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Primavera en Beechwood critica

Crítica de Primavera en Beechwood

1. La inspiración viene cuando viene. 2. Las pérdidas humanas que genera una guerra no hay Dios que las compense. Dos cuestiones de índole diversa pero fuerza pareja para justificar, por separado, una película, se sitúan en una balanza perfectamente equidistante con la que juegan Eva Husson (directora) y Alice Birch (guionista) para adaptar la novela El domingo de las madres de Graham Swift (y que es, justamente, el título original inglés de la propuesta: Mothering Sunday). Es domingo y se celebra el día de las madres, pero la Primera Guerra Mundial ha acabado recientemente y las heridas a su paso tienen difícil cura. Lo que no quita que las tradiciones se mantengan: lo que queda de las familias sigue quedado para conmemorar dicho día, quedando en parques y por tanto dejando casas vacías que, por ejemplo, puedan usar amantes para encontrarse cuando nadie les ve. Caso de una criada y un joven de familia bien, que se ha librado de la guerra y, ahora, se busca una excusa para qurdarse en casa mientras el resto de su familia acude a la cita. Con el lugar entero para ellos, viven un romance intenso del que cuesta apartar la mirada… pero del que Primavera en Beechwood salta a otra época para presentarnos a una escritora. La que, a todas luces, está escribiendo la historia de esos amantes.

Con un montaje fresco (y francamente atinado) el primer tercio de la película es un juego al despiste: sus saltos en el tiempo, a una historia y a otra, o a los diversos escenarios en lo que se van dando los acontecimientos, van dando forma a un animal de dos cabezas que, conforme evoluciona, va mostrando nexos de unión entre ambas. Nexos que coquetean con el metalenguaje al tiempo que plantean dudas y van sembrando semillas en el espectador para que haga florecer sus propias explicaciones. De manera que, por mucho que de entrada Primavera en Beechwood pueda parecer un drama de época al uso, a la hora de la verdad hay una clara voluntad por salirse de los cánones. Su arrolladora personalidad se traduce también en un canto a la naturalidad y la desnudez, como si procediera a, directamente, una quema de los corsés del género. Así, el encuentro de la pareja fluye con credibilidad y realismo, gracias entrega absoluta de unos actores (maravillosos Odessa Young y Josh O’Connor, por cierto) que encuentran química de inmediato mientras sus alter egos disfrutan de sus respectivos cuerpos. Y qué fuerza después, cuando ella deambula como dios la trajo al mundo por una mansión enorme, de las que normalmente es poco menos que una esclava, empoderándose de todo lo que la rodea. Ayuda a todo ello una dirección exquisita, que saca el máximo partido de todas las armas que tiene a su poder, a saber: intérpretes (súmense al reparto los nombres de, muy secundarios eso sí, Olivia Colman y Colin Firth) y un lujo de escenarios, vestuario y banda sonora.

Con todo a su favor, sin embargo, Primavera en Beechwood va perdiendo fuelle conforme pasan los minutos. Cierta indecisión en el tono la distancian de un espectador que resuelve todos los entuertos antes de que lo haga la cinta, previendo también sus acontecimientos. Durante varios minutos, además, peca de redundante, apagando los intensos fuegos que generaban tanto la belleza de su puesta en escena, como ese canto a la pasión libre y sin tapujos ni maquillajes. Queda la cosa tan fría, de hecho, que cuando el reverso dramático de la propuesta por fin se adueña del cotarro, cuando el punto 1 y el 2 confluyen en un último tercio a priori de intensidad por encima del resto, de tan perfectamente balanceadas que están en todo momento, sus fuerzas se anulan casi por completo. Lástima, porque queda todo en un si te he visto no me acuerdo, cuando apuntaba a peliculón con todas sus letras.

Trailer de Primavera en Beechwood

Primavera en Beechwood: un sin más que debía haber sido más
  • Carlos Giacomelli
3

Por qué ver Primavera en Beechwood

Un drama de época que esconde sus cartas con habilidad y propone una historia sentida y emocionante. Al menos, durante dos de sus tercios. Poco a poco, sin embargo, su llama se va apagando hasta quedar en una propuesta correcta y poco más.

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