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Crítica de Proyecto Lázaro (Realive)

Quizá sea cosa mía, que exijo demasiado. Quizá tenga razón quien me dice que me relaje y trate de disfrutar de las películas que veo sin pensar demasiado en ellas. No lo sé, pero sí sé que de momento seguiré siendo exigente (que uno es muy aries), en especial si la propuesta que me toque consumir venga con pretensiones. Exigente hasta cierto punto, ojo, que tampoco creo que sea nada del otro mundo: quiero que una propuesta con ínfulas me alimente, quiero que quien dirige y/o escribe, se arriesgue, en especial si ese cineasta viene con la etiqueta de «el mejor del cine español» en la categoría que corresponda. Ese artista, porque eso es lo que es, tendría que encontrar cualquier hueco, puerta entreabierta o pasarela hacia el riesgo que le permitiera una escena, y meterse de cabeza, en lugar de mantener su senda por los raíles de la vía fácil. Porque sólo así se perdura, en esto del arte. Claro que por otra parte, el piloto automático garantiza el aplauso a corto plazo de una platea. Pero en serio: ¿a eso es a lo único a lo que debe aspirar uno de los teóricos máximos representantes de un país, una industria, o lo que sea?

Como me niego a pensar eso, me niego a aceptar que el único recurso al que pueda acudir Mateo Gil para meterse en la ciencia ficción y las distopías con este Proyecto Lázaro, sea un discurso sobre la criogenización básico, manido, y que a lo sumo eche la típica perorata anti experimentación científica, y santas pascuas. Me niego a creer que lo único que pueda hacer sea un melodrama a base de recortes y parches vistos en mil y una ocasiones, limitado a la historia de un chico de 2015 que despierta en 2085 y recuerda su vida pasada. Y sobre todo, rechazo tajantemente que el único recurso para expresar sentimientos sea el abuso demencial de la voz en off. Todo eso, sumado a violines y a reparto de lágrima fácil, sirve para que algunos saquen cuatro pañuelos durante el visionado, pero ¿qué queda? ¿Qué perdura?

Que luego haya una serie de decisiones discutibles a otros niveles sólo ensancha la herida: que el personaje sea un ricachón, joven de éxito entre start ups o similar, al que se le diagnostica un cáncer incurable (falta la manzanita), puede no generar la empatía necesaria con el público; recurrir a una estructura por capítulos (fundido a negro y título sobre impreso en cada caso), puede ser otro impedimento más para el correcto transcurso del film; y buscar un ejercicio de estilo de manera tan evidente, puede generar más rechazo que adeptos. Males menores en cualquier otro escenario, pero aquí no son sino la estocada definitiva de un film tan pretencioso como hueco, tan esforzado como básico… Tan resultón como totalmente olvidable. O quizá sea yo, que pido peras al olmo. Hey, al menos, Oona Chaplin está estupenda.

 

Trailer de Proyecto Lázaro

 

 

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
2

En pocas palabras

Una película tan pretenciosa como caduca. Mateo Gil se pasa de frenada con su ambicioso proyecto… totalmente olvidable.

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