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Crítica de Treme (primera temporada)

El tiempo pondrá, si no lo está haciendo ya, a David Simon en su justo lugar. Ese espacio reservado a los creadores únicos que no sólo ejercen como tales, sino que también lo hacen como cronistas lúcidos de la época que les toca vivir, como testigos y portavoces de un lugar y un tiempo. Simon representa la figura del creador comprometido, o del documentalista con virtudes artísticas, no sabiendo nunca sus seguidores en qué punto intermedio entre los dos situarlo: su voluntad es total, su compromiso férreo. Y su visión acerada, afinada, limpia. Brillante.
Por eso todos esperábamos su nuevo asalto a nuestras pantallas, que prometía emociones intensas. A su ideario personal (complementado inestimablemente por su colega Edward Burns y reforzado por las más exquisitas manos seleccionadas en la cantera HBO) ahora se sumaban dos ítems cuya sola idea nos aplastaba ánimo -para bien- y nos activaba todas las glándulas activables: el New Orleans Post Katrina y la música que se abre camino como tabla de salvación, grito de protesta, expresión de pura vitalidad o simple arraigo tradicional.
La sombra de «The Wire» es alargada. La serie de McNulty, Bunk, Daniels, Marlo y compañía sigue representando un enorme e inigualado tótem -probablemente el mejor producto audiovisual parido en los últimos quince años- flanqueado por un lado por la seminal «The Corner» y por el otro por esta posterior «Treme», con el interludio «Generation Kill» de por medio. La primera, campo de pruebas, también esencial, para lo que vendría después. La segunda, una total ruptura temática, aun con idéntico estilo y similar carga humana. Si «The Wire» representaba la descomposición de una ciudad postindustrial (que era Baltimore pero podría ser tantas otras), «Treme» es la resurrección de ave Fénix de New Orleans, de un Pueblo (más que una ciudad) a través del arte. De su arte. De su música. Sin elitismos, sin miradas por encima del hombro ni condescendencias. A pie de calle, acompañando a los músicos de jazz, a los combos de country, a los grupos de bluegrass, a las brass bands, a los músicos callejeros de folk, a las movidas bounce, a los ceremonistas de raíz tradicional. A la riada de gente que se levanta contra sus propias circunstancias adversas, contra los impedimentos naturales, sociales y oficiales, obstáculos humanos de todo tipo, y llena la calle para llegar paso a paso, beat a beat, al anhelado mardi gras.
Un acongojante fresco que pasa por los familiares que aún buscan a sus cadáveres, los cocineros que practican aún el «restaurante de campaña», los ciudadanos que siguen cabreados con su gobierno, los deejays que mantienen lustroso el reflejo de la música como espejo social. Y termina convertido en otro producto fundamental para comprender el devenir del audiovisual televisivo moderno al margen de la serialización carnívora del modelo «Perdidos». Y ojalá dure: la segunda temporada puede ser incluso mejor que la primera.
Una joya a conservar entre algodones, justo en el lugar donde se merece, al lado de «The Wire». «The Wire» es imprescindible. «Treme» va camino de serlo. Gigantes.
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2 comentarios en “Crítica de Treme (primera temporada)”

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