transformers el ultimo caballero

Crítica de Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight)

Si ya para qué. Casi no haría falta decir demasiado, puesto que todos sabemos ya cómo va esto, cuatro secuelas después de aquel pelotazo cibernético con el que Michael Bay agitó el verano de 2007. Transformers llega a su quinta entrega y las posibilidades de sorprender incluso al espectador más impresionable son casi nulas. La saga tuvo sus puntales, es cierto.

La primera entrega fue un sorbete veraniego refrescante aderezado con abundantes aciertos. La tercera recuperó el pulso tras una segunda muy pocha y musculó la propuesta hasta límites insospechados: hasta ese momento cada entrega de Transformers prometía, y entregaba, el espectáculo más grande del mundo. Con la cuarta la cosa rebajó intensidad y la tradicional dispersión narrativa del viejo Bay se comió todo lo demás. Con El último caballero la tendencia a la baja ya es patente.

Por lo menos si sólo se le pedía eso: un macroclímax de 150 minutos cimentado únicamente sobre peleas robóticas cada vez más pantagruélicas. Y es que no. Aquí Bay y sus guionistas diversifican las tramas y empiezan a prestar más atención a otras cuestiones menos prosaicas. Empiezan su película en la corte del Rey Arturo (sic) y de ahí el disparate no hace más que crecer en demasiadas direcciones distintas y con demasiados personajes centrales. Un (aparente) cariño por la situación y las interacciones entre personajes que realmente termina derivando en una narrativa torpe y confusa, en un planteamiento que choca demasiado con el enfoque: aunque el realizador intente dar un mayor intimismo a las escenas más calmadas, a las que reviste de una estética cercana al americana, su hipertrofia narrativa termina saboteando el tinglado. Si intenta dar profundidad a su lore, termina abrazando el caos argumental; si trata de dotar de humanidad a los personajes, los convierte en caricaturas desconcertantes; si pretende agilizar todo con humor, termina cayendo en el gag pedestre, la broma forzada y el chascarrillo paleto. Y si pretende ser trepidante, termina siendo torpe y disléxico, su película casi editada como un tráiler de dos horas y media.

Un poco como hasta ahora, sí, pero con mayor atropello (Bay siempre fue espídico, raras veces torpe) y menor bayhem generalizado, a pesar del constante degoteo de explosiones, persecuciones y un tercer acto de verdad insane.

Por otro lado, la cosa va escasa de novedades. En El último caballero ya no hay sorpresa, las incorporaciones que contiene son absurdas (de nuevo, esa mezcla de mechas y Caballeros de la mesa redonda), irritantes (el robot mayordomo británico) o carentes de sentido (esa inexplicada salida de tono con el grafismo al presentar a una banda de robots malotes que, por cierto, desaparecen a la primera de cambio). Sí hay algunos aciertos puntuales, como otorgar más protagonismo a los personajes femeninos que, además, tienen cierto carácter y un interés que se deja adivinar más que se muestra. O como contar con un Anthony Hopkins a quien ya le da igual su condición de “actor de prestigio para rellenar espectáculos bastardos” y decide pasárselo en grande la mayor parte del tiempo. Pero por lo demás parece que el realizador haya cogido toneladas de escenas descartadas de sus anteriores trabajos, haya reciclado personajes y lo haya reempaquetado todo con un nuevo título.

Entonces, ¿balance negativo? Respuesta corta: sí, desde luego.

Pero hay una respuesta larga. Y es que la verdad, a pesar de todo lo dicho me veo incapaz de desacreditar el trabajo de Michael Bay. Y Transformers: El último caballero es puro Bay. ¿Se le puede acusar de ello, de disparar al infinito sus estilemas, de anabolizar constantemente sus propias propuestas escénicas para lograr los productos más vigoréxicos posibles? No, desde luego.

A pesar de todo, y del paso atrás que le supone esta su última películ, no hay nadie como Michael Bay. No sé si eso lo convierte, como muchos críticos se han empeñado en calificarlo, en un autor moderno, o más concretamente en lo que ha dado en llamarse un vulgar auteur. Pero está claro que la textura digital de sus imágenes líquidas, que su estética del exceso e incurable barroquismo escénico, que su sentido visceral del espectáculo, que sus intrincadas coreografías de cámara y su celebración del movimiento perpetuo son, por audacia, presupuesto y complejidad, casi inimitables.

Y eso, a la luz de las decenas de blockbusters realizados cada año por profesionales que son perfectamente intercambiables entre si, debería contar para algo. ¿Tanto como para hacer automáticamente de El último caballero una buena película? No. Pero desde luego ese enfoque tan absolutamente personal del director quiere reducir el juego a una cuestión puramente subjetiva: si alguien sale conmovido, agitado, excitado de la función, la película ha sido un éxito. Lo cierto es que esto merece más mi respeto que ciertos espectáculos con aura de prestigio… y personalidad anodina. Pero en esta ocasión, por edad, cansancio o cefalea, Bay sólo ha conseguido aturdirme, hastiarme y acercarme a lo que creo identificar como mi primera experiencia cercana a la senilidad: conmoción, pérdida del equilibrio, embotamiento cerebral, incapacidad para decodificar lo que ocurre en pantalla la mayor parte del tiempo.

 

 

 

Valoración de La Casa
  • John Blutarsky
  • Capi Spaulding
1.5

En pocas palabras

Un auténtico galimatías tan desmesurado como agotador. No se entiende nada, pero peor aún: nada de lo que ocurre en pantalla importa lo más mínimo.

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