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Crítica de Un blanco, blanco día

Seis años ha tardado Hlynur Palmason en llevar a buen puerto Un blanco, blanco día, su segundo largometraje tras Winter Brothers. Algunas cosas llevan su tiempo.

Ese es, justamente, el principal lema de la película: en uno de esos días que de tan blancos no se sabe dónde acaba el cielo y empieza el suelo, un coche se despeña por alguna carretera de un perdido pueblo de Islandia, dejando viudo a un hombre con hijas y nieta. Aceptar eso es lo que lleva su tiempo.

Palmason plantea un drama (uni)personal con dicha pérdida en el epicentro, pasando por las diversas fases que ello conlleva. Con un estudio milimétrico de cada secuencia, de cada plano, para plasmar con la mayor credibilidad posible el proceso de superación, más bien adaptación, Un blanco, blanco día va dosificando la inclusión de diversas cuestiones que den forma a la trama, siendo una de ellas la que genera mayor impacto: una posible infidelidad de la difunta. Podía ser eso, como podía ser una abducción extraterrestre. De lo que se trata es de ir asumiendo una herida que no va a sanar pero que, con el paso del tiempo, a lo mejor puede permitir que se conviva con ella.

Sí es cierto que el hecho de que haya una pseudo investigación de por medio, le infiere a la película cierto aroma de thriller, que Palmason presenta con sobriedad y contención infinita, sin por ello rebajar la creciente fuerza emocional soterrada. La película va pivotando entre el puro drama familiar y una suerte de policíaco enrarecido que apuntilla el estado emocional al que el espectador es sumido: de alguna manera, esperamos que la infidelidad sea cierta para así contar con cierta defensa contra el drama, aunque en realidad seamos plenamente conscientes de que, si acaso, sólo servirá para echar más leña al fuego.

Y en el epicentro de la tormenta, un Ingvar Eggert Sigurdsson prácticamente onmipresente, que encarna a la perfección cada una de las fases anímicas de su alter ego. Asistimos al tambaleo de un hombre que empezaba el recorrido duro como una roca (tambaleo, sí… pero esa concatenación de planos estáticos al galope entre los últimos actos crea una parábola para cortar la respiración). Y nos identificamos, casi diría furiosamente, con él.

De la misma manera en que Un blanco, blanco día se obsesiona, en sus compases iniciales, con la construcción de una casa (delicioso el montaje del paso del tiempo, por cierto), el protagonista pretende, mediante su semblante imperturbable, demostrar que todo va bien. Al rato, sin embargo, todo se aclara: la casa era una obsesión porque significa su único refugio para la estabilidad. Porque la casa es para su familia, para su nieta, lo único que le hace mantener los pies en el suelo. Pero, ¿es suficiente? Desde luego aquí no vamos a desvelar nada, aunque en verdad tampoco importaría: de nuevo, la trama está de más. Son los sentimientos que se desprenden de la película, lo que la convierten en una joya. Y esos sentimientos son universales, pero rara vez son tratados con la visceralidad con la que lo hace Palmason desde este aparente thriller psicológico.

Estudiada al detalle desde su parco arranque hasta su tensísimo tercio final, Un blanco, blanco día es un tour de force emocional que, sin duda, se traduce en una de esas películas que perduran en el recuerdo del espectador.

Trailer de Un blanco, blanco día

Valoración de La Casa
  • Carlos Giacomelli
4

En pocas palabras

Parco en apariencia pero cuidadosamente estudiado para calar hondo, Un blanco, blanco día es uno de esos dramas contenidos y sólidos, implacables, que crecen y crecen hasta constituir una importante marca en el recuerdo.

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