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Crítica de El palacio ideal

Un documental, un drama de pacotilla y una fallida miniserie después, por fin ha llegado el momento de que Nils Tavernier demuestre que no está detrás de una cámara por el apellido. El palacio ideal parte de la historia real del megaedificio que construyó cartero Ferdinand Cheval con sus propias manos, compaginándolo con su trabajo de cartero, y ajeno incluso a cierto evento mundial que acaeció a principios de 1900. 33 años tardó en alzar la obra, reconocida como uno de los mejores exponentes de la arquitectura naïve (y deudora de Gaudí por cierto). Y de este punto de partida enarbola Tarvernier un drama histórico, romántico y costumbrista a la vez. Cargado de mensajes y lecturas, por lo general buenistas y alentadoras, pero sin pasarse nunca de frenada en lo que a pastoso se refiere. Una película madura, quizá lejos aún de la excelencia, pero con suficientes valores para poder vislumbrar a un cineasta con algo que contar. Por fin.

Como el edificio al que hace referencia, que parte del total desconocimiento de cuestiones arquitectónicas, El palacio ideal no es perfecta, su desarrollo no es uniforme. Algunos mensajes cuajan mejor que otros, alguna de sus subtramas suena más a palo en las ruedas que a motor. De hecho, se requiere de cierta paciencia para acabar de entrar en ella, e incluso despierta, conforme se presenta a sus personajes, ecos poco halagüeños de Amélie. Sin embargo, poco a poco las aguas se van encauzando y los sentimientos van calando al tiempo que sus protagonistas ganan en humanidad. Y ello, mientras el castillo se convierte ora en deseo, ora en superación, obsesión ciega, cabo ardiente, luz de esperanza ante la (tremebunda) adversidad… Tarvernier juega con el edificio y le va añadiendo significados y alegorías. Y que cada cual se quede con la que prefiera, pero de mientras, El palacio ideal ha ido hilvanando un discurso precioso sobre las relaciones paternofiliales: la de cosas que hacen los padres por sus hijos sin que estos le encuentren aparente sentido; el respeto que los hijos guardan hacia los primeros, aunque no lo hagan evidente.

Al final, sí, la trama se mueve en torno al palacio ideal, pero en realidad habla del ser humano, de sus filias y fobias y la fina línea que separa el hobby con la obsesión y la vampirización; de las relaciones que nos hacen, pese a todo, humanos. De cómo crecemos, más allá del mero apartado físico. Elementos más que de sobra para compensar una corrección formal que raya en lo impersonal (es preciosa de ver, pero a veces se echa en falta más atrevimiento tras la cámara), o una banda sonora que supone la única concesión real al exceso peliculero. Y eso que no he citado en ningún momento a su estupenda dupla protagonista, Laetitia Casta, y, sobre todo, un excelso Jacques Gamblin.

No sé, a lo mejor El palacio ideal es una película de mecha corta, y que no vaya a marcar hito alguno en la filmografía francesa. Pero es una de aquellas propuestas deliciosas que, pese a sus pasajes dramáticos, le acaban reconfortando a uno el ánimo. Entre eso, y descubrir al fin que el hijo de Bertrand Tavernier merece sentarse tras una cámara, a mí ya me tiene ganado.

Trailer de El palacio ideal

Reseña de El palacio ideal
  • Carlos Giacomelli
3.5

En pocas palabras

Encantadora historia sobre la vida y el ser humano, con sus momentos de luz y oscuridad. Cocinada a fuego lento pero con suficientes elementos como para hacerse emocionante y sentida, en especial gracias a su pareja protagonista.

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