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Crítica de Otra ronda

No sé qué ha pretendido Thomas Vinterberg con su Otra ronda. El danés ha hecho una película con su ya de sobras conocida mano para el cine: tanto da que tuerza hacia el dogma como a ejercicios de estilo más rutinarios, el de Celebración y La caza sabe escribir y dirigir. Y para la ocasión se ha reunido otra vez con Mads Mikkelsen, actor que también ha dado infinitas muestras de sus dotes interpretativas. Vamos, que Otra ronda está muy bien, había pocas dudas al respecto.

Pero vamos a lo que interesa. Lo que ha hecho que se convierta en la película-sensación de la temporada es una temática coqueta como poco. Su argumento se centra en un grupo de profesores aburguesados y acomodados, hastiados de sus rutinas y todo menos motivados, deciden llevar a cabo un experimento: el de llevar siempre un determinado porcentaje de alcohol en vena en horario laboral. Y ya de paso a ver qué tal si se aplica en la vida personal. Y ya de paso vamos a probar niveles de alcohol más altos y sssseguro q-que la ccosha funcionah os quiero mucccchhhooh. Otra ronda es, en definitiva, una oda al alcohol que todo lo cura, al «te tomas un chupito y ya verás que te relajas», a esa copita de vino al día. De la misma manera que es una escalada hacia la adicción. Pero una adicción que se retrata, al menos de entrada, sin preocuparse demasiado por moralejas o remordimientos.

Semejante experimento es plasmado a las mil maravillas mediante un montaje ágil y que separa cada test del experimento en cuestión con un corte a negro, conforme este va precipitándose. Con una cámara que, al igual que sus protagonistas, mantiene la compostura pero se la nota vibrante y vigorosa, como contenida y con ganas de desmelenarse. Y por un reparto increíblemente creíble, valga la aliteración, pese a haberse mantenido estrictamente sobrio en todo momento. El truco, dicen, es haberse grabado mientras pillaban una turca del carajo semanas antes de empezar, y estudiar sus movimientos y expresiones para emularlas frente al director. Pues chapeau.

Con todo de cara, he aquí la duda que no consigo resolver: unos compases finales timoratos y proclives al melodrama, a la señalización con el dedo y, en definitiva, ahora sí abrazando de todas todas moraleja y remordimiento. Se veía oliendo el tufillo a mensajito, claro, pero había cierta esperanza en que Otra ronda se hubiese mantenido firme en su oda a la borrachera. Si se tira de ese hilo, la película baja enteros por mucho que justamente a esa borrachera sin prejuicios ni dolores de cabeza (que esos ya vendrán mañana) es a lo que remite en un epílogo festivo, divertido, con el puntillo. Quién sabe, a lo mejor Vinterberg en esos pasajes simplemente estaba haciendo referencia a ese momento de lucidez que sobreviene en algún momento de la cogorza, en el que te planteas parar, evitar la resaca de la mañana siguiente… justo antes de que suene la siguiente canción, empiece el siguiente baile, llegue la siguiente ronda. Suerte que estos momentos duren lo que tarda alguien en decir «¿Otra ronda?»… pero empañan la velada. Mejor quedarse con los recuerdos más memorables. Los que logremos conservar, claro.

Trailer de Otra ronda

Otra ronda: el alcohol lo soluciona todo, o casi.
  • Carlos Giacomelli
3.5

Crítica de Otra ronda

Thomas Vinterberg y Mads Mikkelsen se reúnen para una oda a la cogorza que funciona a las mil maravillas mientras consigue mantener a raya sus ansias de adoctrinamiento.

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