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Crítica de Un efecto óptico

Desde luego, Nolan tiene que estar dándose de cabeza contra la pared. No sólo le toca estrenar su nuevo mastodonte en plena pandemia, sino que Disney le pasa la mano por la cara, presentando la otra grande del año directamente en su plataforma online. Pero es que además, va Netflix y programa otra de coqueteos temporales, a cargo de Charlie Kaufman nada menos. Y rodando en Burgos con poco más que lo puesto, va Juan Cavestany y estrena otra más sobre bucles temporales de la que, claro, el todopoderoso Nolan no siquiera habrá oído hablar. Pero debería, puesto que en apenas hora y cuarto, Un efecto óptico es capaz de poner el cerebro a trabajar a mil revoluciones más que las dos horas y media de su Tenet. Y es que desde su pequeñísimo rinconcito en la historia del cine, el cineasta madrileño vuelve a revolucionarlo todo. Vuelve, sí, como prácticamente siempre que se trae algo entre manos.

Casi exclusivamente interpretada por Carmen Machi y Pepón Nieto, la película se centra en una pareja estancada, que para intentar salir de su rutina se va de viaje a Nueva York. Sólo que todo lo que ven les recuerda a Burgos. Una y otra vez. Descabellada premisa que esconde una película poliédrica y que crece a cada paso que da… por mucho que sólo alguno de ellos sea hacia delante. No, nada de unidireccionalidad: Cavestany nos hace saltar de un lado a otro, llegar al final y volver a empezar para luego desplazarse por una trama, donde todo y nada es lo que parece (oh, como si de efectos ópticos se tratara). Sólo hay algunas pinceladas que quedan claras desde el principio: como sacados de la fauna de Gente en sitios, Machi y Nieto forman parte de esa clase media de la España profunda tan feliz sólo en apariencia. Así que ojo (y de nuevo, Nolan, vaya usted tomando nota): Un efecto óptico es un cubo de Rubik argumental, pero de empatía inmediata con sus personajes, cercanos y creíbles, y clara invitación a la (auto)reflexión.

Y es que en menos de 80 minutos, resulta que a Cavestany le da tiempo de hablar sobre la evolución del turismo, con lo que comporta su incrementada accesibilidad. Sobre la vida en pareja, y los parches a los que recurrimos pretendiendo hacerlos pasar por soluciones sólidas. Sobre el nido vacío y la sobreprotección paternal. Sobre la cultura y la sociedad española. Sobre la condición del ser humano que nunca tiene suficiente con lo que tiene ante sus ojos. Sobre el cuento de Caperucita Roja incluso. Y muchas otras cosas de las cuales seguramente a mí se me habrá pasado la mitad. Pareja a su evolución argumental, Un efecto óptico añade matices y dimensiones a cada vuelta de tuerca que se da a sí misma, creciendo con cada una de ellas y retando al espectador a desvelar sus múltiples misterios, sin necesidad alguna de apabullarlo con chirriantes golpes de autoridad. Al contrario: primero busca su complicidad, espera a que pique el anzuelo, y luego ya hablaremos de chaladuras temporales.

Lo consigue, si se entra en el juego, plenamente. Leía por algún sitio que la pareja protagonista luchó para tirar para delante el proyecto cuando este ni siquiera tenía forma de largometraje aún. No es de extrañar: las piruetas de su guion van de la mano de dos interpretes de altura, que deberían empezar a contar ya el título que nos ocupa entre los más destacados de su carrera.

Al final, lo peor de Un efecto óptico es hablar demasiado de ella. Quedaos con que se trata de una de las películas más originales del panorama cinemátográfico actual, y de las que más mantienen activo el cerebro del espectador. Que pese a sus minúsculas dimensiones, es de las que se quedan en la memoria por invitar a teorizar y reflexionar de cualquier manera. Y que, qué demonios, es mucho más entretenida que cualquier tostón venido de allende el océano.

Trailer de Un efecto óptico

Reseña de Un efecto óptico
  • Carlos Giacomelli
4

Un efecto óptico en poco más que un tuit

Entretenida y extrañísima nueva revolución cinematográfica de Juan Cavestany, que vuelve a poner en evidencia la importancia de las ideas por encima de los recursos. En poco más de hora y cuarto pone la actividad neuronal del espectador a trabajar como pocas veces lo ha hecho en una sala. Y con una sonrisa en la boca en todo momento.

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