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Crítica de ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?

Kutaisi es una ciudad georgiana que se cuenta entre las continuamente habitadas más antiguas de la historia. Por tanto, una ciudad con mil y un historias. Como que tiene un equipo llamado Torpedo que alguna vez logró la hazaña de asomar la cabeza por la Champions. Como que sus ritmos vitales se han visto afectados por la guerra entre Georgia y Rusia, sin que por ello su población haya perdido la esperanza de seguir para delante. Como que los perros quedan para ver el fútbol aunque vayan a un bar u otro, según sus respectivas tradiciones. Kutaisi tiene su propio tempo, es una ciudad con un halo de fábula, de magia. Por eso, ocurren también historias como la de un chico y una chica que tienen un flechazo, en un encuentro fortuito, y se dan cita en un bar al día siguiente para dar comienzo al que, a todas luces, será un precioso cuento de amor. Pero durante la noche sus rostros cambian, así que son incapaces de reconocerse. Ahora bien, aun por separado ambos atan sus vidas al bar en que habían quedado, tratando de emprender sus nuevas vidas ante la imposibilidad de recuperar sus anteriores. A medio camino entre el romance y el fresco social con un toque mágico, arranca así la película de Alexandre Koberidze, un ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? que es poco menos que un epopéyico cuento de hadas de 150 minutazos tan agotadores como embriagadores.

De este monumental metraje no hay escena, plano alguno que no sea una carta abierta de amor al cine y al hecho de contar historias. Koberidze se descubre como un verdadero orfebre y sume al espectador rápidamente en sus brumas de fantasía y magia, entrando y saliendo de un plano casi documentarista a uno mucho más bucólico en el que ocurre lo más impensable sin que desentone. Escenas terrenales se esfuman (literalmente: sólo hay que ver sus primeras escenas a la salida de un colegio) para dar paso al quimérico entramado, al tiempo que la banda sonora nos invita a soñar con arpas y melodías voluntariamente sencillas. La banda sonora, pero también la propia película: su puntual voz en off nos llega incluso a pedir que cerremos los ojos durante unos instantes para que el paso al plano ilusorio ya sea irremediable. Y eso, un sueño, es precisamente lo que busca el director desde lo formal, con un apabullante ejercicio de estilo y estilos. Como confesión amorosa al séptimo arte, además de esa mezcla de realidad y fantasía, ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? mezcla formas: libre y variante, la película incluye voces en off aquí y allá, así como textos sobreimpresos con citas o instrucciones de uso (!); planos largos y estáticos, montajes casi videocliperos, ralentíes o zooms voluntariamente kitsch. Homenajes al cine mudo, tanto como al realismo italiano.

¿Machambrat imposible? Nada más lejos. Ya digo que ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? es una propuesta que parece volar libre, pero que a su vez se rige por sus propias normas, de las que una vez establecidas, no se salta ni una coma. El resultado es un fresco formal tan variopinto como sumamente lógico y consecuente. Ya lo decía antes: nada desentona. En cambio, lo que sí hace es posibilitar infinidad de pasajes sencillamente preciosos. Desde la suntuosidad de su cámara, los caprichos de sus planos detalle o su fotografía ocasionalmente barroca, obtiene una miríada de momentos de una fuerza brutal. Pasajes en que la ciudad se detiene porque hay partido; en que la imagen de proyector apuntada a nada en particular da formas fantasmagóricas a las estatuillas irrisorias de un parque. Hasta que un libro caiga al suelo, una pelota de fútbol salga volando o un piano de madera cascada se cierre, se tornan en poco menos que explosiones para los sentidos.

Si acaso, el mayor problema de semejante tour de force formal y sensorial es que más de una vez Alexandre Koberidze se recrea demasiado, y el ritmo se resiente. Por más que le dé vueltas, no soy capaz de dar con nada a lo que dar tijeretazo, ya que todo plano es una obra de arte en sí mismo y toda subtrama que va apareciendo acaba implicada en la trama principal (o, por lo menos, en el marco social que dibuja). Pero sí es cierto que las dos horas y media que dura, densas como ellas solas, se atragantan cuando una nueva pirueta audiovisual deja el desarrollo del argumento, otra vez, en segundo plano. Hasta el punto de que lo que se nos prometía como una película romántica acaba funcionando mucho mejor como retrato social costumbrista de Kutaisi.

En fin, cuestión de tener un poco de paciencia. Si se dispone de ella, las alegrías que proporciona ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? son muchas. En forma de fábula moderna en un marco potente que se antoja tan vibrante como aún en vías de sanación post-bélica. De película que pone en jaque las miras del espectador, con un planteamiento tanto formal como narrativo (sobre todo lo segundo), que le cuestiona directamente sus límites. De una carta abierta de amor al hecho de hacer cine por gusto, entendiéndolo como arte. Y por su constante generación de momentos, destellos, piececillas tan bellas que le calientan a uno por dentro. Merece la pena el esfuerzo.

Trailer de ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?

¿Qué vemos cuando miramos al cielo? - el cine es magia
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué ver ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?

Monumental, agotadora pero sumamente satisfactoria fábula de amor y costumbrismo georgiano con la que Koberidze escribe una de las más bonitas cartas de amor al cine. Y es que, por encima de todo, ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? es una experiencia cinematográfica preciosa.

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