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Crítica de Noche de fuego

Tras una carrera centrada en el documental, Tatiana Huezo ha dado el salto a la ficción con Noche de fuego, que en verdad, mucho no se aleja del formato que la curtió en materia. La película sigue a tres niñas en su día a día, jugando, ayudando a sus familiares adultos en tareas del hogar o en sus trabajos en el campo, acudiendo a la escuela y, en definitiva, creciendo. Lo que al principio no saben, porque sus madres hacen lo posible por evitarles el mal trago, es que el pueblo de México en el que viven está controlado por el narcotráfico. Conforme vayan creciendo, por eso, será complicado seguir viviendo de espaldas a una realidad que no sólo es evidente, sino que constituye una amenaza cada vez mayor para sus respectivas vidas.

Aunque la trama pueda dar tanto para una película de acción como para un melodrama condenado al fondo de catálogo de Netflix, Huezo propone un acercamiento hiperrealista (de ahí que se pueda poner en duda su desapego del formato documentalista) donde el desarrollo de la trama importa tanto como la contemplación: Noche de fuego es un juego de netos contrastes entre luz (la inocencia de la vida cuando se es ignorante de todo mal) y oscuridad (la corrupción del hombre adulto). Pero también entre la belleza de la naturaleza y de vivir en medio de ella desde el respeto a la misma, y la marca del hombre que altera irrevocablemente parajes y destruye forestas y montañas en pos del lucro y el consumo. Hay, de hecho, pasajes que no están conectados con el argumento, más que para elevar tales conflictos, a lo sumo ofrecer algo más de trasfondo para poner en situación. Pero luego están los otros pasajes, los más narrativos, en los que la directora y guionista demuestra, por encima de todo, inteligencia. Inteligencia para no caer en el drama fácil, no banalizar ni ceder a lo peliculero: por el contrario, Noche de fuego es una olla a presión al límite, pero siempre contenida, de manera que el público puede dejarse llevar por la experiencia sensorial (a nivel técnico, es deslumbrante) mientras un sentimiento de opresión va creciendo en su interior de manera soterrada, pulsante. Hasta llegar a su clímax, claro, cuya resolución sí se antoja algo más próxima a latitudes más ficcionadas, pero no deja de ser sumamente consecuente.

Vaya, que en definitiva, el estreno de Tatiana Huezo en estas ligas se traduce en un nombre al que seguir de cerca, y en una propuesta que con razón es la que México ha seleccionado para ser su representante en los Oscars. Ya no sólo es que haya, en su Noche de fuego, un gusto en lo formal y lo narrativo que permita desarrollo de trama y sentidos a partes iguales, sino que además ofrece mil matices y lecturas sobre la sociedad, la mujer, la pubertad… Lástima que esa sea, sin embargo, un arma de doble filo para una película que, de tantos frentes que abre, acaba pecando de reiterativa. Allá por su bloque central, el bajón se hace demasiado evidente por querer echar demasiadas capas de pintura a un lienzo que ya se veía esplendorosamente bien sin muchas de ellas. Lacra que queda lejos de destrozar la película de Huezo, nada más faltaría, pero que sí empaña un resultado global que apuntaba a gloria cinematográfica cum laude. Bueno, sólo es su primera intentona en terrenos de ficción. Ya habrá tiempo.

Trailer de Noche de fuego

Noche de fuego: la vida tiene que seguir
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver Noche de fuego

Tatiana Huezo abandona el documental en este drama a medio camino entre la hiperrealidad y la ficción, sobre un pueblo asolado por los narcos y tres niñas que intentan abrirse camino. Película con espacio para que fluyan sentidos, emociones y lecturas. En ocasiones demasiado, por eso.

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