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Crítica de Rubber

Si supiéramos que va a estrenarse, ya tendríamos frase lapidaria para esta crítica: Rubber es la bizarrada de la temporada. Pero como de momento no tenemos muy claro si va a salir del circuito festivalero, habrá que ser más prudente y quedarnos con un extraña película, esta Rubber. Y estupenda, también.

Uno se enfrenta a ella con aquella explicación simple que nos vendieron, que rezaba algo así como que Rubber es una película cuyo protagonista es un neumático asesino. Pero hombre, que detrás hay más, no fastidien.

Queda claro desde que se presenta el prólogo. Un tipo vestido de sheriff sale de un coche que ha derribado varias sillas expuestas, en medio del desierto, vacía un vaso de agua y rompe el cuarto muro hablando directamente a la cámara. ¿Extraño? A eso va: el hombre cuenta, con sus ejemplos incluidos, que el acto de creación (cinematográfica en este caso) es tan libre como la voluntad de poder explicar unos sucesos de forma gratuita, sin necesidad de comprometerse con una lógica concreta. Vamos, que en las películas las cosas pueden ocurrir porque sí, y uno no tiene por qué querer buscarle más chicha al asunto.

Poco después veremos cómo un grupo de personas, espectadores, son los receptores de tan extraño discurso. Cómo reciben unos prismáticos y cómo se disponen a ver la historia que va a suceder. Sí, hombre, esa del neumático.

Metalingüismo a lo directo.

Rubber el neumático (interpretado por Robert el neumático) cobra vida sin ningún tipo de explicación -recordad lo que acabo de contar- y se convierte ante nuestros ojos en una criatura recién nacida; somos testigos del milagro de la vida. No sé, como un cervatillo que debe aprender a tenerse en pie, a andar y a moverse y que al poco tendrá su primer contacto con sus propias capacidades destructivas y, claro, su primer encuentro con la muerte. En diez minutos, Rubber pasa de ser el cervatillo a ser el niño cabrón con una lupa y un nido atiborrado de hormigas. Y luego, en fin, lo lógico, a ser el monstruo telekinético que hace estallar las cabezas de los humanos que se le ponen a tiro.

Pero cuidado, que Rubber es humano. Bueno, casi. Más concretamente es un hillbilly asesino que disfruta ensañándose con chachas de motel de carretera y viendo las carreras de Nascar por la tele. Pura basura blanca. Pero en negro asfalto. Lo que convierte a Rubber-película, igual se me va la mano, en un auténtico híbrido de american gothic, western y road movie (esto último literal). En la peli de asesinos redneck y personajes 100% americanos más estrambótica del momento.

Pero no sólo. Quentin Dupieux, el friki detrás del invento, nos regala de paso una metaficción al límite. Decide que lo suyo es tocar los cojones al público y de entrada lo representa en ese grupo de elementos caprichosos, exigentes e imbéciles, los espectadores de los que hablaba al principio. Y luego los convierte en animales, en zombis romerianos y les hace una mala pasada a costa de si mismos y mediante un pavo a l’ast. Sentíos insultados si queréis.

Eso para empezar. Pero es que luego Dupieux se posiciona como autor, como auténtico creador y nos regala hora y pico de tedio, de repetición, de vacío argumental redundante y deliberadamente monótono. Por la cara. Porque a él le da la gana, que para eso él se ha inventado a Rubber.

Y si a Dupieux (anteriormente conocido como mr. Oizo ¿os acordáis?) le da la gana repetir una secuencia entera, la repite. Y si quiere alargar lo indecible su epílogo -al más puro estilo exploit terrorífico, hay que decir- pues lo hace. Que el espectador siempre está a tiempo de abandonar la sala por su propio pie y mandar la puta rueda a zurrir mierdas. De todos modos Dupieux se va a lavar las manos poniendo de manifiesto sus propias carencias a través de cierto personaje (¡en esta secuencia no está pasando nada!).

A un servidor le pareció divertidísima. Tanto como escuchar el cuadruple de los Flaming Lips. O Flat Beat. O sea, un suplicio, pero de los que se disfrutan.

 

Trailer de Rubber. No tiene desperdicio

 

 

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
  • Carlos Giacomelli
3.5

En pocas palabras

Una bizarrada como pocas, de aquellas que pueden caer del saco de los mitos de culto como del rechazo más absoluto. Un suplicio… condenadamente disfrutable.

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