ralph rompe internet critica

Crítica de Ralph rompe Internet (Ralph Breaks the Internet)

Se apagan las luces y poco antes de que empiece el show la pantalla nos escupe su habitual ráfaga de trailers. De los seis o siete que desfilan en batería no se cuenta ni uno sólo (literalmente) que pertenezca a una idea inédita. Sólo vemos anuncios de secuelas, reboots o reimaginaciones. Más específicamente la mitad de ellos pertenecen a Disney: El regreso de Mary Poppins y las futuras traducciones a imagen real de Dumbo y Aladdin. Esto es, reinicios de franquicias y secuelas de éxitos pretéritos más que probados. Toda una paradoja que ello sirva de preludio a una película como Ralph rompe Internet que, aun en su propia condición de secuela, resulta especialmente subversiva hacia toda la maquinaria Disney. De hecho cierta secuencia memorable refleja cómo las recientes macro-fusiones empresariales (las absorciones de Marvel Entertainment o LucasFilm) sólo han acrecentado su condición de monstruo del entretenimiento sin escrúpulos. Una voluntad de transgresión que se extiende, en realidad, hacia todo el núcleo temático de la película: las relaciones interpersonales en la era de Internet.

Ralph y Vanellope se enfrentan a un nuevo mundo alejado de la seguridad de sus tradicionales máquinas recreativas, universos cerrados en los que no permea el cambio, ni la evolución. Llega Internet a sus vidas y con él se abre un universo de posibilidades tan vasto como enloquecedor. Y aquí empieza la fiesta. Ralph rompe Internet dispara dardos envenenados a una velocidad vertiginosa. Hacia nuestros propios comportamientos online, hacia las políticas comerciales caníbales a las que estamos expuestos en la red, hacia la desesperada búsqueda de atención de programadores con pocos escrúpulos y la exposición a software maliciosos. El circo ciberespacial que propone está lleno de nombres corporativos y sí, transita la fina línea entre la parodia y la publicidad encubierta, pero en el fondo plantea un espacio muy parecido al real, esquizofrénico e hiperbólico en sus posicionamientos y, en general, abducido por todo lo que es colateral, transitorio e irrelevante. Con ello la película reflexiona entorno a nuestra personalidad virtual, nuestra dependencia y nuestros comportamientos volátiles y caprichosos en redes sociales… y la facilidad con la que uno puede pasar de no ser nadie a convertirse en héroe del ciberespacio y de ahí quedar reducido a un meme olvidado antes de que maúlle un gatito.

Y sí, insisto en que aquí hay voluntad autocrítica. Porque la película articula, en su mejor y más tronchante secuencia, una divertida auto-puya con el ojo puesto en la representación, en este caso la femenina. Un ajuste de cuentas necesario -aunque me temo que no suficiente- hacia casi nueve décadas de princesas Disney nacidas en el seno de un modelo casposo, reaccionario y esencialmente patriarcal. Rich Moore y Phil Johnston, máximos responsables creativos, insertan en su mofa corporativa (una decena de princesas reunidas en el crossover definitivo) esa semilla de la reivindicación feminista más allá de la sumisión a unos estándares caducos o a unos protagonistas masculinos con mayor hondura dramática. Ese entramado narrativo que ha estado en el subconsciente pop intergeneracional y que, finalmente, podría empezar a ser puesto a examen gracias, también, a una pareja de mujeres cuya mayor ambición no es ser conquistadas sino convertirse en las mejores pilotos de videojuego.

Y es que Ralph rompe Internet es, además de todo, una película obviamente muy arraigada al fenómeno gamer. Sus creadores han entendido que no sólo de referencias vive el jugador medio y en este caso prescinden muchísimo de los guiños directos -apenas insertan cameos- y van al core de los asuntos más polémicos que sobrevuelan el mundo de los videojuegos hoy día: las cajas de loot (botines conseguidos a cambio de micropagos), los llamados “juegos como servicio” (obras en continua expansión dedicadas a la fidelización prolongada del usuario) y el fomento, desde ciertos frentes del juego online, de la adicción entre adolescentes. El choque entre los juegos destinados al público interesado y los “casuales” (simples y basados en la navegación por Internet) no se salda con un ganador, pero sí pone de relevancia que el tapiz videolúdico actual no puede ser sometido a lecturas reduccionistas. Y que en el fondo el jugador actual ya no obedece a una única tipología ni responde a un determinado tipo de objetivos.

Todo ello convive obviamente, aun no sin cierta crispación tonal, con la vocación familiar del producto: el público infantil difícilmente entenderá algo de lo que ocurre realmente en una película que cumple, en cualquier caso, como aventura colorida y emocionante con el telón de fondo de la amistad entre dos personajes innegablemente entrañables. En este sentido a nivel de estructura de guión Ralph rompe Internet responde a unos esquemas más o menos reconocibles y hace un buen trabajo presentando a varios nuevos personajes interesantes y algunos escenarios excitantes, como esa Shank, absoluta imperator ultracarismática del desolador Slaughter Race. Por su parte desde un punto de vista técnico y artístico resulta competente e imaginativa, veloz, llena de gags visuales y buenas ideas de diseño.

A pesar de todo, termina perviviendo una lectura ácida de la sociedad tecnificada que está en las antípodas de lo que propone un producto con un discurso similar entorno a los avances en tecnología de la comunicación: la sobreinflamada Black Mirror. Ralph rompe Internet se muestra mucho más honesta e interesante que la pretenciosa regañina cuasitecnófoba de Charlie Brooker porque nos anima a reflexionar, pero también a abrazar la evolución de manera natural. Sin dejar de autocuestionarnos, pero aceptando un cambio de paradigma inevitable. Al respecto el desenlace de la película y de la relación entre sus dos protagonistas está cargado de un tremendo sentido común y coherencia: el mundo cambia a velocidades agigantadas. Adaptarnos a él no tiene por qué obligarnos a desprendernos de nuestros principios y nuestro bagaje emocional. Lo único que nos pide Ralph rompe Internet es análisis crítico. Sólo eso, y todo eso.

 

Trailer de Ralph rompe Internet

 

 

Valoración de La Casa
  • John Blutarsky
4

En pocas palabras

La secuela de la ya notable Rompe Ralph supera lo planteado por su predecesora subiendo las apuestas en su exploración de la cultura digital pop y, especialmente, en su visión ácida de la vida en la Red

Sending
User Review
0 (0 votes)
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *