el sacrificio de un ciervo sagrado

Crítica de El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer)

Cada vez se hace más difícil hablar de Yoryos Lanthimos, pues a cada propuesta nueva que nos hace llegar, da una vuelta de tuerca más a su único, inclasificable mundo cinematográfico. O más bien, aplica una nueva lente grotesca a su ya de por sí deforme prisma desde el que retrata (o mediante el que entiende) a la sociedad que lo rodea. El sacrificio de un ciervo sagrado, además, es quizá la más jodida de todas hasta la fecha: en ella, ya no sólo se ha llegado a niveles de incomunicación y podredumbre casi de esperpento; es que además, el argumento se aleja de surrealismos o ciencia ficciones, se reduce a la mínima expresión… y por tanto, se extrapola a cada uno de nosotros, espectadores. Si en Canino o en Alps era fácil escurrir el bulto ante semejante aluvión de ideas nuevas; si en Langosta primaba el interés por saber cómo iba a concluir el periplo de Colin Farrell y compañía, aquí no hay escapatoria salvo por puntuales pinceladas de locura. No, aquí toca hacerse reflexiones, propuestas por el griego con claridad cristalina, sobre un concepto tan sencillo de entender como complejo de asimilar. Al final, esto va sobre la culpa, y el reconocimiento, o no, de la misma.

Nada más desvelaré de una película que arranca con el habitual marco de una familia que se habla pero no se habla. De un médico que tiene amigos pero no. De un mundo que parece funcionar por piloto automático, sin importar si realmente se trate de una maquinaria sana o viciada. Hasta que un elemento disruptivo hace acto de presencia y, poco a poco, va alejando a los protagonistas del film de ese entorno de tediosa seguridad y confort en el que estaban enfrascados. Con su habitual excelencia formal, Lanthimos transmite todos y cada uno de los sentimientos a tratar, con acierto y sin miramientos: cuando toca aburrir al personal, lo aburre; cuando toca remover sus gónadas, lo hace. El espectador evoluciona tal y como lo hacen Farrell y Kidman (y niños varios), estableciendo un baremo de incomodidad elevado desde el primer minuto (esa operación a corazón abierto que abre el film) para luego recuperar una calma chicha tediosa, sí, pero extraña, desasosegante, irreal. Somos conscientes en todo momento de que algo puede ocurrir en cualquier momento (como lo somos en la vida real), y si hubiera algún despistado en platea, la banda sonora se encarga de rematar la faena. Y al final, haciendo a veces más de Haneke que de sí mismo, Lanthimos acaba consiguiendo lo que esperaba: sumirnos en una pesadilla que nada tiene de gore, nada de grandes twists o sustos. Pero que surge de lo más profundo de cada uno de nosotros.

La gran clave del éxito de El sacrificio de un ciervo sagrado pasa, pues, por hablar de tú a tú con el espectador, por meterle en un mundo que le es totalmente alejado (desde los diálogos imposibles al elitismo extremo de la familia protagonista, nada tendría que hacernos simpatizar con nada), una locura granguiñolesca, pero hacerlo desde el más básico y reconocible de los subconscientes. Claro, a nosotros nos toca entrar en el juego; no sobran elementos que descontextualizados podrían sonar a pitorreo. Pero ahí vuelve a entrar en juego la gran habilidad del cineasta griego por la locura, la normalidad. Y por volvernos un poquito más locos dos horas después de haber entrado en la sala.

 

 

 

Valoración de La Casa
  • Capi Spaulding
  • John Blutarsky
3.5

En pocas palabras

Una nueva muestra de la habilidad de Giorgios Lanthimos por agarrarnos del pescuezo y llevarnos por donde él quiera. Dan igual los actores, los presupuestos, o las ambiciones. Esta, como Canino, sabe perfectamente como dar en la diana y dejarnos con los sesos exprimidos.

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