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Crítica de Summer Camp

No pienso quitarle ni un ápice de razón a quien diga que Summer Camp es una mierda. Pero sí querré escuchar sus argumentos para entenderlos y/o debatirlos, o para directamente pasar de su cara y cambiar de conversador. Porque si nos ponemos en plan grave, el debut en la dirección de Alberto Marini es una basura: si lo comparamos con las virguerías narrativas que Orson Welles se sacaba de la chistera con su cámara, la nueva propuesta de género de la Filmax es de Razzie inmediato; y obviamente, Andrés Velencoso no es Humphrey Bogart. Bien, correcto, más razón que un santo, pero por lo que a mí respecta ya te puedes ir tan ricamente a leer Cahiers du Cinéma, que aquí no se trata de hablar de las bondades clásicas del cine como arte, sino de valorar una producción hecha por y para un consumidor cinematográfico que quizá no haya visto en la vida Ciudadno Kane, o sí lo haya hecho, pero tenga la suficiente sangre fría como para tratar de amoldarse a cada película y público al que se dirige. Con ese espectador es con quien me gustará hablar si, aun así, le ha parecido un desastre Summer Camp. Queridos amantes del Séptimo Arte (con mayúsculas), dejad de leer desde ya. Deseosos de querer evadirse durante un rato sin mayores pretensiones que consumir palomitas lo más rápido posible, y pegarse algún que otro susto, bienvenidos. El cine también es esto, y eso es algo que Marini, Balagueró (productor) y compañía saben muy bien.

Tanto, como para proponer el enésimo thriller con infectados de la temporada, y aun así salir airosos de la temeraria empresa que, ojo, arranca con cuatro jóvenes acudiendo a una masía en medio del bosque en que pocas horas va a convertirse en un campamento de verano para unos treinta niños. Cliché por el que empieza el 95% de los slashers desde que el tiempo es tiempo, y que continúa con una presencia amenazante rondando por el lugar. Sobre el papel, toca esperarse lo peor de lo peor, pero hete aquí la inteligencia de Marini (guionista de la que nos ocupa, pero también de Mientras duermes, por ejemplo): a base de giros argumentales, o más bien saltos de un género a otro, su Summer Camp coquetea con el slasher y los infectados por igual, permitiéndole jugar las cartas de ambas variantes de terror, e incluso aproximarse a sus respectivos lugares comunes desde una posición ventajosa al tener la seguridad de poder cambiar de tercio a la mínima que se encalle. Sabiendo leer a la perfección pros y contras de un bosque, unos hogareños chungos, un caserón antiguo y una cobertura que brilla por su ausencia; demostrando entender a su público al avanzarse casi siempre a él; confirmando un amor por el cine de terror creado a base del consumo de todos los ejemplos de que haya dispuesto a lo largo de su vida, el cineasta se permite incluso dar una vuelta a los clichés de turno, buscar salidas distintas capaces de otorgar (¡a estas alturas!) una frescura renovada a la chica guapa pero tonta, el tronco en forma de punta afilada, o el escapémonos subiendo las escaleras que dan al piso de arriba, que es más seguro.

Ese plus de originalidad, sumado a la despreocupación generalizada (esto es cine de entretenimiento y punto) consigue dar con la complicidad de la platea, rápidamente contagiada del montaje ágil y ritmo frenético de un film de menos de hora y media de duración, obligado por tanto a pisar el acelerador desde el primer minuto. Marini no se detiene en el desarrollo de los personajes más de lo necesario, porque sabe que al público esas pérdidas de tiempo no le gustan. Como sabe que debe dosificar golpes de efecto, intercalarlos con toques de humor parido de la violencia explícita y el gilipollismo de quienes pululan en pantalla, y consigue que la balanza sea perfecta. Summer Camp es juguetona, deliciosamente macarra y voluntariamente hortera en su concepto. Son los elementos de siempre, pero administrados como los aficionados del género queremos que se administren.

Luego, por supuesto, se le puede echar en cara una dirección impersonal, unas interpretaciones como mucho correctas, o un guion parco en subtexto. Lástima, el espectador que en 2015 aún no sepa situar a cada película en su contexto y tratar de disfrutarlas desde ese prisma adaptado, va a ser un infeliz siempre que acuda a la proyección de cualquier propuesta mínimamente mainstream. Valorándola por lo que es, Summer Camp cumple sobradamente, descubriéndose como un caramelo delicioso, una propuesta consciente y consecuente consigo misma, hábil juego de referencias y homenajes (casi paródicos a veces) que tan sólo baja el listón durante unos instantes, ubicados en su clímax para su mayor desgracia. Por lo demás, 80 y pocos minutos de jolgorio de obligado visionado para todos los que se han curtido a base de Viernes 13 y Zombi.

 

Trailer de Summer Camp

 

 

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
3

En pocas palabras

Quien quiera una sana ración de cine de terror de serie B con alma de exploit, encontrará en Summer Camp una excelente respuesta. No engaña a nadie, y bien que hace.

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2 comentarios en “Crítica de Summer Camp”

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