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Crítica de Scandinavian Silence

El cine está para jugar con él. Por lo que si para su segunda película tras las cámaras, Martti Helde quiere jugar a ser Kurosawa para un drama a caballo entre los Coen y Bergman, sólo podemos alegrarnos. Y si de paso se pone a explorar los límites del lenguaje cinematográfico, con una película que enfrenta diálogos con el cine mudo, ya…

Scandinavian Silence es una suerte de experimento, de estudio sobre el cine. Miedo: normalmente estas cosas acaban siendo subproductos que no deberían haber ido más allá de una práctica de final de carrera. Pero Helde lo lleva a cabo de manera plenamente consciente y hasta la última consecuencia, sin miedo a que, con ello, el cómputo global pueda quedar en entredicho.

Y me explico: la película plantea un encuentro de dos personas con un pasado (bastante turbulento, por cierto) del que el espectador va recogiendo piezas, a lo Rashomon, por vía de sendos puntos de vista. Para que el invento tenga sentido, teniendo en cuenta sus limitaciones autoimpuestas (una persona recoge a otra con su coche y hablan del pasado), Helde se saca de la chistera un juego de diálogos rotos y silencios que dicen más que palabras. Contraste sonido-silencio que se remarca a nivel visual con una imagen en blanco y negro donde los árboles más oscuros chocan contra el critalino brillo de la nieve. Y que cada cuál decida qué lado de la balanza, palabras o miradas, blancos o negros, pesa más.

Pero decía que a Scandinavian Silence no le parece importar demasiado el resultado final, en pos de cumplir con sus propias reglas hasta la última consecuencia. Y cierto es que si bien el experimento sea loable, su estructura empieza a hacerse previsible antes de lo debido, lastrando puntualmente el interés del espectador al poder, este, anticiparse a ella con facilidad. Pero esto ocurre por mantenerse rigurosamente fiel a sí misma, por lo que es lícito. Gajes del oficio, oyes.

Con todo, que duda cabe, las sensaciones generales son de notable. Elegante, sobria, contenida y con espacios de sobra para que el espectador reflexione y entre en el juego, Scandinavian Silence supone un estimulante ejercicio cinematográfico dispuesto a confirmar que, a veces, los silencios importan más que las palabras. Casi tanto como la necesidad de dar espacio a una historia para que crezca de manera orgánica, empleando la estructura que se quiera. Y ya dejándonos de perogrulladas: al final consigue ser de gran impacto emocional, y eso también suma.

Trailer de Scandinavian Silence

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
3.5

En pocas palabras

Estimulante ejercicio cinematográfico que remarca silencios y juega con las posibles estructuras de un guion, logrando un drama que, si bien se vea algo condicionado por todo ello, acabe cuajando y de qué manera.

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