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Crítica de Space Jam: Nuevas leyendas

En el cine todo vuelve. Primero lo hacen las cosas que tienen cierta excusa para ello: sagas de antaño, películas que requerían una revisión… pero llegará un punto en que estos títulos se acabarán, y que para mantener en activo la estrategia, habrá que forzar los retornos. Caso de Space Jam: Nuevas leyendas. ¿Necesidad para volver? Ninguna, literalmente: historia cerrada, protagonista principal que ya no está en activo, tecnología que no tiene fecha de caducidad por su condición totalmente anacrónica, y acogida de la crítica negativa, por decirlo con suavidad. Pero el dinero llama al dinero. Warner Bros anda necesitada de nuevos iconos produce-muñecos en un mundo en el que Disney amenaza con hacerse con el monopolio absoluto de Toys ‘R’ Us. Y qué mejor que tirar de archivo y petar en el universo Space Jam, que mezcla uno de los deportes más seguidos en EEUU con la fábrica interminable de juguetes que son los Looney Tunes. Claro, el resultado es el que cabía esperar. Y es que cuando no hay ninguna otra excusa que justifique la existencia de una película, más allá de su merchandising, se nota.

Es verdad que no todo es un desastre, ni mucho menos. De hecho, lo mejor que se puede decir de Space Jam: Nuevas leyendas es que se deja ver: uno entra en la sala acompañado de los más pequeños, se sienta en la butaca y no se queda dormido a las primeras de cambio. Pero su mayor problema es la total falta de miras, de objetivos, de chicha. De algo, en definitiva, que la haga perdurar en el recuerdo. Si se echa la vista atrás, sí, es probable que los críticos tuvieran razón y que la primera entrega fuese un estropicio cinematográfico. Pero se hizo inolvidable, a la vista está (pasad por cualquier tienda de ropa: de Tommy Hilfiger a Primark, todas tienen una colección basada en la película). Porque ante todo, buena o mala, era película. Nuevas leyendas es un escaparate. Un escaparate consciente de serlo, y por lo tanto sumamente vistoso. Pero escaparate, a fin de cuentas.

Más que una trama, con lo que nos encontramos es con una excusa para que la Warner Bros. nos recuerde todas las sagas y mitos cinematográfico que tiene en su haber. Pasados y futuros, que por ahí pululan tanto los pósters de Matrix 4 o Aquaman 2, como los guiños a Casablanca o Gremlins. Un algoritmo de los estudios está planificando el próximo boom, y decide que tiene que pivotar en la figura de LeBron James. El jugador no está del todo de acuerdo con la propuesta (la misma que vimos en El congreso), así que le raptan a su hijo, y tendrá que ganar un partido de basket contra las máquinas si quiere recuperarlo. Para ello debe hacerse con un equipo, y en lo que piensa James es en los seres más potentes de la Warner: de Super Man y Batman a King Kong o Harry Potter. Ah, pero al primero que recluta, un poco de chiripa, es a Bugs Bunny, que tiene otra idea en mente. Así que ambos personajes van saltando de mundo en mundo en una concatenación que no descansará hasta que claudiquemos y digamos que sí, que vale, que el catálogo de los estudios es acojonante. Y al César lo que le corresponde: algunos chistes y cameos tienen mucha gracia. Insisto, una vitrina espectacular.

Seguimos con la trama más canónica que pueda uno echarse a la cara y pasamos por entrenamientos de despiporre, arcos de personajes como poco cogidos con pinzas, y el inevitable partido final, que es todo un alarde tecnológico, y una excusa para que sigamos apreciando cuán grande es el universo Warner: entre el público hay tantos, TANTOS cameos, que es imposible detener la mirada en lo que ocurre realmente en pantalla. Pero, ¿es imposible, o es que realmente, no nos interesa demasiado? Y ahí el problema: habrá chistes aquí y allá que tengan gracia, escenas espectaculares y un LeBron tan incapacitado para la actuación como sorprendentemente carismático. Pero no cuaja, no trasciende ni entre los más pequeños: en la sala, todo momento de desarrollo de la trama ajeno a pirotecnias, se traducía en niños haciendo ruiditos o hablando con sus acompañantes, con total desinterés. Ni el malo (Don Cheadle) es demasiado épico, ni lo que pasa es demasiado trascendental (lo mismo está mucho mejor contado en Los Mitchell contra las máquinas)… ni es que esté demasiado bien contado. ¿El culpable? Un guión torpe que de buenas a primeras expone masticadito quién es quién y cuáles son sus planes, que después ni siquiera hilvana una historia con demasiado sentido, y no consigue generar empatía más que en un par de ocasiones, más esforzado por dar cabida a todos los cameos que por dar coherencia y humanidad al asunto. O una dirección sin un solo plano esforzado. O un montaje que confunde precipitación con épica.

No, definitivamente Space Jam: Nuevas leyendas no ha salido bien. Va a ser olvidada a la mínima que se renueven los escaparates de las tiendas de juguetes, y no me extrañaría que se colara entre los Razzies. Pero tampoco es justo darle semejantes palos, pues de la misma manera en que Audrey Hepburn se quedaba maravillada contemplando el escaparate de Tiffany, nos quedamos nosotros ante el de Warner Bros. La película es vistosa y juguetona, autoconsciente (de ser malilla) y totalmente inofensiva. Es un entretenimiento sin mayores pretensiones, capaz de generar por lo menos tres risotadas. Y por otra parte, siendo sinceros, no creo que quien acuda a verla se espere un nuevo Casablanca, ¿no?

Trailer de Space Jam: A New Legacy

Space Jam: Nuevas leyendas. Pirotecnia hueca.
  • Carlos Giacomelli
2

Por qué ver (pese a todo) Space Jam: Nuevas leyendas

La secuela/reinvención que nadie pidió y nadie se paró a pensar bien, se traduce en un burdo escaparate de sagas de la Warner Bros. sin demasiado atino, pero (parece) consciente de ello. Así que permite un entretenimiento espectacular pero hueco, divertido pero sin alma… disfrutable pero olvidable.

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