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Crítica de Todo a la vez en todas partes

Si algo acaba saliendo siempre rana cuando de multiversos se trata, es el lidiar con las insaciables expectativas del espectador. Siempre hay quien acaba decepcionado porque se le promete un multiverso de locura, y se le da uno relativamente cuerdo. En todo lo demás, la película puede ser excelente; pero cierto es que el imaginario de tales propuestas suele ser limitado. Bien, pues como si de un «sujétame el cubata» se tratara, los Daniles (Daniel Kwan y Daniel Scheinert) han parido la película que más cerca está, hasta la fecha, de convencer a ese público; y es que si no lo hace, se acerca mucho a dar exactamente lo que se espera de un enésimo multiverso cinematográfico en el que pasa todo, en todas partes, y a la vez. ¿Hazaña imposible? No olvidemos que esta gente fue capaz de agarrar al niño mago por excelencia y convertirlo en una lancha motora (ex)humana, cuya propulsión funcionaba a base de flatulencias. Los Daniels ya desafiaron los límites del cine indie, y de la lógica en general, con Swiss Army Man; y alguna que otra cabeza debieron de volar a los gerifaltes de A24 que, ahora les ha dado carta blanca para otra pirueta más. Una de multiversos que, tras las dos horas y veinte de su visionado, se antoja a ejercicio de alto voltaje cerebral. Porque da lo que promete: todo a la vez. Si esto no convence a los fanáticos (?) de las realidades paralelas, ya no sé. Es que tan agotadora resulta la experiencia de ver Todo a la vez en todas partes… que no queda otra que plantearse volver a verla lo antes posible. Pero ya se sabe eso de la sarna y el gusto.

Agota porque requiere tener el encefalograma siempre bailando, pero no por lo complicado de su trama: esto sólo va de una mujer vulgar y corriente, deprimida y asqueada de la vida a partes iguales, que de repente se encuentra ante la posibilidad de vivir otras vidas. Un «what if» de libro, con el habitual mensajito moralizante de (no tan) fondo, que si get your shit together, que si no estamos tan mal, que diría aquél… En fin, nada excesivamente complejo en su trama, porque lo de menos aquí es el qué, para poder dedicar el 100% del esfuerzo cerebral en el cómo. O lo que es lo mismo: no perderse en ninguno de sus saltos locos, loquísimos. Chaladuras para parar un tren, todas ellas tan gratuitas y sin sentido alguno como para, en su conjunto, cobrar todo el sentido del mundo en este peculiar ecosistema(s) que se generan los Daniels a base de humor grueso, melodrama familiar, artes marciales, comedia infantil y gore, ciencia ficción desquiciada y crítica social. De todo (y a la vez) saltando a ritmo frenético entre planos y realidades trufadas de homenajes y guiños. Hay gags que ni siquiera queda claro que funcionen, pasajes que fuera de esta febril locura cantarían como la almeja… pero no da tiempo a pararse a pensar en ello. Todo vuela que se las pela en Todo a la vez en todas partes, salvo cuando decide tomarse un sonoro respiro, entre los actos segundo y tercero. Y bendita la gracia, es el único momento en que quedan a la vista sus vergüenzas.

Al margen de esos minutos de parón, los Daniels se han sacado de la chistera la mezcla perfecta entre Quentin Dupieux y Marvel. Como suena. Y han puesto en el epicentro de tan estrafalaria mezcla a una Michelle Yeoh candidata a superheroína definitiva, dejando a cualquier otro encapuchado a la altura del betún. Carisma, empatía y unas coreografías que harían palidecer a Jackie Chan para hacer de ella un icono irresistible con una robaplanos de lujo a su lado: una Jamie-Lee Curtis descacharrante. Una imposible maquinaria (prácticamente) perfecta, por así decirlo. Da la sensación de que todo ha salido bien en una locura que parecía ir sin nadie al volante; como si los astros se hubieran alineado milagrosamente al último segundo, para hacer llevar a buen puerto la que en cualquier otro multiverso no hubiera pasado de chorrada para satisfacer a friquis. Pero no, el truco está en que detrás de todo esto hay una conciencia total de lo que se está haciendo. Un objetivo entre ceja y ceja tan claro como para acabar resultando infalible: el de dar lo que se promete. Todo a la vez en todas partes es una gozada de principio a fin. Y la película de superhéroes definitiva.

Trailer de Todo a la vez en todas partes

Todo a la vez en todas partes: el multiverso de la locura
  • Carlos Giacomelli
4

Por qué ver Todo a la vez en todas partes

Enésima película sobre realidades paralelas que, esta vez, sí es el no va más de la locura. 142 minutos frenéticos, divertidos, alocados y exigentes, que harán las delicias de quienes se quedaron con ganas de más en otras alternativas multiversales.

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