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Crítica de Nomadland

El páramo cultural en el que se ha convertido la carrera a los Oscar tiene una clara película en cabeza. En un año donde las salas y sus espectadores luchan por sobrevivir al capitalismo pandémico resulta enternecedora la visión escapista de Nomadland. El tercer film de Chloe Zao te embarca en un viaje errante por Estados Unidos y sus pobladores móviles. Una colección de testimonios que construyen la columna vertebral de este cuidado trabajo. ¿La gran película del año o un éxito accidentado por los tiempos que nos ocupan?

En este viaje acompañamos a Fern (Frances McDormand) una nómada que enlaza trabajos temporales en distintas partes de Norteamérica. Para ella el trabajo es el combustible que le permite avanzar en una peculiar huida hacia ninguna parte. Su viaje no es solitario ya que nos adentra en una comunidad de desconocidos que comparten filosofía de vida. Estos invitados y sus testimonios son la verdadera estructura de la película. Una recopilación de pequeñas historias de gente olvidada por el sistema. El tono de Nomadland evita la condescendencia y casi se aborda con una ilusión infantiloide. El comportamiento de nuestra protagonista casi se asemeja al de una pizpireta adolescente que rehúye las preocupaciones como el agua al aceite. Frances y Chloe se entienden a la perfección en un acertado combo.

Sería un error confundir su testimonio soñador con una ausencia de conciencia crítica. Desde su arranque la película se compromete con poner el foco en las víctimas de la bestia capitalista que devora pueblos enteros a su paso. La explotación que empuja a la desaparición. Pero como si de un bucle sin final se tratase no es posible escapar de las garras del monstruo durante mucho tiempo. Lo justo para llegar al siguiente punto seguro. Una nueva rutina se apodera de estos nómadas que casi recorren el mapa en círculos pasando por los mismos puntos año tras año en este loop financiero.

Formalmente Nomadland comulga muy bien la estética fotografía Sundance y las composiciones musicales de Ludovico Einaudi. De nuevo todo resulta tan placentero a la vez que obvio que consigue un sentimiento de «buenísmo» con el que cuesta ponerse picajoso. Se le puede achacar una lánguida inocuidad en su manera de evitar en todo momento el conflicto como motor para la trama. Al mismo tiempo es esto mismo lo que la convierte en un oasis para la recargada vida del espectador. De la misma manera que Sean Penn nos empujó a coger una mochila y huir del mundanal ruido en Hacia rutas salvajes no serán pocos los aventureros que cargarán sus maleteros de sueños de libertad. Una libertad de corto recorrido.

Trailer de Nomadland

Reseña de Nomadland
  • Iñaki Arriaga
4

Nomadland en pocas palabras

El coqueteo entre el documental testimonial y el road trip estadounidense que hará de guía en el año en el que no pudimos salir de casa. Escapismo de carretera.

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