memoria.

De modo que el film de Bill Condon (ya coincidió con Ian McKellen en Dioses y monstruos, y con Laura Linney en Kinsey1) altera de buenas a primeras la perspectiva del espectador enfrentándole de golpe con la más demoledora de las realidades: el tiempo pasa igual para todos. Y nos degenera, nos hace falibles. Es la primera vez que vemos a Holmes así, humano, expuesto, indefenso. Hasta ahora, bien por su propio pie o con la ayuda de un Watson que aquí brilla por su ausencia, se le veía salir airoso de cualquier situación, sobredosis de opio incluidas. Esta vez no puede ganar la batalla, así que al menos, busca la redención. Él la persigue en la ficción, y la película a los ojos de un espectador que hasta ahora lo tenía como una máquina, tan perfecta en la resolución de los casos como falta de calor humano, por más que hubiese mucho de postureo. Aquí Holmes es el cabezota de siempre pero está perdido, pretende hacer del niño un nuevo ayudante sólo para dar con ese bastón sobre el que tantas veces reconoce, para sus adentros, haberse apoyado. Y sí, es de nuevo ese eje externo el que le ayuda, en este caso a seguir escribiendo y forzándose con ello a recordar; pero también abre las puertas a repetir errores, que el espectador esta vez no va a tolerar.

Los objetivos de Mr. Holmes son dobles, por lo tanto: parejo a las obligaciones para con la saga (a fin de cuentas, siguen habiendo un casos que resolver, una relación Holmes-Watson-ish sobre la que trabajar, una personalidad que respetar), circula el drama de la vejez, universal y aplicable a todo ser humano, heroico o no. Y si bien sea cierto que la combinación de ambos puntos de interés provoque cierta falta de profundización tanto en uno como en otro, el film acude a ellos con solvencia, proponiendo un bello y compacto lienzo rural en el que tienen cabida flashbacks y ensoñaciones, sutiles alegorías y momentos de tensión dramática, para iluminar la desoladora sensación de pérdida paulatina, de apagado paulatino del sistema, otrora infalible. Alegría y tristeza, o lo que es lo mismo: calor humano. Sensaciones nuevas y otras que siempre han estado ahí, pero que ahora por primera vez, Sherlock pone en evidencia.

Todo ello requiere de un tempo sosegado, que todo hay que decirlo, hace ir a la película de menos a más. Con todo, y aunque seguramente no suponga revelación alguna, logra imponer sus virtudes, que pasan por un guion que desarrolla a su personaje con atino, jugando sutilmente con los elementos que lo caracterizan y el nuevo matiz que se le busca. Pero también por una dirección quizá algo impersonal pero siempre contenida, elegante y con todos los factores (puntuales rupturas de formato incluidas) bajo control. Y sobre todo, por un Ian McKellen espléndido; hacia el final del film tiene, en concreto, una escena que debería valerle por sí sola para ganar todo premio que se dispute este año en materia de interpretación. De hecho, todo lo dicho hasta ahora sirve de bien poco: con ir a verle a él queda sobradamente justificado el visionado de un Mr. Holmes que no pasará a la historia, pero convencerá a quienes quieran entrar en el juego.

7/10

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(1) Y de hecho, como curiosidad también trabajó con Benedict Cumberbatch, el Sherlock de Sherlock, en El quinto poder, sobre WikiLeaks

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