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Crítica de La reina de los lagartos

El tándem creativo Burnin’ Percebes sigue a lo suyo. Dos cineastas de Barcelona que experimentan, bromean, innovan y toman el pelo a partes iguales. O quizá sólo lo último, yo qué sé. Tienen un blogspot, un Vimeo y un perfil en Filmin, por lo que de un modo u otro se acaba teniendo alcance a su variopinta filmografía, cuando ésta no da el do de pecho, claro. Cosa que ha ocurrido con La reina de los lagartos, que tras su paso por el festival D’A y el de Sevilla, recibe el premio de un estreno en salas, y olé las narices de Elamedia por llevarla a la gran pantalla.

Olé, porque vaya una marcianada se traen: Bruna Cusí y Javier Botet son los protagonistas de esta, digamos, comedia romántica. Y hasta aquí todo normal, si bien el ojo avizor ya habrá caído en la cuenta de que Botet, cuando no hace de zombie claro está, suele rondar movidas chanantes o similar. El invento consta de 63 minutos rodados en super 8. Que también puede pasar como capricho artístico muy a la orden del día indie. Y… el género es la ciencia ficción. Y aquí ya puede ir saltando alguna alarma. Una obertura bastante surrealista ya pone toda la carne en el asador con una suerte de distopía imposible y descacharrante, mezclada con un encuadre eterno de la protagonista con cara de (incomprensible aún para el espectador) circunstancia. Lo segundo ya lo entenderemos; lo primero, un gag surrealista que marca el tono que vendrá a continuación.

Y es que La reina de los lagartos no abandona, desde entonces, una socarrona voluntad de retar al espectador a base de humor absurdo, gags alargados en medio de una trama marciana que tiene descolocado al respetable, que caen en gracia sólo si se les sigue el juego… Como si fuera fácil: lo mismo se puede tildar a los Burnin’ Percebes de transgresores y revolucionarios, que de pedantes aburridos sin nada que contar y mucho de lo que sudar olímpicamente. Porque el super 8 no hacía falta, la escena del pene no hacía falta, algunos diálogos que empiezan a dar vueltas sobre sí mismos no hacían falta (fruto de las limitaciones del formato, pero corregibles en la sala de montaje). La obertura puede considerarse épica como ridícula. Y los límites de la paciencia, por mucho que la película dure tan sólo una hora, se los marca cada cual por su cuenta. Pero a los Percebes se la trae al fresquísimo. Ni los actores parecen tener demasiado claro dónde se han metido, por mucho que acaben convenciendo (en especial Bruna Cusí, claro).

En fin, que no nos queda otra: o bien aceptamos las normas y nos tiramos de cabeza a este lodazal a caballo entre Muchachada Nui, Vigalondo y un esperpéntico expediente X… o salimos de la sala antes de que acabe la «obertura» y exigimos que se nos devuelva el dinero. La reina de los lagartos no admite medias tintas, pero cierto es que la intentona lo vale. Porque sí es transgresora, o cuanto menos sumamente diferente a lo acostumbrado. Y pese a sus innegables fallos, puede considerarse un logro. Y pese a su exceso de caprichos, cautivadora. Sólo hay que entrar, tirar de cierta predisposición, y ser consciente de que si lo «Nui», el bajo presupuesto y la hipsteria no interesan, va a ser absurdo intentarlo siquiera. Ahora, si te va este rollito, estás de suerte: puedes haber encontrado tu peli de culto del año de la pandemia.

Charla con Burnin’ Percebes y Bruna Cusí sobre La reina de los lagartos

Reseña de La reina de los lagartos
  • Carlos Giacomelli
3.5

Por qué ver, o huir de, La reina de los lagartos

Broma relamida de gracia cuestionable, o revolución cinematográfica, entre ambos polos navega esta marciana comedia romántica rodada en super 8 y que, desde luego, no se parece demasiado a nada que hayamos visto antes en dicho género.

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