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Crítica de Ondina, un amor para siempre

Según la mitología griega las ondinas, o undinas, eran seres mágicos, algunos dicen que hadas, cuyo cuerpo tenía partes de mujer y partes de pez que habitaban en ríos, lagos y demás entornos subacuáticos. En otras culturas también se las conoce como nereidas o, claro, sirenas e independientemente de sus rasgos particulares siempre comparten una característica común más allá del hábitat marino: su inefable belleza. Tal es la misma que en ciertas tradiciones las ondinas ofrecen un único desenlace para todo aquel amante que haya caído en sus redes: una muerte inevitable.

Sirva esto como contexto para enmarcar la nueva película del realizador alemán Christian Petzold, la primera en varios años que no transcurre en un tiempo pretérito y la segunda, tras En tránsito, que cuenta con Paula Beer y Franz Rogowski como pareja protagonista. Lo interesante, o quizá lo delicado de su propuesta, es lo viscoso de sus planteamientos conceptuales: no es fácil discernir hasta dónde alcanza la ambición del autor. Cuánto nos quiere contar, cuánto pretende sugerir y cuánto tiene por contar y sugerir.

Hasta qué punto lo que he escrito en el primer párrafo es determinante en la composición del personaje central homónimo de Ondina, un amor para siempre -cuánto de auténtica ondina tiene Undine- y hasta dónde alcanza en el tema subrepticio y el mensaje final de la película termina dependiendo quizá más del espectador y su voluntad (o fe) por indagar en los pliegues alegóricos del asunto. Porque el realizador no habla directamente, en la mayor parte del metraje, sobre cuánto de su película tiene de readaptación moderna del mito y cuánto de historia cotidiana con simples escapes metafóricos. Dicho de otro modo: quien venga muy dispuesto entenderá esto como una historia abiertamente fantástica, un cuento contemporáneo que explica el mito con poco disimulo. Quien por lo contrario quiera quedarse en tierra percibirá un drama romántico con fugas surrealistas, o quizá una especie de tragicomedia tintada de realismo mágico que no cae en manierismos ni cursiladas. Una indefinición que no me parece especialmente buena ni mala. Ni siquiera vaga, ni perezosa.

Al contrario, es parte de una gran declaración de intenciones en una película donde lo mundano es escurridizo y lo fantástico es terrenal. Donde se encuentran, como en el mito, el amor y la muerte en un mismo escenario dual: ese Berlín contemporáneo, urbano, y esta especie de plano existencial más etéreo, propio del romanticismo más literario. Resulta un acercamiento bonito, interesante y estimulante que huye de maximalismos expositivos. Que pretende, y logra, transmitir épica y grandeza mediante la cotidianidad melodramática de un personaje femenino fascinante, tanto por lo que muestra como por lo que, creo y quiero pensar, esconde. Y que conjuga otro gran encuentro, el del presente (lo cotidiano) con el pasado (lo mitológico) ya desde la propia ocupación de la protagonista, quien ejerce de guía explicando a los turistas la relevancia histórica de Berlín mediante una gran maqueta de la ciudad: Undine ejerce de una especie de ser superior, ajeno al tiempo, que contempla a la vez el hoy y el ayer, la contemporaneidad y la Historia.

Sin embargo si con la literalidad en mano nos ponemos a escarbar en el mensaje la cosa se pone un poco más delicada. Cada uno extraerá de la película el que más le convenza. Y si nos quedamos en la fatalidad mitológica la cosa no descarrilará. Pero en sus molduras formales, obviando los continuos resortes de lo fantástico (iconografía marina, planos subacuáticos casi oníricos, casualidades poéticas muy intencionadas), y en su parte narrativa más superficial esto es sencillamente un drama cotidiano semiurbano sobre una mujer con problemas sentimentales. Su novio, bastante capullo, la deja. Ella se enamora de otro, un tipo amable y dedicado. El anterior sigue estando presente. Ella se arrepiente de errores. Suplica por el amor y se atormenta. Al final, su personaje termina apoyándose en su necesidad por recibir amor masculino. Y si ese es el caso, yikes.

Obviando esa posible interpretación, la misteriosa indefinición de Petzold es algo a celebrar. Sólo enriquece la propuesta ese juego de sugerencias relacionadas con el ideal romántico. Con la fatalidad del destino. Con la libertad, que parece que al fin y al cabo hay también bastante de eso en el guión de Ondina, un amor para siempre. Quizá, y con eso me quedo, sobre específicamente la libertad de narrar una historia que no parece deberse a nada ni a nadie. Un cuento que se puede tomar o dejar. Que si se deja no creo que vaya a suponer ninguna pérdida significativa para quien pueda no interesarse de entrada por este tipo de historias. Pero que si se toma recompensa con una interpretación muy sólida y carismática (la de Pauline Beer), un guión interesante, bien construido y contado y un apartado formal engañosamente sencillo, en verdad sugerente y arriesgado. Un raro caso de película que da mucho ofreciendo muy poco al mismo tiempo.

Trailer de Ondina, un amor para siempre

Reseña de Ondina, un amor para siempre
  • Xavi Roldan
4

Ondina en pocas palabras

Se mantiene el alemán Christian Petzold en sus constantes autorales a pesar de que sus planteamientos generales puedan sugerir un giro: su nueva película es más contenida y minimalista que las anteriores, pero igual de interesante.

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