Crítica de Turbo Kid

Turbo Kid

Marchando otro canto de amor al cine de la generación pasada; marchando otro caso de película con tamaña obsesión por el homenaje como para olvidarse de su propia valía. Quizá vaya siendo hora de que se replanteen las cosas, porque la cosa ya cansa. En esta ocasión, Turbo Kid se presenta como un thriller retrofuturista plagado, desde su primer fotograma, del mil y una referencias a todos los niveles: voces en off y cubos de rubik, bicicletas y títulos de entrada salidos de una megadrive, banda sonora electrochunga y cabezas cortadas empaladas. La idea es colocar al espectador en un lugar muy concreto, allá por los ochenta, y lanzarse una infinidad de estímulos para la remembranza. Desde ahí, el trío de guionistas y directores compuesto por Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell propone una historia de aventuras juvenil con androides, malos malísimos, justicieros y ambientaciones desérticas. Una broma sin mala intención (nada más faltaría) que vive de la complicidad a ambos lados de pantalla: imposible no sonreír conforme se van desplegando las piezas de este rompecabezas compuesto por terminators, flashes, mad maxes y conans. Pero acaba llegando el punto en que la propuesta debe adquirir un alma propia, y ahí se tuerce, y de qué manera, la cosa.

Y es que más allá de intenciones excelentes, Turbo Kid no tiene absolutamente nada; más allá de saber copiar un (d)efecto especial añejo, un plano en concreto o una fotografía desfasada, su trío de directores no aporta idea alguna; y más allá de algún gag ingenioso, visual o verbal, su guion no aguanta el tipo, eternizándose en su introducción para pasar de relifón después por un argumento insulso pero con margen para la profundización, y acabar en un clímax torpe y extenuante. Queda un grotesco batiburrillo de referentes, un desigual entretenimiento cuyo único valor radica en el llevar al límite sensaciones preexistentes. Hablo, en concreto, de los conatos de violencia excesiva que se sacaban de la manga las producciones teóricamente juveniles de entonces (contad la cantidad de momentos jodidos que se incluyen en Indiana Jones, Star Wars, etcétera): escenas ultragore que pasaban desapercibidas ante la censura paterna, y remataban un poquito más a nuestros yoes infantes. Esta película, cuando suelta sangre, lo hace sin miramientos y abusando del gore más deliciosamente casposo, si bien no logre transmitir sentimiento aprensivo alguno.

Es un desastre, adorable si se quiere. Seguro que se acaba convirtiendo en una película de culto, y bienvenida sea. Pero la verdad, si un servidor quisiera ver una acumulación de chuninadas ochenteras, bajaría al sótano de casa de mis padres. Cuando voy al cine quiero encontrar algo más. Y aquí cuesta dar con ello.
4,5/10

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