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Crítica de Oleg, de Frederik Peeters (Astiberri)

Frederik Peeters se dio a conocer en nuestro país con Píldoras azules, un relato autobiográfico que se aproximaba con sensibilidad, humanidad y humor al VIH desde la propia experiencia de su pareja. Su última obra, publicada dos décadas después, retoma la senda de la autoficción para reencontrar al lector con lo que es un avatar bastante fidedigno de su propia persona. Entre medias, pues… han pasado bastantes cosas, la verdad. En el camino ascendente hacia su consagración el suizo ha edificado dos catedrales tebeísticas de ciencia ficción, las monumentales Lupus y Aama, sendas piedras de toque del género en el cómic contemporáneo. También ha descarrilado al género del espionaje a través del surrealismo en Paquidermo. Y, obviamente, ha dibujado para otros: para Pierre Dragon en el brillante polar RG, junto a Pierre Oscar Lévy en el enigmático drama Castillo de arena, con Loo Hui Phang en el crepuscular (y cuasifantástico) western El olor de los muchachos verdes y para Serge Lehman en el fantasmagórico El hombre garabateado.

Semejante eclecticismo creativo sólo evidencia una cosa, que Peeters es uno de los autores europeos en activo más versátiles y que, en líneas generales y hablando a brochazos, hace de todo y todo bien. Un eclecticismo estilístico que marca este álbum, rico y expresivo en el que, sí, acude a la cercanía de lo autobiográfico -a través de su alter-ego Oleg-, pero también se suelta, cuando lo necesita, hacia pasajes más evocadores. Más líricos. Más simbólicos. El autor nos hace partícipes de una cotidianidad que pasa por la convivencia con su familia y por los sinsabores del bloqueo creativo, algo parecido a lo que vimos recientemente con Adrian Tomine y su La soledad del dibujante, solo que más dado a la fantasía alegórica. En esencia, Peeters cuenta el día a día de su relación con su mujer y su hija mientras reflexiona sobre el amor y la familia, el envejecimiento, la enfermedad -de su pareja- y la rutina. Una enfermedad lánguida, calladamente amenazadora que preludia la decadencia de la edad. Y una rutina igualmente discreta, alejada de estridencias y, quizá por eso, más reconocible, más familiar, más veraz.

Con todo ello Peeters reflexiona sobre la presencia del autor en la vida mediática, sobre los límites y propósitos de la autoficción y el metadiscurso, sobre el difuminado de las líneas entre lo privado y lo público, lo real y lo inventado. Y nos recuerda que no hace falta ser un artista atormentado para sufrir crisis y dudas. Que la gente con vidas normales también lo pasamos regular y al mismo tiempo también somos capaces de extraer lirismo de la vida cotidiana. Por aquí va la propuesta temática y estética del autor, en plenitud de facultades narrativas -su versatilidad al lápiz para adaptarse a las necesidades de cada uno de los recursos expresivos tanto mundanos como extraordinarios que propone es pasmosa- y tan capaz de tocarnos la fibra de lo extraordinario hablando de tú a tú.

Oleg: de vuelta a la mundanal brillantez
  • Xavi Roldan
4

Por qué leer Oleg

Instalado en la excelencia desde hace años, Frederik Peeters aparca sus propuestas más de género para retomar el hilo que lo dio a conocer entre nosotros: el del tebeo autobiográfico de gran sensibilidad y mayor calado emocional

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