Suele ser un recurso habitual y bastante manido utilizar el siguiente argumento para ejercer el noble arte de cargarse una película: “Es un insulto hacia la inteligencia del espectador”. O “se dirige al espectador como si tuviera cinco años”. Pues bien, por esta vez, y sin que sirva de precedente, con Transformers 2: La venganza de los caídos estas afirmaciones son acertadas o incluso se quedan cortas. Es más, Transformers 2 no es que sea un insulto a la inteligencia del espectador, es que lo presupone carente de dicha inteligencia, aunque a juzgar por las francas risotadas y campechanas expresiones de placer que se oían por la sala durante la proyección, parece que los perpetradores de esta… “cosa” no van demasiado desencaminados.

Transformers 2 no es más que una versión longer, bigger… and biggerer de su predecesora; la hermana mayor que, incapaz de ofercer algo mejor (vamos hombre… ¡no era difícil!), ofrece lo mismo pero en mayor cantidad. Es más bestia, más ruidosa, más espectacular, más espídica. Y más vacía si cabe. Y en consecuencia, la auténtica ensalada de píxel que se nos propone empacha hasta la nausea, marea e irrita, todo a la vez.

Más calificativos: mastodóntica, hiperbólica, abusiva hacia el espectador. Michael Bay se ha pasado con la nandrolona sin consultar antes al encargado del gimnasio, sí, aunque también hay que decir que ha despachado su nuevo juguetito de manera consecuente con su contenido. Es decir, como si fuera una enorme máquina de fábrica. En otras palabras, acabamos de descubrir que Bay no es ese californiano amante de la velocidad y la adrenalina que todos habíamos creído, sino un sofisticado y moderno programa de ordenador.

Sí, queridos lectores, el MichaelBay9000 ha resultado ser una inteligencia artificial más artificial que inteligente creada única y exclusivamente para montar productos en serie, minimizando el factor humano y potenciando la cacharrería de lux, con unos protocolos de programación que pasan por generar mecánicamente unas secuencias preestablecidas, léase meteoritos que caen en medio de metrópolis (Nueva York, París, Roma o la capital intercambiable de turno), portaaviones tocados y hundidos al más puro estilo Pearl Harbor y destrucción variada de patrimonio de la humanidad, en este caso, los vestigios arqueológicos de Petra. (No, no estableceremos paralelismos entre este momento y la parte final de Indiana Jones y la última cruzada -vía Shia LaBeouf- porque nos parecería sentimentalmente obsceno)

El lote lo completan un humor que haría las delicias de cualquier alumno de parvulario (del nivel de “se me están chafando las pelotas”); una imaginería de encargado de garage de túning nen-cómo-mola-el-Camaro-amarillo-nen; una tropa de mini-robots que se dirían salidos de la mente de un Geroge Lucas con empacho de Happy Meal; varios momentos de salvaje mecha-gore; un diseño de sonido que parece creado por Chimo Bayo; y una colección de muñecos semovientes a los que podríamos llamar, por decir algo, “personajes”. Y todo aderezado con la habitual galería de tics de Bay (montaje picado, filtros sobre filtros, planos aberrantes).

Para colmo, Transformers 2 resulta imperialista (los no-yankis son representados como europeos devoradores de repugnantes babosas con cáscara o moros troglodíticos que no ven más allá de la chilaba) y machista (todas las mujeres que aparecen son meros objetos sexuales, más salidas que un mandril -caso de Megan Fox- o directamente idiotas, -la madre brain damaged de Shia LaBeouf-). Y encima atufa a republicana.

Termino destacando una secuencia en concreto, aparentemente intrascendente, pero que resulta definitoria y resume bastante bien la idiosincrasia de Transformers 2: tenemos por un lado a los protagonistas, escapando frenéticamente a través del campus universitario. Y a cierto transformer por el otro lado persiguiéndolos como una terminatrix cualquiera para acabar con sus vidas. En un momento concreto, la persecución llega a la biblioteca, donde se desata una carnicería con los libros que reposaban apaciblemente en sus estanterías. Resultado, páginas y páginas de conocimiento volando por los aires y carbonizadas alegremente bajo el pie aplastante del todopoderoso señor Bay.

Porque por lo menos da lo que promete (esto es robots atoñándose con otros robots), le cae un 2/10

(Por cierto, y como postdata: me ganaré enemistades, pero no salvo ni a la Fox, que está buena hasta que te sangren los ojos, pero no deja de ser poco más que una versión sobrehervida de Angelina Jolie).

Con todo el pescado vendido en cuanto a blockbusters se refiere, aún quedaba por ver el más esperado (o casi). La más grande, la más bestia, la película más awesome del verano: Transformers 2: La venganza de los caídos.

El controvertido Michael Bay venía con fuerza, prometiendo en esta secuela mucho más, ‘mucho más todo’ que diría Pepe.
El problema es que esa afirmación jamás debió verse como un motivo para la esperanza.

La secuela de la exitosa Transformers aumenta el número de minutos, pivones (Megan Fox y una tal Isabel Lucas), robots en pantalla, decibelios y efectos… pero también potencia su estupidez hasta convertirse en un bochornoso espectáculo de vergüenza ajena. Una dura hostia en la cara para los que, ilusos, aún defendíamos al director de “La Roca”.

La cosa no empieza del todo mal. Tras una (ridícula) introducción en la que se justifica el argumento de la película -mezcla de 10.000 con El planeta de los simios y Stargate-, se nos enfrasca de lleno en el primer Autobots versus Decepticon, una espectacular y sobre todo esperanzadora secuencia que parece clamar: tranquilos, os vamos a dar copones entre robots hasta decir basta. ¡Ah! ojalá fuese cierto.

Lamentablemente, tras ello se destapa una película completamente diferente, una eterna comedia juvenil cargada de gags completamente subnormales, digna de un simio impotente. Chistes sobre los escrotos de uno y de otro, personajes sacados de High School Musical, robots enervantemente parlanchines que parecen haberse tragado a Jar Jar Binks junto con Marlon Wayans, y el personaje de la madre de LaBeouf a quien directamente deberían ajusticiar.
Todo ello hace que un espectador con algo en el cráneo (y a tenor por lo vivido en la sala, no son muchos) sufra de lo lindo, en plan sudores fríos y todo, queriendo marcharse de la sala pero conteniéndose al pensar que antes o después aparecerá Optimus Prime y le zurrará a alguien.

Pero los minutos pasan, el cabreo y los soplidos de desaprobación aumentan y de robots, a parte de cuatro cretinos del tamaño de una tostadora (literalmente) poco o nada. Y mejor no me hagan hablar del humanoide en plan Terminator 3, mera excusa para que el señorito Bay eche por la borda unos cuantos dólares más sin aportar absolutamente nada de nada al argumento (bueno sí, ver a la Fox en plan pucherito).

Cuando por fin vuelve la acción robótica -la de verdad, la que todos hemos pagado por ver-, la esperanza se reactiva: queda todavía una hora y pico por delante, y ya empieza lo bueno, a partir de ahora todo será brutal, ya lo veréis. De hecho, la segunda entrega de Autobots versus Decepticon resulta con total seguridad lo mejor de la película, momentos espectaculares y vívidos en que los robots gozan de lo que les falta a sus vecinos de “Terminator Salvation“, ya que dan la sensación de estar ahí, de tener volumen físico.

El propio Bay parece despertar de su enajenación y se recrea en la secuencia, demostrando además algo más de calma para que sus detractores no puedan decir eso de que no se entiende nada con tanto montaje.

Lamentablemente, todo ello no es más que un mero espejismo. La película jamás abandona su infantilismo galopante y total ridículo (a su estupidez general se le van sumando patriotismos de tres al cuarto, por cierto) y mientras prosigue hacia su deseada conclusión, todos los males reaparecen de la mano de más chistes sobre testículos (o peor), más robots graciosetes/torturables, y mayor cabreo del personal.

Por si fuera poco, el capítulo final de Autobots versus Decepticon, pelea apoteósica con mil y un robots de ambos bandos incluyendo una espectacular y gigantesca máquina -de ciertos parecidos a los Power Ranger- tiene lugar en pleno desierto de Egipto y muy bien, se rompen cuatro columnas y un par de pirámides, pero no nos engañemos, esa pelea tenía que haber sucedido en pleno Manhattan como mínimo.

Al final, dos horas y media después de que se apagaran las luces de la sala, lo que queda es un auténtico horror cinematográfico, un remake de la primera parte para retrasados mentales -con todos mis respetos- que tiene incluso la poca vergüenza de concluir exactamente igual que aquélla. Apenas uno o dos chistes tienen gracia, siendo por lo general estorbos para cortar de lleno el subidón de los escasos momentos de tollas, y sólo uno de sus personajes (humanos y no) resulta mínimamente salvable, o último en la fila de justiciables (Shia LaBeouf).

Sumando minutos, algo que puede hacerse tranquilamente a lo largo de su visionado, puede destacar a lo sumo un cuarto de hora de esta Venganza de los caídos, popurrí de otras cintas y de imbecilidades descontroladas. Todo lo demás es, digámoslo ya, una auténtica basura indigna e indignante, válida para conjeturar sobre las sustancias que debieron meterse sus guionistas. ¿Lo peor? Que prometen tercera parte…

Blutarsky le da un 2. Yo un 1/10, que son esos (15 de 150) minutos que valen la pena.