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Crítica de Onward

Nadando aún en el éxito del no-demasiado-merecido-pero-bueno Oscar por Toy Story 4, y a la espera de que llegue la llamada a ser nueva joya del estudio (Soul), Pixar estrena un poco por lo bajini Onward, que vendría a engrosar ese listado de títulos ¿menores? como The Good Dinosaur o Coco. Películas puente en las que no se aprecia el esfuerzo habitual por maquillar la fórmula, sin que por ello se le reste demasiado brillo al resultado final habida cuenta de un buen puñado de contrapesos de lo más significativos.

Como ocurriera con la saga Cars, una vez más se nos fuerza a mezclar la realidad más cotidiana, humana, con un universo completamente fabuloso: coches que hablan en una, y ogros, magos y dragones en la otra, con una familia afectada por la tragedia en su epicentro. Dos hermanos elfos perdieron a su padre hace mucho (tanto que uno de ellos ni siquiera lo llegó a conocer) y a la mínima que encuentran una posible fórmula para hacer que regrese, se lanzan a por ella. Aunque ello suponga embarcarse en una gesta llena de puzles, maldiciones, cuevas con trampas mortales… o incluso cambiar la mentalidad de un mundo otrora mágico, pero en la actualidad acomodado en las nuevas tecnologías. Porque en Onward los Elfos chatean desde sus iPhones, las hadas se cansan menos yendo en moto que volando, los dragones sirven de mascotas, y posadas para héroes en busca de reposo han sido reconvertidas a restaurantes de comida rápida.

Todo ello se traduce en un universo voluntariamente… feo. Pixar, a la que puede, nos recuerda lo mucho que mola la imaginación, y lo mucho que nos la hemos ido cargando conforme evolucionábamos (recordad la parte humana de Wall-e). Quizá Onward sea el mayor exponente hasta la fecha de todo ello. Además, ojo, de ser también el mejor muestrario de su excelencia técnica. La película de Dan Scanlon desfigura la magia de un pegaso alado colocando en pantalla una caravana cochambrosa de segunda mano; la épica de contemplar un dragón gigantesco es contrarrestada por un graffiti de tres al cuarto. Pero todo ello lo hace con un impresionante alarde técnico. Es fea porque quiere, porque es su razón de ser. Pero a su vez es visualmente increíble.

Esa demostración técnica, sólo equiparable a la obra inmediatamente anterior del estudio, le sienta como anillo al dedo a una trama que sacrifica, quizá, matices emocionales, en pos de un ritmo trepidante y agotador. Literalmente, pasa de todo en esta magnífica aventura con reminiscencias a Dragones y mazmorras o El señor de los anillos. Menos matices, pero sin renunciar a la profundidad. Los valores de Onward están ahí, son potentes y están muy bien tratados: como cabía esperar, es una película que se acaba tornando emotiva tras un recorrido que en ningún momento pretende tomar por tonto al espectador. Sus personajes, pese a antojarse manidos como pocos, tardan poco en generar empatía. La fórmula, lo decía al principio, es súper evidente. Pero consciente de su condición de divertimento, de título menor en comparación a los grandes de Pixar, Onward, prefiere no engañar a nadie y hacérselo pasar pipa al respetable. Y vaya si lo consigue.

Trailer de Onward

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

Trepidante y desenfadado título menor de Pixar, de impresionante factura técnica y cuya pérdida en sesudez se compensa en forma de divertimento total.

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