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Crítica de El puente de los espías (Bridge of Spies)

Con una libertad creativa propia ya de los genios o los todopoderosos (en este caso hay bastante de cada) Steven Spielberg sigue alternando a su aire impecables blockbusters hipercomerciales con ejercicios de, podríamos (mal)llamarlo así, cine serio. En este segundo grupo de propuestas, el realizador da rienda suelta a sus preocupaciones historicistas y, poco a poco, va incidiendo en algunos de los episodios clave de la historia Europea del siglo XX -desde La lista de Schindler se han sucedido Salvar al soldado Ryan, Munich o Caballo de batalla– y algunos de los escenarios que han ido forjando la actual América –El color púrpura, Amistad, Lincoln-. Y sin embargo aún no había tocado de pleno otra serie de acontecimientos capitales: los que conformaron la Guerra Fría y que terminaron desembocando en la separación de Alemania con el levantamiento del Muro de Berlín. Una de las historias que se dieran en ese contexto ha sido rescatada por Matt Charman y los hermanos Coen para dar forma a un guión que efectivamente pedía a gritos a alguien como Spielberg para llevarlo a buen puerto. Y, afortunadamente, así ha sido. Porque hay algo en la historia de estos James Donovan y Rudolf Abel que no habría terminado de cuajar en los enfoques que se están dando recientemente al cine de espionaje, basados en una estilización divertida pero algo vacua (Operación U.N.C.L.E.) o en el rescate de las viejas formas tensas pero distanciadas del cine de los 70 (El topo).

Nada más lejos del resultado final. El puente de los espías es un drama judicial y un melodrama de espionaje que remite en forma y fondo al Hollywood clásico. Empieza de ese modo, como una película de juicios en la que, a finales de los 50 y en plena crisis, debe decidirse el destino final de un espía ruso asentado en suelo americano y que ha sido finalmente capturado por la CIA. Para probar la ecuanimidad (falsa) de su sistema jurídico la justicia estadounidense encarga al mejor de los abogados la defensa del agente soviético; un letrado noble, padre de familia, que cree más en los derechos universales que en las circunstancias particulares. Entra en escena el tal Donovan, un caballero sin espada que, como un Atticus Finch, como el Henry Fonda de 12 hombres sin piedad, defiende una causa perdida, un enemigo declarado del Estado bajo cuyo color político se esconde… una persona humana. Un hombre amenazado por una ley basada no en la justicia sino en el estampado de su bandera. Pronto las circunstancias cambiarán y la acción se desplazará hacia un nuevo escenario, más tenso, más crispado y más propio de las novelas clásicas de espionaje. Momento en el que Spielberg encuentra un lugar más cómodo aún como realizador y empieza a celebrar mejor el sentido de movimiento, de suspense y de tensión que han caracterizado tanto su cine.

La película toma más peso y cada vez se asienta mejor en su absoluto -y perfecto- clasicismo formal. No estamos en un terreno de radicalidad autoral -a pesar de que yo mismo defiendo a su director como un autor puro-, ni tampoco en un lugar donde nadie parezca asumir demasiados riesgos artísticos. Pero a cambio, el equipo que hace posible El puente de los espías asegura y afianza una película que parece querer ofrecer lo mejor posible en cada una de sus vertientes: Tom Hanks está mejor que en los últimos quince años y los secundarios saben cuándo y cómo emocionar -especialmente un espléndido y hierático Mark Rylance/Rudolf Abel-. Janusz Kaminski, ya sinónimo de cierto cine de Spielberg, borda una fotografía atmosférica, cortante y fría pero rica, expresionista, perfecta. Thomas Newman compone una partitura preciosa a la que sólo se le puede tachar a ratos de un tanto oportunista. La ambientación, el vestuario, todo es de una enorme elegancia. Y, yendo de nuevo un paso atrás, todo está sustentado por un guión eléctrico, emocionante, de tono serio pero no grave, lleno de pequeños momentos memorables y recorrido por un suave espíritu cómico que se engarza a las mil maravillas con la vena dramática del conflicto general. Un libreto rematado, eso sí, por un epílogo bastante meloso, casi innecesario.

Y sí, por supuesto, esta es una película reconfortante y familiar, que anda por terreno seguro y no deja nada suelto, al azar o a la opinión del espectador. Un espectáculo que está pensado para gustar a todos y para cosechar todos los galardones posibles en las entregas de premios más o menos mainstream. En pocas palabras, diseñado para gustar y convencer. Pero es que, a día de hoy, ¿es posible encontrar alguien que diseñe mejor y convenza más con este tipo de espectáculos que Steven Spielberg?

 

Trailer de El puente de los espías

 

 

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
  • Carlos Giacomelli
3.8

En pocas palabras

Fiel a su estilo, Spielberg vuelve a analizar parte de la historia reciente del mundo (y de los EEUU, claro) con un gran thriller judicial y de espionaje.

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4 comentarios en “Crítica de El puente de los espías (Bridge of Spies)”

  1. Gracias, Marchelo!
    Títulos de peso para ir despidiendo el año de una forma más que digna.

    Un saludo

  2. Pues yo me dejo seducir con facilidad por Spielberg, la última, Licoln la recuerdo muy clásica y solemne pero algo aburrida. Ésta en cambio, toca temas que tal vez a mi me resulten más cercanos y más interesantes, o simplemente es que es mejor. Tom Hanks está genial, haciendo de tipo que no se toma así mismo muy en serio y el resto muy bien. Siempre resulta reconfortante escuchar algo de alemán y ruso en el cine.

    Saludos

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