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Crítica de Rocketman

Las comparaciones son odiosas. Pero también es cierto que la ocasión la pintan calva, y que con el estreno de Rocketman, apenas unos meses después de haberlo hecho Bohemian Rhapsody, se devuelve el sentido común al cine. Y se le da una pequeña colleja a quienes defendían el biopic del malogrado cantante Queen. Porque el que ahora nos ocupa, de Elton John, es exactamente lo mismo, pero completamente distinto: es el seguimiento de los años clave en la carrera del cantante, y recorre por tanto la misma senda. Jovencito con talento, ascenso a la fama, la soledad que esta conlleva, la vampirización de su condición de artista… no faltan drogas ni homosexualidad, tabúes que romper, y reimaginación bastante sui generis de cómo creó alguna de sus canciones. ¿La diferencia? Que mientras aquella no era más que un crowd pleaser, inocente y anodino para no ofender ni a una piedra, la que ahora nos ocupa intenta ser, por encima de todo, Película. Y por tanto, tiene una historia que contar, una forma de hacerlo, y unos riesgos que tomar. Y no se corta demasiado, la verdad.

De entrada, nos damos de bruces con la realidad: Elton John es alcohólico, drogadicto, bulímico, shopalcoholic… las tiene todas, vaya. Y tal cual lo expresa, sin ataques de pánico a represalia. Lo que son las cosas: por la inquisición de Queen tuvo que pasar el biopic de Freddy, mientras que la que ahora nos ocupa la produce el propio Elton John. A partir de aquí, cartas sobre la mesa. Rocketman va a querer indagar de manera mucho más cercana en las luces tanto como en las sombras, siendo más una película sobre el conflicto de un ser humano que el ejercicio de lameculismo de turno. Empezamos bien.

Pero ojo, que el riesgo va más allá: para tan delicado argumento, Dexter Fletcher disfraza a su Rocketman con infinidad de vestimentas, siendo cómica y dramática, realista y bucólica, contenida y loca, dramatización y musical. Las canciones de Elton John forman a veces parte del argumento, pero en otras lo conducen, con espectáculos musicales tan camp como la socarrona personalidad que esconde en verdad la película. Al espectador no le queda otra: formar parte de la fiesta, dejarse embriagar por esta película en la que jamás se sabe qué es real y qué es sueño, ensoñación, alucinación, o mero vehículo para la música. Y esto es lo que, justamente, requieren los biopics. El cambio, la apuesta por lo diferente. Algo que, alegría, esta vez sí se ha entendido.

Por el contrario, tampoco es que la película sea la perfección personificada. Hay altibajos, propios de una trama que nos sabemos de memoria con independencia de saber nada de Elton John. Pero la película intenta luchar contra ellos, y en general logra sobreponerse. Por vía de un inesperado exabrupto de petardeo (alguna de sus secuencias más exageradas es definitivamente la exaltación del exceso). Por vía de una vitalidad contagiosa. Por vía de un Taron Egerton que ríete tú de Rami Malek y su piñata postiza: alocado y contenido, sobreactuado y cercano… perfecto como Elton John, en definitiva, siendo un rol bastante más complejo de lo que podría aparentar.

Vamos, que Rocketman divierte, emociona, incomoda e invita a la fiesta de uno de los músicos más relevantes de la historia reciente, al margen de que lo entendamos o no. Logra transmitir las sensaciones de empezar a ser alguien, la ilusión por el estrellato y la oscuridad que se esconde tras él. Yo nunca he entendido el éxito del cantante de Don’t Go Breaking My Heart, la verdad. Pero demonios, lo que me ha calado su versión cinematográfica, cosa que Freddy Mercury no consiguió ni por asomo.

 

Trailer de Rocketman

 

 

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

Así sí es como deberían hacerse todos los biopics. Con ganas de ofrecer algo distinto, con voluntad por evitar en medida de lo posible los lugares comunes, y sin miedo a tirar de las orejas a su protagonista. Y divirtiendo al respetable.

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