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Crítica de Un Profeta

Ganadora del Gran Premio del Jurado en la pasada edición del festival de Cannes, Un profeta sería la película europea del año si no fuera porque la nueva cinta de Michael Haneke, La cinta blanca, se ha adjudicado los premios más importantes, pues la última cinta del director de cine austríaco ganó la Palma en Cannes y los premios a mejor película, mejor director y mejor guión en los Premios de Cine Europeo de este año. El recorrido de Un profeta no deja de ser, sin embargo, brillante: para muchos la mejor película francea del año, se llevó, además del Gran Premio en Cannes, el premio al mejor actor protagonista para Tahar Rahim en los mencionados Premios de Cine Europeo. Ambas nominadas en la categoría de mejor película extranjera en los Globos de Oro de este año, en pocos días sabremos si el film de Audiard consigue devolverle la jugada a Haneke. De momento, y a falta de ver aún La cinta blanca, ya podemos avanzar que Un profeta va a ser un rival duro de pelar en la que probablemente es una de las más interesantes categorías en la lista de nominados de este año a los Globos.

De dramas carcelarios los hemos visto de todo tipo. El cine francés, en particular, nos ha dado dos de los mejores ejemplos del género. En 1960, Jacques Becker dirigía Le trou (Jacques Becker, 1960), cuatro años después de que Bresson diera su personalísima visión del drama del hombre encarcelado en Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1956). El cine francés que despierta en Un profeta, sin embargo, es un tipo de drama que no indaga ya tanto en la propia prisión existencial del prisionero, sino en algo muy distinto. Cierto es, sin embargo, que en un principio el drama se sigue encontrando en las incapacidades e interioridades del prisionero como hombre al que se le imposibilita la libertad, bien sea de pasado culpable o de inocencia no demostrada (poco importa en este caso), en sus estrategias para la supervivencia en un entorno hostil durante un largo período de tiempo.

De hecho, Un profeta empieza siendo exactamente eso. La historia comienza con una introducción magnífica: Malik (Tahar Rahim), un joven francés de 19 años de religión musulmana, ingresa en prisión y comienza su sentencia de 6 años. No sabemos nada más sobre su pasado, ni lo sabremos en el resto de metraje. El chico es pronto chantajeado para que cometa el asesinato de uno de los mayores enemigos de César, el capo de una mafia interna de corsos y de poderosa influencia bajo la que todo prisionero desea cobijarse para sobrevivir en el peligroso mundo entre los muros. Para cuando Malik no encuentra otra salida que la de cumplir los deseos de César, la película ha tomado ya una clara dirección hacia la tragedia más puramente humana mediante la ya antes explorada reflexión acerca de la desprotección y la supervivencia del prisionero indefenso en un infierno en el que la vida promete convertirse en más que insufrible. Malik está ya absolutamente perdido pocos minutos después de que la película haya comenzado, pero por lo menos ha conseguido la protección de César. Poco a poco advertimos, sin embargo, que esta introducción (que ocupa aproximadamente la primera media hora) sirve únicamente para disponer las piezas en el tablero antes de que el juego dé verdadero comienzo. Así, con un hábil e inesperado salto hacia el futuro, la historia arranca tras este inicio en falso, con lo cual los personajes son ya conocidos por el espectador permitiendo así a Audiard iniciar su relato desde un punto de partida aventajado.

El salto temporal significa, por tanto, un cambio de rumbo al mismo tiempo. Un profeta, así, y al contrario de lo que el inicio del metraje presagiaba, se convierte en algo que no es estrictamente un drama carcelario -o no es, al menos, una nueva introspección en tragedia de la figura solitaria del prisionero, encerrado en un mar de hostilidad del que sólo la violencia le permite seguir viviendo. Más bien, y a medida de cómo Audiard permite que lo descubramos, la película va configurándose poco a poco en un interesante estudio evolutivo de personajes a medida que nos muestra el fascinante viaje interior de Malik que, primero para, sí, sobrevivir en el juego pero luego, sin embargo, como una parte cada vez más arraigada a su propia naturaleza, acaba transformándose en un hijo del crimen que no sólo es capaz de valerse por sí mismo sino que, además, es capaz de hacer frente a sus enemigos y a sus propios demonios. Un profeta no es, pues, la historia de un prisionero, sino el relato de un joven que escala a través del negocio criminal para acabar convirtiéndose en uno de sus grandes jugador. Más que con libros, Malik se alfabetizará (e infectará al mismo tiempo) gracias a la violencia.

En este sentido, el proceso de maduración de Malik es el punto de pivotaje de Un profeta. Aunque siempre atacado por los fantasmas de sus remordimientos, y a menudo mostrando aún actitudes contrarias a las de un ser totalmente inmunizado contra los violentos acontecimientos en los que se ve envuelto, la evolución de Malick aparece de forma progresiva primero como mecanismo de defensa contra los riesgos de sus relaciones simultáneas con varias bandas, pero luego como proceso de forja de una persona que acaba encontrando en el crimen su razón de vida, en el negocio callejero su naturaleza. En este sentido, que Malik empiece siendo un mero sirviente del capo corso para acabar dominando varias tramas al mismo tiempo, negociando hábilmente con diversos socios a la vez para enfrentarlos unos a otros a conveniencia de la situación, es un hecho que se muestra no en favor de la creación de una historia en la que se pueda sustentar el film, sino en favor de la creación de un personaje que la use exclusivamente para su propio desarrollo, para acabar de hecho transcendiéndola. Por decirlo de otro modo, los acontecimientos en los que Malik se ve metido, bien sea de forma involuntaria o voluntaria, no importan tanto por sus fines directamente dramáticos sino por lo que el personaje consigue aprender de ellos.

Esa podría ser la razón por la que Audiard cuenta la historia de forma más o menos episódica (esto es, mostrando secuencialmente los negocios en los que interviene Malik pero dando relativamente poca correlación entre ellos) para así estudiar cómo cada uno de estos capítulos consigue moldear un poco más un personaje que acaba deviniendo el objetivo último de la película. Es más, durante este viaje hacia la maduración, Audiard nos explicita algunas cosas (las imágenes de un Malik en estado de ensoñación al tomar un avión por primera vez en su vida; sus actitudes hacia los guardas de la prisión en contraposición a las relaciones con los presos; su insistencia en aprender mediante clases especiales para los reclusos; sus pesadillas y sensaciones mediante el uso de imágenes algunas veces casi oníricas; el concierto en la prisión bajo los efectos de las drogas y, sobre todo, su obsesión con Reyeb), pero nos sugiere la mayoría de las restantes siempre narrando desde un punto de vista incisivamente subjetivo en algunos momentos, que se esconde bajo una impenetrable trama que tiene, de todas formas, mucho que ver con el dinero, la muerte y la mafia, y poco, en apariencia, con la condición humana.

Indagando, sin embargo, en su naturaleza de drama urbano criminal, que combina con la de drama puramente carcelario, encontramos que Un profeta se alza como una película que habla mucho más de las relaciones humanas y, sobre todo, de la maduración interior, de lo que aparenta por sus imágenes sangrientas y por las conductas despiadadas de sus personajes.

Ante todo esto cabe no menospreciar, sin embargo, el hecho de que en tanto que Un profeta está tratada desde un punto de vista que nunca se separa de la violencia y que envuelve el film en un turbio escenario que lo convierte casi en melodrama callejero, la película se trata también de un magnífico ejercicio estilístico de género. Este punto podría asemejar Un profeta, aunque esencialmente sólo en forma y no tanto en contenido, con Scarface o The Wire en algunos pasajes o incluso a las intenciones respecto desarrollo de personaje central detrás de El padrino, si bien el tratamiento es tan distinto respecto de todos estos casos que las comparaciones asustan. Dejando esto último de lado, cabe en resumen no olvidar que, aunque lo que Malik se lleve entre manos no nos debería importar demasiado (los casinos y las drogas, Marcaggi, Vettori, Lattrache, César y, en especial, Reyeb y Ryab son parte, por así decirlo, de un gran macguffin), la propia historia de Un profeta está contada con un pulso narrativo firme y muy robusto, un hilo narrativo magníficamente sostenido y una progresión dramática francamente conseguida pese a la fragmentación episódica de la trama, destacando el talento de Audiard tras la cámara para rodar escenas de acción (de las cuales los mejores ejemplos son (SPOILER) la de la carretera y el ciervo y la del atentado simulado sobre Marcaggi, ambas con un cierto halo de ensoñación y de gran belleza pero inevitablemente brutales (FIN SPOILER)). A todo ello se le añade una excelente partitura a cargo de Alexandre Desplat, que entiende lo que Audiard pretende proyectar con cada una de sus escenas, y un final fantástico que cierra enigmáticamente el círculo tras dos horas y media de un poderosísimo ejercicio de cine.

 

 

Valoración de La Casa
  • Bill Haverchuck
  • Carlos Giacomelli
4.3

En pocas palabras

Una de las grandes muestras de cine francés de los últimos años, eso es Un profeta, soberbia película de personajes que trasciende muy pronto su condición de cine carcelario para convertirse en un drama sobre la vida. Obligatoria.

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2 comentarios en “Crítica de Un Profeta”

  1. La disfruté hace poco y realmente es un gustazo toparse con un película así,a cada rato miraba el reloj pero no por aburrimiento sino porque no quería que las correrías de este tipo acabaran.
    Los pequeños segmentos alucinatorios le dan un aire casi místico al personaje (por algo la película se titula así) y relajan de la tónica cruda del resto del metraje, alejándola de cintas similares y haciéndola única (en otras críticas he leido que estas partes sobran, para nada estoy de acuerdo ). También tiene pequeñas secuencias insertadas, casi imperceptibles en la trama general que me abrumaron por su belleza;(PUEDO QUE ESTO SEA SPOILER) verlo deambular por un supermercado extasiado en todo aquello que en la prisión le está vedado o cuando prefiere quedarse en la playa y posteriormente cae arena de sus zapatos.
    Totalmente recomendable!

  2. Amén a todo.
    La verdad es que a mí al principio también me sentaron algo raras, las escenas esas "oníricas", pero en realidad le aportan una profundidad que, por ejemplo y sin desmerecerla, le falta a Celda 211. En fin, que sí, que es un gustazo de peli, desde aquí celebramos que te gustara!!

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