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Crítica de Ocho apellidos catalanes

Era de esperar. Exitazo inaudito del cine español llama a secuela a ser posible no muy tardía: tras Ocho apellidos vascos Mediaset encargaba a los artífices de su guión, la pareja de oro Borja Cobeaga/Diego San José, que se pusiera en harina y escribiera la secuela. Y no entraré en aventurar cuál ha sido la influencia del gigante mediático en la elaboración del libreto (qué coño: fue bastante, a tenor de lo que cuentan sus propios autores) pero estaba claro que de aquí no tenía que salir una película, tenía que salir un revientataquillas. Lo cual es una mala estrategia, o un triste planteamiento, no sé. Porque lo de pulverizar el box office es algo que tendrá que verse con el estreno en salas, la posterior comercialización doméstica, la explotación televisiva y demás. Hasta entonces, lo que tenemos entre manos es justo eso, algo que debería parecerse a una película, a ser posible a una buena película. Y desgraciadamente Ocho apellidos catalanes no se encuentra demasiado cerca de ello. Lo sé, segundas partes a veces sí son buenas. En ocasiones son incluso mejores. Pero desde luego un cheque bien gordo no es necesariamente el mejor compañero de viaje para desmontar el rancio topicazo.

Y es que, ¿qué puede ocurrir en semejante situación? La verdad, no quisiera psicoanalizar a ninguno de los responsables de esta película, que ellos sabrán sus motivos y predisposiciones, y son muy libres de tenerlos. Pero como espectador uno sí tiene una sensación bastante molesta y difícilmente ignorable: aquí se ha querido pasar por caja y se ha despreciado todo lo demás. No hay apenas, en hora y media de película, un solo momento en que parezca que el equipo haya intentado dejarse -creativamente hablando- el pellejo. Cierto, la primera entrega no era el colmo del buen hacer, ni ofrecía riesgo formal alguno, pero de algún modo tenía una cierta chispa. Aquí, en cambio, nadie se ha molestado ni en traer el mechero. Todo parece hecho a desgana. O peor, con la idea de que respaldados por un ilustre referente es suficiente con poner a un par de actores con tirón popular y una batería de chistes gastados para lograr una buena alquímica cómica. Con eso, el guión de Ocho apellidos catalanes discurre entre gracietas sin gracia, reiteraciones y escenas de enredo descolorido, desgastado. Claro, Cobeaga y San José son dos de los mejores guionistas de comedia de este país; tienen un catálogo referencial enorme, dominan a la perfección la estructura y saben presentar, también en esta ocasión, planteamientos de comedia muy clásicos, muy sólidos y a priori interesantes. Y de ahí que todo me suene más a falta de ganas que a incapacidad.

Porque sólo eso -y, de nuevo, una posible intervención de «los de arriba», supongo- explica que el tinglado haga aguas de manera tan estrepitosa. Si sobre el papel la cosa podría funcionar como una secuela potente, es en las distancias cortas donde todo se va a pique. El sistema de gags, basado en los equívocos de identidad y nacionalidad y en el enredo tipo «puertas que se abren y puertas que se cierran», aparece muy desnutrido: los hay muy tontos, otros bastante tópicos o vistos mil y una veces, la mayoría perfectamente predecibles y sólo alguno, muy pocos, realmente brillante. Con eso la trama arranca bastante pocha y termina desvaneciéndose poco a poco a lo largo de escenas más o menos teatrales, más o menos simpáticas, siempre pasadas de moda y nunca bien aprovechadas (la película se autosabotea plantando algunos ingredientes que podrían dar pie a buenos clímax y terminan absolutamente en nada, como esa aparición de la Guardia Civil). Un desfile de chistes poco punzantes entorno al hipsterismo barcelonés, los Mossos d’Esquadra y el procés que dejan con ganas de más (a los catalanes, no os engañéis, en realidad nos mola que nos metan caña) y finalmente quedan en nada con un pretendido climax en todos los aspectos blandísimo, donde de nuevo el romanticismo más fofo termina por comerse la comedia.

Obviamente no ayuda el torpe traslado a imágenes de todo ese entramado cómico, apoyado en un paupérrimo timing que da al traste con los posibles buenos momentos del guión. Aquí no hay ritmo, electricidad ni chicha escénica que enriquezca el texto. Ni hay, en general, nada que se pueda salvar en su apartado visual. La realización de Emilio Martínez-Lázaro es más plana que nunca, muerta, desprovista de expresividad, de cualquier intencionalidad autoral o criterio de planificación. Invisible y ranciamente televisiva, en el peor de los sentidos. Capada de nervio cómico y tensión narrativa y sustentada en una factura visual de un cutre que espanta. Los actores están poco o mal dirigidos; Berto Romero está moderadamente divertido, pero su personaje termina repitiendo; Rosa Maria Sardà vuelve a hacer (muy bien) su patentada abuela burguesa irritante y Karra Elejalde es un poco él mismo y aporta la frescura destartalada que se le presupone. Pero por lo demás todos (un poco riguroso Dani Rovira, una Clara Lago que se esfuerza más de lo que debería exigírsele) parecen haber sido abandonados a su propia suerte, correteando por ahí sin ningún tipo de planteamiento cómico global y sin demasiada guía más que la concatenación de chascarrillos engarzados uno tras otro torpemente. Casi todo en esta película es así, torpe, desnortado, soso y rancio. Y vaya, si funciona como crowd-pleaser la cosa habrá dado sus frutos. Pero joder.

 

Trailer de Ocho apellidos catalanes + película completa

 

 

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
  • Carlos Giacomelli
1

En pocas palabras

Torpe, sosa, sin gracia, pero sobre todo, desganada. Había poco que esperar de una secuela cuya existencia se debe únicamente a las ganancias de una cuestionable película previa. Pero aun así, logra decepcionar.

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