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Crítica de Spider-Man: Lejos de casa

¿Qué ocurre en una de las productoras cinematográficas más poderosas del planeta justo después de empaquetar un producto tan exhaustivo, climático y definitivo como lo fue la doble coda vengadora marvelita, culminación de todo su universo cinematográfico y, casi podríamos decir, del blockbuster contemporáneo? La Casa de las Ideas no habría sido capaz de superar en épica, en trascendencia y espesura dramática su binomio cósmico, y el follow up invitaba a salirse por la tangente de la ligereza: con la desaparición de Iron Man marcando la agenda popular Peter Parker/Spider-Man debía asumir una tremenda carga personal y profesional, sí, pero sus aventuras nunca podían perder esa urgencia juvenil y frescura urbana que siempre ha caracterizado al personaje. Y así ha sido. Spider-Man: Lejos de casa, la sucesora de Homecoming vuelve a apostar por un cine juvenil que apunta tiempos pasados sin caer en los habituales clichés de los homenajes estériles y, en esta ocasión, parte de una premisa de por sí irresistiblemente simpática: un tour europeo.

Como si de la familia de Chevy Chase o de, qué sé yo, Astérix y Obélix se tratara, Peter y su clase se van a visitar el viejo continente. Y los rincones de Venecia, Praga o Londres va a ser escenario obvio del despliegue catastrófico de batallas elefantiásicas, claro, pero también de una serie de subtramas de corte cómico y romántico indiscutiblemente divertidas. ¿Nuevas? Para nada. Tampoco sorprendentes. Pero sí de lo más agradables: hay mucha voluntad por parte de los guionistas Chris McKenna y Erik Sommers y el director Jon Watts de apelar a la parte humana de la historia dando vueltas entorno a las cuitas adolescentes de Peter y MJ y de sus colegas Ned, Flash y compañía. Por pocos riesgos que se corran y por tanta sensación de entornos (dramáticos) controlados resulta encomiable, casi valiente, destinar tal minutaje al desarrollo de personajes frente a los set-pieces de acción -impersonales pero estupendamente rodados y coreografiados- que van salpimentando la trama y que, al final, nunca resultan ser gratuitos. Así, esto tiene tanto de “segunda fase en la construcción del héroe” como de sencilla romcom adolescente y de aventura lejanamente bondiana, regado todo de grandes dosis de comedia en la línea patentada por la Marvel más festiva: ligera, inocua, blanca, felizmente tontorrona, ingeniosamente simpática.

Donde sí hace acto de presencia la genuina sorpresa es en la nueva incorporación al universo arácnido, ese Mysterio que me hace entrar directamente en el terreno del spoiler (avisados estáis; quien quiera seguir virgen de información que salte hasta el siguiente párrafo): lejos de ser un malvado de manual Mysterio desarrolla aquello que ya se ensayó con el Mandarín en Iron Man 3. Representa un villano apegado al mundo contemporáneo, uno que no desea controlar armamento o dinero sino información. Que no tiene más poder por sí mismo -no deja de ser un mindundi con un equipo de ayudantes anodino- que el que él mismo se otorga. Este Mysterio es una incursión de Marvel directa, indismulada y atrevida en el pantanoso terreno de las fake news y la postverdad. Colocar un villano que hace de su relato particular una realidad aceptada, que representa esta nueva tendencia en un mundo digital tan globalizado, un tipo que incluso viste como un actor frente a una pantalla verde de chroma es, directamente, un giro brillante. Una constatación de que el mejor cine de superhéroes no es aquel que genera reproducciones de los mitos clásicos sino que usa y moldea esos mitos para arrojarnos a la cara verdades sobre nuestro propio presente. Al final, si la película no se resiente de tanto giro es porque quiere transmitirnos precisamente eso: la sensación de inseguridad en una sociedad en la que ya no podemos creernos nada, o donde tenemos que luchar porque lo aparente no termine comiéndole el terreno a lo genuino. Porque el constructo no suplante la verdad. De algún modo Spider-Man: Lejos de casa es una de las películas más políticas que ha estrenado Marvel hasta la fecha.

Bien. Prometo no destripar nada más hasta el final de esta crítica.

De nuevo, retomo, el innegable triunfo de Watts y sus guionistas radica en cómo saben encontrar un equilibrio perfecto entre la gravedad y la más absoluta frivolidad. Entre el desarrollo del personaje de Peter, sus responsabilidades adquiridas y los nuevos paradigmas de sus estatus superheroico con el payasismo de los secundarios y del propio Tom Holland, ya perfectamente ajustado a un protagonista con el que, en perfecta simbiosis actor/personaje se retroalimenta constantemente. Porque como comentaba más arriba Marvel ya tiene el pulso pillado a sus personajes, ha construido un tapiz que va más allá de sus despliegues tecnológicos y que se sustenta en lo emocional en una serie de subtramas edificadas sobre las interrelaciones de los personajes, en este caso más intrascendentes y torponas (May y Happy) o más profundas y emotivas: Peter y Tony Stark. En este sentido, la película contiene una de las escenas más genuinamente emocionantes que ha dado el cine de superhéroes recientes, esa que incluye cierto tema “de Led Zeppelin” (sic) y una mirada elocuente de Happy.

En su nueva iteración arácnida, pues, Marvel no convertirá a los escépticos y reconfortará a los convencidos. Pero sin bajarnos de la lógica del blockbuster si este Lejos de casa, como su propio protagonista, debe portar con dignidad una antorcha heredada, podemos estar tranquilos: ojalá todas las superproducciones multimillonarias veraniegas fueran tan carismáticas y honestas como esta.

Trailer de Spider-Man: Lejos de casa

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
4

En pocas palabras

Marvel cierra su Fase Tres de manera inteligente: sin intentar subir las apuestas en cuanto a cataclismos cósmicos e intentando, en cambio, resultar entretenida, contenida, simpática y efectiva. Vaya si lo consigue.

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