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Crítica de Taxi Teherán

Jafar Panahi fue detenido por primera vez en 2009. Desde entonces, el influyente cineasta iraní, uno de los más críticos con el régimen persa, ha ido entrando y saliendo de la cárcel.

Lejos de amedrentarse y aceptar su condición de perseguido político o escapar del país, Panahi ha ido encontrando maneras de seguir haciendo cine, de manera oculta y con medios muy escasos.

En 2011 hizo Esto no es una película, donde denunciaba los malos tratos recibidos en prisión y hacía un réquiem por el cine iraní. En 2013 ganó el premio al mejor guion en el festival de cine de Berlín gracias a Closed Curtain, una metáfora sobre su situación personal y una crítica punzante al gobierno de su país.

Dos años después Panahi, que sigue en arresto domiciliario, presenta su última obra, Taxi Teherán, a medio camino entre el documental, el falso documental y la ficción, y que le ha servido para ganar el Oso de Oro al mejor largometraje en el pasado festival de Berlín.

Alguien decía que la falta de medios agudiza el ingenio. Como ejemplo de ello, el director iraní hace algo que, si bien no es del todo original (es inevitable pensar en Noche en la Tierra de Jim Jarmusch), sí que presenta elementos que hacen de Taxi Teherán una película realmente interesante.

No es sólo una obra de neorrealismo sobre el Teherán y sus gentes en la actualidad; ni una crítica sutil y muy inteligente sobre las condiciones de vida bajo el régimen y no es tampoco exclusivamente una denuncia de la situación extrema que vive Panahi. Es todo ello y mucho más, es realmente una gran película por sí sola, una tragicomedia que lo tiene todo para convertirse en una obra de culto tanto en Irán como en el resto del mundo.

El director, siempre con una sonrisa, conduce un taxi por las calles de Teherán mientras graba con una cámara colocada en el salpicadero a sus clientes. La cámara, por razones obvias, no abandona nunca el taxi, y el director se sirve de otros medios (una cámara digital, un móvil) como elementos que den dinamismo a la imagen fílmica. Taxi Teherán es un ejemplo de cómo el cine y el arte siempre encuentran un camino, pese a tener todo en contra, de imponerse.

A parte de ser una patada a la férrea censura que padecen los cineastas iranís, Taxi Teherán consigue hacernos reflexionar sobre qué significa hacer cine y las distinciones entre lo real, lo realista y lo ficticio. Todas las microhistorias que componen la película tienen una gran carga de humanidad y profundidad: muestran el cinismo, la impotencia, la maldad y la generosidad, y nos hacen lamentar que un artista del calibre de Jafar Panahi no pueda trabajar con total libertad.

 

Trailer de Taxi Teherán

 

 

Valoración de La Casa
  • Iván Correyero
4

En pocas palabras

Una patada más a la sociedad a cargo de Jafar Panahi, quien sigue respondiendo a las múltiples dificultades con las que se topa con obras maestras.

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