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Crítica de Touch Me Not (No me toques)

Levantó ampollas en Berlín. Pústulas que para colmo terminaron reventando en una agria polémica generada al certificarse como gran ganadora del Festival, saliendo por la puerta con sendos galardones bajo el brazo (el Oso de Oro a la mejor película y el premio a la mejor ópera prima, casi nada). Y servidor justificaría la polémica si en ella no hubiera tomado parte ciertos sectores reaccionarios de la crítica: la controversia no puede estar en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta. Hablar abiertamente de sexualidad y enfocar el tema desde prismas que aún pueden incomodar a parte de la población no tiene que ser un problema en pleno 2019. Porque vaya por delante que, sobre el papel, la tesis que plantea Touch Me Not funciona: la sexualidad debe ser libre y desligada de convenciones sociales. Debemos romper los tabúes y respetar a quien se sienta orgulloso de su cuerpo a pesar de salirse de la norma estética.

La cuestión es que la guionista y directora -la rumana Adina Pintilie- plantea esto y lo usa como excusa última para justificar cualquier tipo de enfoque expositivo. Y aquí está el posible problema. Utiliza un formato cuasihíbrido (una ficción presentada como un documental, o un constructo protagonizado por gente real) y pretende hablar con sinceridad sobre cuestiones de identidad, de intimidad, de imagen, de percepción del cuerpo propio y de autolimitaciones. Pero para lograrlo usa herramientas de choque que, paradójicamente, terminan resultando un tanto estériles.

Y es que lo que en 2019 deberíamos empezar a percibir como new normal (temas como la concepción no binaria del género, la inclusión de todo tipo de personas aunque se salgan de lo normativo, la erradicación del shaming de cualquier signo) en realidad aquí se nos presenta como algo incomodante en una maniobra de extrañamiento algo dudosa. Pintilie juega a la desnudez formal casi clínica para transmitir una sinceridad frontal, pero en realidad lo que parece buscar es el shock, remover las conciencias equivocadas. Inquietar, en fin, de la manera menos honrosa: puedo ver dignidad en las personas concretas que desfilan por la película, que son diversas (una transgénero desacomplejada, una mujer con fobia a ser tocada, un hombre con severa atrofia muscular que trata de mantener sexo regularmente). Pero no en la directora. En ella sólo veo postura y ganas de remover a espectadores que gastan ideales chapados a la antigua. Personalmente, no me interesan esos espectadores.

Puede que sea cosa mía, que haya enfocado erróneamente las intenciones de una directora que, en el fondo, esgrime un discurso propio poderoso, se esfuerza muchísimo para contar con la imagen y construye una narrativa -en lo formal- estimulante. Cada plano está cuidado, pensado para transmitir desnudez, violencia, soledad, ternura o sensualidad. Filma los cuerpos como paisajes, juega con la iluminación de forma expresiva y trabaja planificaciones y encuadres sofisticados. Pero insisto en que también parece gustarse mucho a sí misma y el resultado termina siendo autocomplaciente. Porque en ese camino de afectación la autora se olvida de profundizar en los temas de los que trata (también incide, participando ella misma de la propia autoficción, en la condición voyeurista del cineasta) y acaba jugando el papel de observadora que va soltando ideas pero no se acuerda de darles un discurso sólido, ejerciendo más a menudo de simple entomóloga que de cómplice de los seres a los que se supone acompaña en su dolor.

Dicho de otra manera, meter en el mismo saco prácticas BDSM (respetables, pero parafilias al fin y al cabo) con el ejercicio sexual de personajes con atrofias musculares graves (tan necesitados como cualquier persona físicamente sana) me parece o bien una vía de provocación inexplicable o bien una insensatez desnortada: entiendo que de lo que quiere hablar Pintilie es de la dificultad de las relaciones carnales en una sociedad codificada a partir de unos cánones de belleza y sensualidad demasiado rígidos. Pero si se parara a reflexionar en sus personajes como entes individuales y particulares, y no como simples partes de ese todo que es el objeto de estudio que pone bajo su microscopio, el resultado sería más honesto.

Dicho todo esto, ¿es preferible este acercamiento carente de miedo y ataduras sociales a ningún acercamiento en absoluto? Es posible. ¿Hay que reconocerle a la realizadora el arrojo, el compromiso y sus afinadas habilidades escénicas? ¿El apostar por un discurso que en sus planteamientos relacionados con la empatía social, la representación y la inclusión conecta muchísimo con el sentir contemporáneo, especialmente el millennial? También, por supuesto. De la misma manera que puedo comprender que, a nivel estético y temático (que no de enfoque) esto pueda resultar en una experiencia fascinante y a ratos cautivadora, no sé si legítimamente cautivadora o bien como un accidente automovilístico del que cuesta apartar la mirada. Soy capaz de valorar y ponderar todo eso.

Por eso -obviando todas esas voces reaccionarias de las que hablaba- entiendo las reticencias y también las adhesiones que ha generado la película. Pero personalmente la obra se me muestra demasiado hermética y su discurso excesivamente ensimismado como para hacerme partícipe. No puedo decantarme. Touch Me Not es un ente autónomo, para lo bueno y para lo malo. Y o penetro en él y me dejo llevar por su caos -y entonces, una de dos, la alabo de manera insensata o me cago en ella hasta el infinito- o bien me mantengo al margen intentando descifrar más calmadamente si Pintilie es un nombre a tener muy en cuenta o es otra aspirante a directora-escándalo que aún necesita encontrar su brújula creativa. La intuición me pide prudencia.

 

Trailer de Touch Me Not

 

 

Valoración de La Casa
  • Xavi Roldan
2.5

En pocas palabras

La polémica ha acompañado a esta nueva sensación rumana desde que se llevó premios de peso en Berlín. Pero poco puede deshacerse su responsable de esa sombra, especialmente con un enfoque creativo que resulta, cuanto menos, dudoso

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